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Expropiado de jornada

Gustavo Esteva

Mal empieza la semana cuando te ahorcan el lunes. Apenas empezábamos a caminar el nuevo año cuando nos cayeron encima claras anticipaciones del horror que viene.

El aumento de precios, particularmente de productos básicos, afecta a mucha gente. No se sabe qué será peor, si ese aumento o las medidas del gobierno contra la inflación. Como ésta es la expresión monetaria de la lucha de clases y hay quienes la ven como la revuelta de los ricos contra los pobres, la política oficial revela el bando de los gobiernos en esa lucha: afecta negativamente a la mayoría y beneficia a los empresarios.

Esa es la perspectiva. En 2021 aumentó sustancialmente la riqueza de unos cuantos y crecieron como nunca las ganancias de los bancos y de sectores como el farmacéutico, mientras se deterioraba la situación de la mayoría. Lejos de corregirse, esta evolución puede acentuarse.

Los horrores que vienen llegan envueltos de covid. Con la nueva variante se ha intensificado la campaña permanente, tramposa y agresiva, a la que contribuyen con entusiasmo todos los medios de comunicación masiva. Logra asustar aún más a muchas personas, atrapadas ya en un temor ansioso que las lleva a obedecer puntualmente instrucciones que se renuevan cada día. Al cargar al virus la culpa de todo lo que pasa, la campaña encubre la responsabilidad real de gobiernos y corporaciones en las múltiples crisis actuales.

Pasará mucho tiempo antes de que sepamos realmente lo que ocurrió. Nadie conoce, por ejemplo, el número real de personas infectadas y su proporción en la población. Como las pruebas se aplican sobre todo a quienes muestran síntomas de la infección y en la mayoría de los infectados no se genera síntoma alguno, se desconoce la extensión real de la pandemia. Podría haberse llegado ya a la llamada «inmunidad de rebaño», pero no podemos saberlo.

Tampoco sabemos la causa de muchas muertes atribuidas al covid. En estos dos años han muerto más personas que en los anteriores, pero está en duda por qué. Diversos estudios señalan ya que muchas muertes atribuidas al covid no habrían sido causadas por el virus, sino por lo que se ha hecho contra él, por otras enfermedades y por las condiciones generales de la población.

Será difícil explicar a futuras generaciones cómo fue que la actual aceptó casi sin chistar lo que se le impuso. Se consiguió el absurdo de que muchas personas «renunciaran a vivir para evitar el riesgo de morir», como ha señalado Vaneigem (http://comunizar.com.ar/bienvenida-los-zapatistas/). Conforme a la vieja tradición del capitalismo, se eliminaron muchas de las limitadas libertades que quedaban para que sólo sobreviviera una: la de consumir libremente lo que el mercado ofrece, la cual depende de un poder de compra cada vez más limitado y de una oferta cada vez más tóxica e inadecuada.

Se han renovado viejas discusiones. Una se refiere a la convicción, basada en la experiencia histórica, de que es virtualmente imposible evitar el contagio por virus en una epidemia, por lo que haberse concentrado en la prevención sería un pavoroso disparate. La más importante es la que gira en torno a la alimentación. Se afirma con sobrado fundamento que una buena dieta es la mejor receta tanto para conseguir inmunidad ante los virus como para enfrentar la infección. En dos años podrían haberse logrado inmensos avances para mejorar la dieta general, que en casos como el de México es sumamente inadecuada; tenemos una de las peores del mundo. Prohibir o limitar la comida chatarra, por ejemplo, habría ofrecido más protección que todo lo que se ha hecho… pero lo que se hizo resultó protección para las empresas que la producen y crecieron como nunca en este periodo. Puede ya verse a la industria alimentaria como una mafia criminal que enferma impunemente a la mayoría de la gente.

Los dispositivos extremos que se han establecido, en nombre de la bioseguridad y como terror sanitario, podrían ser una reacción desesperada de gobiernos y corporaciones, cuando se sintieron en peligro ante la extinción del mundo que controlaban, particularmente por las movilizaciones mundiales de 2019. Lo que han hecho no impedirá que ese mundo termine, pero les ha permitido sentar bases de otro aún más injusto e inhumano. La obediencia a medidas relacionadas con el virus aparece cada vez más como sometimiento voluntario a formas de existencia que difícilmente pueden llamarse humanas. Convierten a quienes se adhieren a ellas en meros subsistemas de sistemas que se basan en el despojo y el control.

No cabe anticipar lo que ocurrirá, en esta era de incertidumbre radical en la que hemos entrado. Pero podemos rechazar sin reservas el mundo que se nos quiere imponer, como ha sugerido Agamben (https://artilleriainmanente.noblogs.org/?p=1971). Podemos optar por un modo de vida del que aún tenemos memoria y experiencia, basado en nuestras capacidades, en la autonomía que podemos construir con otras y otros en barrios y pueblos, y en la austeridad que prescinde alegremente de cuanto interfiere con la interacción gozosa y directa con los demás y con la Madre Tierra.

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