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Expropiado de piedepagina

Lydiette Carrión

Han surgido profundas críticas a las formas en las que se llevaron las cosas; testimonios que hablan sobre las prácticas violentas al interior del lugar, las confrontaciones entre grupos, colectivas…

@lydicar

Estoy editando el excelente trabajo de mi colega Daliri Oropeza sobre el caso de la Okupa de Cuba. Todas las voces. Pienso en lo difícil que es ejercer este tipo de periodismo: uno que no sólo cuente un lado de la historia, y que sobre todo, trate de dar voz de forma respetuosa y profunda a todas las voces, pero también analítica y crítica. Más cuando se trata de ideales con los que podemos simpatizar.

Desde la semana pasada el tema de la Okupa ha generado muchas reacciones. La mayoría ha sido sobre todo de rechazo al grupo que se quedó al final en la calle de Cuba. Han surgido profundas críticas a las formas en las que se llevaron las cosas; testimonios que hablan sobre las prácticas violentas al interior del lugar, las confrontaciones entre grupos, colectivas…

Para muchas y muchos que queremos imaginar un mundo distinto, con otras formas de organización, estos testimonios suelen ser dolorosos. A lo largo de esta semana, conocidos y amigos han manifestado su tristeza y desesperanza. Al final queda una suerte de idea de que las cosas jamás podrán ser diferentes; y quizá por este mensaje de inmovilización es que muchas personas que participan en movimientos e iniciativas suelen guardar silencio respecto de las violencias que se viven al interior de grupos políticos, movilizaciones, colectivas; pero también en ocasiones les ha llevado a alejarse.

Hace unos días se cumplieron 23 años de que alumnos organizados de la UNAM emprendieran la huelga estudiantil más larga en la historia de la universidad. En aquel entonces miles de estudiantes cerraron la máxima casa de estudios y la mantuvieron así por casi 10 meses. Al final, no quedaba ni la quinta parte de los jóvenes que iniciaron el movimiento.

Con sus particularidades, la huelga de la UNAM funcionó también como una suerte de okupa: había quienes se dedicaban a preparar alimentos (en su mayoría mujeres), brigadeos, comisiones de seguridad, de prensa y propaganda, y las infinitas asambleas, que llegaban a durar días.

En esas asambleas llegó a haber golpes; también –y salió en la prensa en su momento– los estudiantes más radicales llegaron a instalar un alambre de púas para “proteger” la mesa. Hubo también, a lo largo de esos casi 10 meses experiencias terribles, que vivieron muchos estudiantes al interior: violaciones, procesos de adicción de drogas… procesos de lo que yo llamaría “Lumpenización”.

Todo eso fue muy criticado en su momento en la prensa, y por supuesto, los grupos políticos conservadores lo utilizaron para “golpear el movimiento”. Pero eso no le quitaba que era cierto; aunque tampoco se llegaba a describir los procesos por lo que muchas y muchos estudiantes pasaron –pasamos– durante aquel tiempo.

Por ejemplo, recuerdo que mientras yo participaba, mantenía dos trabajos. Así que por la mañana me iba a uno de mis dos trabajos, en la tarde asistía al segundo y llegaba en la noche a apoyar un rato y francamente dormir. De mi dinero ponía para el pan y la leche de mis compañeros de brigada. Muchos trabajábamos, y muchos permanecían 24 horas, siete días a la semana, en la escuela, o en brigadas y asambleas. Y poco a poco fui notando que yo, al salir del lugar, percibía las cosas distintas. Me daba cuenta, por ejemplo, del rechazo que ocasionaba ya la huelga en la población en general, rechazo provocado en enorme parte por unos medios de comunicación muy hostiles que no paraban de hostilizar; pero también provocado por la propia cerrazón en la que nuestro movimiento incurría.

Pero también me daba cuenta que era difícil detener esa cerrazón porque mis compañeros se sentían constantemente atacados, por una parte, y porque por otro lado, el permanecer 24 horas al día, siete días a la semana en una okupa en muchas ocasiones los separaba de la realidad.

Fue entonces que me di cuenta de que sostener un movimiento por largo tiempo es muy difícil, y la mayor parte de las veces viene con un sacrificio emocional profundo. Esta percepción mía fue compartida por muchas otras personas que también participaron, y cuando se acabó la huelga no todas y todos los que participamos logramos salir de esa conmoción. La mayoría sí, pero llevó tiempo, reflexión; y otros tardaron mucho más; y otros más nunca lo hicieron.

Estos procesos de deterioro que atestigüé durante la huelga, luego, ya como reportera los vi en otros movimientos. No he conocido movimiento social, sobre todo cuando debe tomar o sostener una toma física, que no atraviese este desgaste y deterioro: pienso en la APPO en 2006; en Atenco. Pienso en movimientos obreros, como Matamoros, durante el 20/32. Incluso, en movimientos más socialdemócratas (como el #Másde132) se ven confrontaciones y desintegración.

Por otra parte, los movimientos okupas son especialmente susceptibles, dado el alto estrés que implica mantenerlos, y el hecho de que suelen convertirse en sistemas cerrados, y por lo tanto propensos a vicios específicos.

No escribo todo esto como una “disculpa” a los abusos y violencias que varias o muchas mujeres pudieron cometer durante el año y medio que se mantuvo la Okupa; más bien lo escribo desde la preocupación y la empatía por todos los movimientos sociales y políticos del país. Sé que la mayoría suelen luchar contra Goliats, y que implica un costo emocional muy grande.

También escribo y describo tratando de explicar y conjurar la desesperanza que se suele sentir cuando un proceso como el de la okupa se destruye. Pienso sobre todo en las jóvenes que pueden alejarse para siempre de la idea de poder cambiar las cosas; y de que se convenzan que todo movimiento social es imposible o destinado al fracaso.

Creo que los movimientos sociales en México suelen tenerla muy muy difícil y reciben muchas violencias, tanto contra sus participantes de forma individual, como en lo colectivo, y que eso suele enfermar emocionalmente a los activistas. Esto también lo he atestiguado desde mi privilegiado lugar de reportera.

Esta enfermedad emocional del activismo no es pretexto para violentar; pero quizá sí se deban pensar tácticas o estrategias específicas para prevenir esto. ¿Qué estrategias desarrollar para prevenir el ejercicio de la violencia en movimientos cerrados? Debe haber algunos; porque creo que la salud de un movimiento no puede dejarse a la buena voluntad de nadie. En los movimientos como lo que hay en México, que han debido enfrentarse a violencias terribles, es realmente difícil mantener cierto equilibrio.

Finalmente, hay algo que me gustaría insistir: a pesar de que los movimientos entran en declive, algo siembran. Algo dejan. La huelga de la UNAM ha servido de inspiración para los movimientos estudiantiles de América Latina, por ejemplo, y las cuotas no pasaron; además de que fue semillero de cientos de personas que adoptaron una conciencia social antineoliberal. La APPO fue inspiración para decenas de asambleas populares; su forma de organización ha sido replicada por todo el país. Insisto: no se trata de “disculpar”, sino de buscar cómo resolver los daños y las erosiones; sin dejar de valorar las cosas que estos movimientos –tan caros emocionalmente para quienes participan– han alcanzado. Y es importante, porque esos movimientos son importantes. Mientras el movimiento feminista en México se polariza, se fracciona, sus participantes son agotadas, desanimadas, en el país ha desaparecido otra niña, otra mujer… pienso en Debanhi.

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