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Rebeca Calzada ensaya sobre el discurso sobre la militarización que ha prevalecido a lo largo de los tres últimos sexenios y cómo este va forjando la realidad social.

Rebeca Calzada

Expropiao de estepais

Todos los mexicanos debemos participar en esta lucha denunciando a quienes delinquen, porque el enemigo no debe tener cobijo ni protección de la sociedad, de ningún tipo; y quien los apoye y solape también está traicionando a México.

— Felipe Calderón Hinojosa, 2008

En alguna ocasión durante 2010, mientras andaba cerca del parque Tangamanga, en San Luis Potosí, vi un grupo de soldados —bien armados y cubiertos hasta el rostro— que rodeaba lo que, de acuerdo con lo aprendido por la nota roja, era una persona asesinada en la vía pública. Era la primera vez que veía a una tan de cerca. Me quedé mente-en-blanco mientras continuaba por el camino. Por un rato me pareció extraño pensar que aquellos soldados eran reales, que el cuerpo sobre la banqueta era real, que lo que leía sobre la violencia —de la cual me sentía frágilmente protegida— sobre otros sitios, era una realidad tan cercana y cargada de horror. Tal escena sólo engrandecía a unos y empequeñecía a otros; cuando los soldados se engrandecen mediante el uso de la violencia, los resultados sólo se pueden asemejar a los de una guerra, pero ¿contra quién?, pensé.

Desde hace algunos años me he interesado cada vez más en cómo se ha construido discursivamente el fenómeno de las drogas en general y cómo ha sido que los distintos gobiernos han vendido la guerra contra las drogas, como parte de una estrategia de seguridad pública militarizada. Para entender un poco más al respecto, realicé un análisis de discurso para conocer el papel de la identidad nacional en la llamada guerra contra las drogas, que inició a finales del 2006. Este tipo de análisis parte de que el lenguaje no es neutral: en realidad, es un dominio en el que el uso y la organización de términos ayudan a la construcción de una realidad social y, por tanto, nos permite tener un acercamiento sobre cómo los discursos ayudan a dar forma y reproducir significados sociales y formas de conocimiento sobre determinada situación.

La concepción constructivista de la identidad nacional

Comúnmente, se asume que la nación y la identidad nacional son hechos de la naturaleza u objetos materiales que simplemente aparecieron de un día para otro. Sin embargo, la nación y la identidad nacional son, en realidad, el resultado del pensamiento y de la acción:1 son creaciones artificiales, parte de la realidad social, que constantemente se construye. Estas creaciones se dan mediante un proceso de educación masiva que usa elementos simbólicos de la cultura, la historia y el lenguaje para estandarizar y consolidar un origen y características en común dentro de un grupo de personas. Compartir ciertas características genera una sensación de unidad y de pertenencia.

El hecho de que la nación y la identidad nacional están siendo constantemente construidas a partir de la interacción humana, significa que estas también son recordadas y reproducidas de diferentes maneras. Sobre este tema, Billig menciona que estos recordatorios y modos de reproducción no siempre suceden de manera consciente y obvia, sino que también se dan de forma imperceptible. Y nos advierte que sin importar cómo se reproduce este nacionalismo, aun en su forma más banal, reproduce instituciones con un vasto armamento. Una de estas maneras de reproducir la nación y la identidad nacional es a través del discurso, y este no tiene que construirse necesariamente a partir de grandes frases: pueden ser incluso pequeñas palabras que delimiten quién está incluido y quién está excluido del grupo.

Felipe Calderón enuncia

Para el análisis hice una revisión de los discursos públicos de Felipe Calderón entre 2006 y 2012 sobre la estrategia de seguridad militarizada para —como mencionaba el entonces presidente— “recuperar la fuerza del Estado” y confrontar directamente al crimen organizado y al narcotráfico. Luego de esta revisión, me concentré principalmente en los discursos del 6 de mayo de 2007 (en la conmemoración de la Batalla de Puebla) y el del 22 de diciembre de 2008 (en el aniversario luctuoso de José María Morelos):

Hoy el llamado que la Patria hace a los mexicanos es formar un solo frente contra los enemigos de México; igual que los valientes de la Batalla de Puebla, los mexicanos debemos actuar ahora con unidad y con patriotismo para vencer al flagelo de la inseguridad y la criminalidad. (Felipe Calderón, 2007)

Se trata de verdaderos traidores que con tal de ampliar sus intereses son capaces de realizar cualquier barbarie y atentar no sólo contra el tejido social, sino contra los más altos valores de los mexicanos, la vida, la seguridad y la libertad. (Felipe Calderón, 2008)

En los discursos públicos entre 2006 y 2012, identifiqué una tendencia general: Calderón hizo un constante uso de términos como “enemigo” y “amenaza” para referirse al crimen organizado y narcotráfico; “lucha”, “batalla”, “pelea” y “guerra” para hablar de cómo se llevaría a cabo la estrategia de seguridad con el fin de reducir el poder de estos actores. También hizo hincapié en que lo que se encontraba en peligro era la continuidad de la nación mexicana y de los valores que la representan. Y enfatizó que la principal forma para derrotar al “enemigo” sería a través del patriotismo, la lealtad y la unidad, superando las diferencias políticas, sociales, regionales o incluso religiosas que en ese momento vivía el país tras la elección de 2006.2 A partir de 2009 hubo un cambio en sus discursos. En diferentes ocasiones, él reafirmó que el “enemigo” es el crimen organizado y no el Estado mexicano, que lo estaba combatiendo y que no debería cuestionarse esta estrategia de seguridad militarizada; en su lugar, el pueblo mexicano y el resto de la sociedad —incluyendo otros grupos políticos— se debían unir en un frente para “luchar” contra los verdaderos “enemigos” de México.

Una forma para mostrar quiénes pertenecen a un grupo es diferenciarse a partir del nosotros y nuestro, del ustedes y su; términos que precisamente Calderón usó para hacer un constante recordatorio de que se buscaba defender a la nación —y no necesariamente a la ciudadanía— del crimen organizado y el narcotráfico. El sentido de distinción también es un recordatorio que delinea las fronteras con relación a la otredad, la cual básicamente parte de la obligatoria exclusión de un grupo. Y esa exclusión, a su vez, también le da sentido a la identidad del grupo. Alejandro Madrazo menciona en su análisis que llamar “enemigo” al crimen organizado y al narcotráfico les expulsa de la comunidad política mexicana y hace ver que estos representan una amenaza al proyecto del Estado-nación y a su soberanía al querer imponerse bajo el uso de la fuerza. Es decir, ese término posibilita no considerarles como parte de la ciudadanía mexicana, por lo que deben ser tratados de forma distinta, colocándoles en un estado de excepción, en el que todo puede ser válido para su confrontación.

Así mismo, quien se considera un “enemigo” implica que es una persona que amenaza al monopolio del uso legítimo de la fuerza de un Estado-nación. Por esto mismo, el término “enemigo” tiene potencia, pues si se encuadra de esta manera al problema social, entonces la respuesta debe ser proporcional; por eso, desplegar militares en distintos puntos del territorio pareció en su momento ser una respuesta justificable, pues de acuerdo con el discurso calderonista, las Fuerzas Armadas (FFAA) y su gobierno: “[peleaban] por un objeto sagrado, [peleaban] por la Patria, y el enemigo [quería hacerles] creer que es poderoso, pero [sabían] que no es invencible y que invencible es el pueblo cuando se une” (Felipe Calderón, 2007).

* * *

La revisión de los discursos de Calderón permite explorar cómo el lenguaje construyó una realidad social en aquel periodo, en la que el crimen organizado y el narcotráfico se encuadraron como un “enemigo” que sería juzgado por la arbitrariedad de la violencia ejercida mediante el uso de la fuerza y no de acuerdo con las leyes mexicanas.

La militarización como parte del eje central de las estrategias de seguridad —y que actualmente también se ha extendido a muchas otras tareas poco o nada relacionadas con la seguridad— no se estancó en la administración calderonista, sino que también fue parte del sexenio de Peña Nieto y es parte de la presidencia actual. Sin embargo, el discurso sobre la militarización en todo este tiempo también ha evolucionado.

En un análisis que realicé como parte de mi tesis de maestría sobre los discursos de Calderón, Peña Nieto y López Obrador (hasta mayo de 2019) relacionados con la promoción de la militarización de la seguridad pública, tuve como resultado que estas tres administraciones coincidieron discursivamente en la alta confianza otorgada a las FFAA para que realicen tareas de seguridad pública —lo cual, en contraste, acentuó la ausencia de confianza y la posibilidad de fortalecer y desarrollar policías—. También en los tres casos se borró la línea de aquello que era comprendido como seguridad interior de la exterior, lo cual tiene importantes efectos, ya que altera la distinción entre lo que entendemos como amenazas domésticas de las externas, entre el cumplimento de la ley y la guerra, y entre los cuerpos de seguridad civiles y aquellos militarizados. Frases que se han empleado en estas administraciones, tales como “combatir”, “luchar” o “abatir”, buscan impresionar a la audiencia mediante el engrandecimiento del Estado-nación mexicano —discursivamente hablando—, así como reafirmar que este es el único poseedor del monopolio de la violencia.

Así mismo, usar las FFAA como solución a los problemas de seguridad y violencia que vivimos hoy en día es una respuesta que únicamente vende profesionalismo, lealtad, y patriotismo, cuando la realidad es que para dar solución a esta situación exige una serie de acciones que van más allá que el uso de la fuerza (o como López Obrador alguna vez mencionó: el fuego no se apaga con más fuego), como el fortalecimiento del estado de derecho, el acceso justicia y la memoria. De forma general, las presidencias de Calderón y Peña Nieto promovieron discursivamente la militarización como un medio para recuperar y mejorar la seguridad pública y, paradójicamente, en la administración actual, ha sido promovida como un medio para pacificar al país.

Las consecuencias de la militarización son reales y sumamente dolorosas. Los últimos 16 años y las frías estadísticas que acumulan a miles de personas desaparecidas y asesinadas nos lo han mostrado y nos lo recuerdan constantemente: la estrategia militarizada no es la vía. Para ello se debe escuchar a las víctimas, a las madres de las personas desaparecidas que a su vez se encuentran constantemente expuestas a la violencia criminal y estatal, y también a la evidencia científica que enfatiza que por ahí no, y por último, pero no por ello menos importante, también se debe atender a lo dice la Constitución: la seguridad pública le corresponde a los cuerpos de seguridad civil.

Cuando comencé a escribir este texto, me encontraba de visita en San Luis Potosí. Un miércoles, cerca de las 4:30 am, me despertó el escándalo que se desata cuando se descarga un arma contra una casa en una colonia familiar. La casa estaba a una cuadra y media de donde me quedaba. Y otra vez, como hace 13 años, me quedé mente-en-blanco, y sentí que el corazón se me escapaba del resto del cuerpo. La seguridad que vivimos hoy en día es una mera ilusión, pensé. EP

Un grupo de ideas, un cuerpo de pensamiento, un sistema de normas establecidas por ciertas personas en un determinado lugar y tiempo. [↩]
En el que Felipe Calderón ganó la elección contra López Obrador, por un margen de 0.6 por cierto, lo que desató cuestionamientos sobre la legitimidad del entonces presidente electo. [↩]

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