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Tomado de jornada

Hugo Aboites*

Equiparar a las y los maestros de la CNTE con la ultraderecha conservadora limita y ensombrece el alcance del propio proyecto educativo de la Cuarta Transformación (4T). No hay proyecto educativo viable –aunque esté en la Constitución y las leyes– si no se sostiene en acuerdos de fondo con los actores de la educación. Y los acuerdos no se dan fácilmente si se parte del supuesto de que las diferencias entre gobierno y magisterio son de enorme distancia y profundidad. Se dificulta dialogar, se agravan las tensiones y conflictos y se oscurece el panorama educativo. Algo grave, porque en la educación se juega el alma de la nación.

Pero hay otras historias. El cardenismo rompió con las concepciones porfiristas de la educación y mostró que era perfectamente posible una convergencia con el magisterio, capaz de transformar la educación. Un magisterio consciente, organizado y de gran dinamismo retomó y construyó sobre las propuestas de intelectuales, educadores, funcionarios e hizo posible concebir y poner en práctica en todo el país un proyecto realmente nuevo. Este fue luego el ánima de un apoyo generalizado para rescate de los derechos a la tierra y al trabajo, y al patrimonio de la nación. Fue posible porque precisamente porque muchos maestros tenían un horizonte político ideológico más allá del cardenismo (ver Raby), entendieron y apoyaron la trascendencia de cambiar a fondo la educación. Y lo hicieron con tal intensidad que no pocos con sus vidas pagaron la lealtad a esa idea de educación que ahora había vuelto suya (Ver Hernández Navarro, La Jornada 7/9/21). Por eso, no fueron ellas y ellos quienes abandonaron el proyecto, fue el Estado que los abandonó, a ellos y al proyecto. En efecto, el nuevo presidente (Ávila Camacho) y su secretario de Educación, Torres Bodet, se encargaron de eliminar, además de la autonomía plena de la UNAM, la escuela «socialista» (popular) para (como dice Aurora Loyo en 1980:17) sustituirla por la «escuela del amor» y más tarde, con mayor inteligencia, por «la escuela mexicana». Es decir, opuesta a la socialista, considerada pro soviética y ajena a la «idiosincrasia» del pueblo mexicano. Con este cambio a la derecha se le abren espacios enormes de intervención y al mismo tiempo está ya en marcha, con la creación del SNTE y la SEP autoritaria, el rígido control del Estado sobre el magisterio. Tan importante es este proceso que voces tan poco extremistas como la del ex rector De la Fuente, aunque defienden el rol de Torres Bodet, señalan que en esa época «el Estado se volvió autoritario: fue cooptando y controlando en su estructura autoritaria los diversos mecanismos y procesos sociales que podían representar una amenaza». (Entrevista con Ricardo Ravelo revista Variopinto, México, Feb. 2013:11). Desde ese distanciamiento originario se entiende la historia de luchas pasadas y las que ahora comienzan a despuntar.

La 4T, sin embargo, no reconoció con la misma claridad ese proceso del que formamos parte. No se ha dirigido a las raíces fundamentales del problema educativo histórico y hasta conservador a partir de entonces y que dieron lugar y vida a su expresión modernizada y neoliberal. Por eso no lo descarta, hasta lo fortalece. Así, la reforma operada por el secretario Moctezuma, llamada con histórico significado, «la nueva escuela mexicana» consiguió acabar con algunos símbolos neoliberales –sobre todo la evaluación para el despido y el en consecuencia INEE–, pero no concibió siquiera que para transformar realmente había que enfrentar los problemas que señalaba quien habría sido secretario de Educación de reconocerse el triunfo de AMLO en 2006. Por eso, se fortalece con el nuevo marco legal, la cara más esencial y visible del antiproyecto: el autoritarismo y el control vertical en la educación básica y superior. Derechos como el de la educación y la gratuidad, y la misma autonomía universitaria, sometidos. Y en la básica todo el poder a la autoridad, y, por tanto, deterioro laboral: falta de pagos, «incidencias» y ceses no resueltos desde 2012-2018, retorno unilateralmente decidido a las escuelas, la adopción de una evaluación sistemática de los maestros basada en puntos; idéntica a la de Salinas de Gortari, que cooptó y silenció a los universitarios. La que opera con exceso autoritario Unidad del Sistema para la Carrera de Maestras y Maestros (USICAMM) (véase https://profelandia.com/los-desastres-de-usicamm/).

Estos y otros ejemplos de la «nueva» SEP parecen mostrar un interés no en la tarea conjunta por un proyecto educativo nacional relevante, sino en el sistemático desperdicio de energía y talento en batallas administrativas y conflictos a que obliga el régimen de distanciamiento. La incapacidad de dejarlo atrás e ir a construir acuerdos de mayor horizonte. Es decir, lo prioritario.

* UAM-Xochimilco

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