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Expropiado de jornada

Hermann Bellinghausen

En qué clase de circo clasista y racista han convertido a la benemérita (data del juarismo su versión oficial) Guelaguetza, para llegar al extremo que muestra un video que se viralizó recientemente, titulado «El buen samaritano». Presentada encomiásticamente por sus divulgadores, la grabación registra una céntrica calle de la ciudad de Oaxaca, empedrada y vacía, con ambas banquetas atiborradas de espectadores, muchos de ellos entusiastas turistas, tras un largo lazo. Esperan el desfile culminante del evento anual más jugoso para la ciudad, donde las mujeres de la burguesía local se disfrazan de indias y bailan al frente de las comparsas de las ocho regiones. Hoteles y restaurantes llenos, venta masiva de artesanías. Fastuosos Domingos del Cerro en el geométrico teatro del Fortín. Derrama económica.

De pronto, en el video, aparecen a cuadro dos mujeres triquis ya mayores caminando despacio y tranquilamente por la calle, entre las tumultuosas aceras de público expectante. Visten hermosos huipiles rojos y al parecer vienen platicando. Es obvio que no pudieron caminar por la banqueta, así que lo hacen por la calle libre. Su lenta dignidad las hace dueñas de su andar. Llevan artesanías para vender.

De pronto se desprende de la multitud un hombre vestido de turista (pantalones cortos, guayabera nueva) con un sombrero en la mano y vistosamente lo pasa entre la concurrencia. Todos ponen. Arrojan monedas, que el hombre recoge. Billetes de baja denominación. La multitud vitorea, aplaude. En las tomas abiertas del video no se distinguen más indígenas, y eso que en Oaxaca abundan. Turismo mayormente nacional y pobladores de la ciudad y sus suburbios.

El buen samaritano, exultante, entrega a una de las mujeres el óbolo (que sin duda les cae de perlas). Alguien se desprende de la acera y da dinero y abraza a las indígenas. La concurrencia está tan satisfecha de sí misma y tan contenta que se pone a cantar, extrañamente, Cielito lindo: «Ay, ay, ay, canta y no llores». Personalmente no encuentro la relación, y si lo hago, me parece horrible. Las dos ancianas por su parte se alejan calle arriba con una limosnota que no pidieron.

Sin afán de documentar aquí sus orígenes zapotecas que luego se extenderían a otros pueblos originarios de la región, principalmente mazatecos, mixtecos, mixes y chinantecos, digamos que se trata, muy oaxaqueñamente, de una fiesta de coperacha. Un gran tequio de comida, bebida, baile, culto religioso.

La gran Guelaguetza oficial que hoy vemos es una creación de los gobiernos priístas, que con José Murat (gobernador de 1998 a 2004) alcanzó un esplendor muy a tono con el neoliberalismo mercantilista que se generalizaba en la economía nacional convertida en paraíso de los negocios y alimentando una renovada, y profunda, desigualdad social.

Ya de antes las clases dominantes se habían apoderado de la Guelaguetza, la organizaron y le pusieron todo el color que cupo en su inversión. Se adueñaron de la coperacha y metieron en ella el folclor edulcorado de las «ocho regiones» de su colonialismo interno. Es sabido que Murat padre organizó los bailes del cerro para el lucimiento de sus familiares. Y Ulises Ruiz la usó cuanto pudo para limpiar su imagen de represor después de 2006.

No se niega que los pueblos hagan la fiesta en plena convicción tradicionalista con sus mejores músicas y atuendos y la fuerza sobreviviente de sus mitos cristianizados. Pero se han convertido en la escenografía que justifica la propaganda y la derrama millonaria para los bolsillos de comerciantes y políticos. La felicidad que por decreto irradia Oaxaca no tolera disidencias ni críticas. Por eso trataron tan mal a la saxofonista María Elena Ríos cuando desplegó una manta en el teatro del cerro denunciando los feminicidios. Recuérdese que el magisterio disidente estableció su Guelaguetza alternativa al calor de la revuelta popular de 2006.

Como otras tradiciones auténticas, el Estado y el capital la usan con fines publicitarios y económicos. Ver a las jóvenes y señoras de las clases altas adoptar por unos días la vestimenta ceremonial de sus sirvientas y cocineras debía causar escozor, como también la escena descrita líneas arriba. La buenaondez que confunde indígena con pobre y justicia con caridad resulta alienante y patronal. Nada nuevo bajo el sol. Así se las gastan los gobiernos cuando se ponen «indigenistas».

Algo equivalente intentan las marcas de ropa fina con los bordados y diseños de los pueblos originarios. En algunos casos la denuncia ya salvaguarda los «derechos de autor» colectivos de las artesanas. La apropiación de la Guelaguetza es un hecho consumado. Ojalá sirviera, aunque no parece estarlo haciendo, para educar a la sociedad mayoritaria sobre lo que son realmente los pueblos originarios y el respeto que merecen. De otra forma resulta extractivismo cultural en una entidad donde los pueblos todavía resisten al despojo minero, la expropiación turística, vial e industrial de sus territorios y recursos.

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