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Expropiado de jornada

Raúl Romero*

Durante más de 20 años, la Organización Regional de Caficultores de Ocosingo (Orcao) ha agredido constantemente a las comunidades bases de apoyo del EZLN. En los últimos tres años, los ataques se han intensificado. Las agresiones han sido diversas: insultos, amenazas, golpes, secuestros, robos, balaceras, incendios, torturas, despojo de tierras, desplazamientos forzados… Las denuncias por parte de colectivos solidarios con las comunidades zapatistas son numerosas. Organismos de derechos humanos han documentado las agresiones. Periodistas y medios de comunicación han dado cobertura a los hechos. Personas del mundo de la academia y de las artes han firmado cartas y llamamientos para que se atienda la situación. Hasta el momento, ni el gobierno estatal ni el federal han hecho algo por detener las agresiones, aun cuando se ha señalado que la Orcao utiliza recursos públicos, destinados para la construcción de escuelas o del programa Sembrando Vida, para adquirir armas con las que ataca a los zapatistas.

Apenas el pasado 2 de mayo, la Orcao incrementó los ataques armados contra las bases zapatistas que habitan en los pueblos de Emiliano Zapata y La Resistencia, ambos pertenecientes al caracol 10 Floreciendo la Semilla Rebelde, en el municipio oficial de Ocosingo, Chiapas. De acuerdo con la junta de buen gobierno Nuevo Amanecer en Resistencia por la Vida y la Humanidad (https://bit.ly/3ylsVq3), el saldo de los ataques hasta ahora es de 83 personas bases de apoyo desplazadas de manera forzada de sus hogares, 54 de Emiliano Zapata y 29 de La Resistencia.

Como en ataques anteriores, la Orcao llegó disparando con armas de distintos calibres contra los pobladores, incendió una escuela autónoma y el garaje de una persona base de apoyo del EZLN. Un zapatista narra así parte de lo vivido en estos días: «Nos da mucha tristeza, porque estamos sufriendo con los niños; salimos ayer a las 3 de la tarde, sufriendo, caminando, aguantando hambre, porque desde antier empezaron a atacar, como a las 8 de la noche, fuimos a escondernos, con sufrimiento; los niños estaban temblando, porque nos íbamos a ir a esconder; empezaron a tirar balas de alto calibre. Cerca tiraron las balas, se calmó un poco y avanzábamos, hasta llegar a la escuela, ahí nos quedamos, estábamos rodeados, pero nos vieron porque no hay monte, y empezaron a tirar bala; los acostamos en la tierra para que no les toquen las balas, hasta las 3 de la mañana seguíamos rodeados. Llegaron a decirnos que nos retiráramos, y lo hicimos, porque no queremos confrontar y se convierta en muertos, por eso salimos ayer, caminando veníamos, aguantando hambre y sed con este calor.»

La Orcao, como narró Luis Hernández Navarro en estas páginas (https://bit.ly/3P2GDEn), se formó en 1987 a partir del trabajo de la Iglesia católica y tuvo un trabajo importante en las comunidades. Sin embargo, a finales de la década de los 90, los gobiernos estatal y federal, así como el Ejército, cooptaron a varios dirigentes de la organización y fueron incorporados como funcionarios públicos, municipales, estatales y federales, al tiempo que los «apoyos gubernamentales» para sus seguidores aumentaron. Fue así como la organización se convirtió en paramilitar, es decir, un grupo armado, entrenado y equipado; formado, financiado y/o permitido por el Estado, para hacer labores de represión o contrainsurgencia.

La Orcao opera como brazo paramilitar del Estado y además algunos de sus integrantes ocupan puestos en estructuras de gobierno. Este es el caso de José Pérez Gómez, quien actualmente es el primer regidor del gobierno municipal de Ocosingo.

En las múltiples denuncias que se han hecho desde hace más de 10 años, destacan los nombres de Tomás Santiz Gómez, Antonio Juárez Cruz, Marcos López Gómez y Juan Gómez, todos ellos dirigentes de la organización de caficultores, quienes participaron nuevamente en los ataques del pasado 2 de mayo.

El paramilitarismo, esa vieja estrategia de Estado para reprimir y desarticular la organización social independiente, ha hecho mucho daño en nuestro país. En el México contemporáneo, la memoria de las resistencias guarda bien los nombres del Batallón Olimpia, Halcones, Máscara Roja, Los Chinchulines, Paz y Justicia y tantos otros. El manto de impunidad que se mantiene en México, con el mismo que se protege a militares y ex gobernantes, ha garantizado también que estos grupos sigan operando y que se renueven. Otros intereses, como los del crimen organizado, echan mano de estos grupos o forman los propios, dando luz a fenómenos como el narco-paramilitarismo.

En Chiapas, las comunidades zapatistas han evitado durante décadas caer en la provocación. En ese esfuerzo por la paz han perdido a compañeros como José Luis Solís López, Galeano, asesinado por otro grupo paramilitar hace ocho años, el 2 mayo de 2014. Los zapatistas siguen eligiendo la vida y la autonomía, mientras desde arriba alguien les impone guerra y muerte.

* Sociólogo

Twitter: @RaulRomero_mx

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