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Tomado de jornada

Luis Hernández Navarro

Alfabetizador, fundador de escuelas, periodista, organizador obrero y de jornaleros agrícolas, orador brillante, propagandista, el andaluz Abelardo Saavedra Toro utilizó el seudónimo de Garín para firmar sus artículos. A lo largo de los años, se ganó la vida ejerciendo múltiples oficios: zapatero, boticario, tranviario, impresor, sastre, albañil, fotógrafo, lector en una tabaquería y fabricante de aparatos ortopédicos. Fue uno de los más destacados militantes ácratas de finales del siglo XIX y las primeras tres décadas y media del XX.

Según el investigador José Luis Gutiérrez, el recorrido vital de Saavedra es el del anarquismo histórico español y caribeño. «El que va desde la creación de la Primera Internacional en 1864 hasta la Revolución española de 1936». Su trayecto es el del «prototipo del anarquista ibérico que aunaba las prácticas estrictamente ácratas a las societarias primero y sindicalistas después».

Este apasionante camino está amena y rigurosamente narrado en un libro de reciente aparición: Saavedra: un anarquismo, escrito por Aurelio Fernández, economista, director de La Jornada de Oriente y bisnieto de Garín. En la obra se cruzan y funden, con buen ritmo, diversas historias: la del biografiado (1860-1938); la de las luchas obreras y campesinas en España y Cuba; la de la difusión del anarquismo a través de sus periódicos y de su proyecto organizativo, y la de la elaboración del libro.

Saavedra es un personaje que parece sacado de una audaz novela social. Uno más de una generación extraordinaria de revolucionarios sin fronteras, internacionalistas de corazón, formados en el mundo del trabajo, que hacen de la revolución social, la solidaridad y la ayuda mutua el centro de su existencia. De militantes que se oponen a la profesionalización de la política, sufren cárcel y persecución sin claudicar en sus convicciones y gestan una contracultura, que piensan y practican en todos los ámbitos de la vida privada y pública.

Felipe Fernández Rodríguez, su yerno, decía: «Los anarquistas no tenemos patria, nuestra patria es el mundo y allí donde haya explotación estaremos luchando». Fiel a esta divisa, Garín, además de batallar en el campo andaluz, en el mundo obrero madrileño y catalán, en la Cuba dominada por Estados Unidos y en Portugal hasta que fue deportado, combatió la dictadura de Porfirio Díaz en México.

El lance maya de Saavedra lo llevó a la cárcel en Cuba, adonde llegó después de pasar una temporada en prisión, con 42 procesos legales, como una espada de Damocles sobre su cabeza. Allí, los magonistas mexicanos lo convencieron de escribir contra Porfirio Díaz en el periódico ¡Tierra! En noviembre de 1907 aparecieron las dos entregas de su artículo «La inquisición en México», en el que denuncia la oprobiosa situación que se vivía en el país. El diario entró a la Península de Yucatán a través del puerto de Progreso. La represión del dictador no se hizo esperar. En Mérida detuvieron a sus distribuidores, catalanes anarquistas, y los deportaron. El presidente Porfirio Díaz solicitó al interventor estadunidense en la isla, Charles Magoon, actuar contra la publicación y contra Garín. El juicio en su contra duró seis meses. Años después, en 1915, fue nuevamente detenido y expulsado de Cuba.

Profundamente anticapitalistas, dotados de una enorme mística, los anarquistas hispanos de aquellos años –cuenta Aurelio Fernández– crearon grupos de afinidad, primera forma de reunir a los simpatizantes, a partir de las proximidades en barrios, gremios y familias. En ellos se comentaba la actualidad, se pensaba un mundo alternativo, y se leía la prensa y la literatura ácrata en voz alta. Al que no sabía leer, se le alfabetizaba. Con la consigna de «ni dios ni amo», fundaron sus propias escuelas y Centros de Estudios Sociológicos, en los se abrazaron los postulados de la ciencia y la cultura universales.

Los comunistas libertarios extendieron su influencia y construyeron sus redes a través de giras de propaganda, en las que hacían mítines y daban conferencias en las poblaciones de trabajadores. Estas excursiones estaban a cargo de formidables y entusiastas oradores, como Saavedra.

Su actualidad es sorprendente. Hace más de un siglo, rechazaban el matrimonio y exaltaban la unión y el amor libres. Fomentaban el control natal. Llamaban a sus hijos con nombres ajenos al santoral católico, como Fraternidad, Violeta o África. Los educaban en sus propios sistemas escolares, auspiciados por las organizaciones de trabajadores, con base en la laicidad y la ciencia. Promovían el cariño y respeto a la naturaleza, practicaban el nudismo, el vegetarianismo y el excursionismo popular. Fomentaban la igualdad de los sexos.

Saavedra fue enterrado, por decisión propia, en una fosa común. Solidaridad Obrera lo describió como suma de bondades, inteligencia clara y corazón exuberante. «Fue, además, un hombre fecundo en toda la acepción de la palabra: en hijos, en ideas, en trabajo, en bondad», resumió la publicación.

En un mundo dominado por el presentismo y el posibilismo, en el que el futuro ya no es lo que era pero en el que urge poner a debate la sociedad que queremos, Saavedra: un anarquismo, de Aurelio Fernández, permite asomarnos no sólo a la saga de un personaje excepcional como Garín, sino a las prácticas y valores que hacen un otro mundo posible.

Twitter: @lhan55

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