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Por William I. Robinson

Tomado de hispanicla

El régimen dictatorial de Daniel Ortega y su esposa (y vice presidente) Rosario Murillo no tiene absolutamente nada que ver con revolución, con socialismo, con izquierda. La mayoría de los cuadros históricos del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que encabezó la Revolución Popular de 1979, o fue expulsada del FSLN hace tiempo por Ortega-Murillo, o abandonó el partido en la medida que se iba convertiendo en un apartado corrupto y represivo de la familia Ortega-Murillo y su camarilla más cercana, la cual se ha enriquecido y conforman una nueva fracción de la burguesía.

Las/los que enfrentan ahora la represión del régimen incluyen hasta Comandantes de la Revolución y muchas/os comandantes y combatientes históricos de la lucha guerrillera y del período revolucionario de 1979-1990.

Es triste ver cómo este régimen es tan hábil en evocar la retórica “revolucionaria” para tejer una imagen ante la izquierda internacional de revolucionario, anti-imperialista, y popular, como Alicia en el País de las Maravillas, cuando la realidad es tan opuesta a esa imagen. A continuación, un comentario de Abelardo Morales Gamboa, desde Costa Rica. Él y yo luchamos juntos en la Revolución en los años 80:

Nicaragua, nunca más…(*)

Si uno cree que el realismo mágico solo tenía que ver con las viejas estructuras feudales de América Latina, debería ir a Nicaragua a mirar de cerca el escenario en una puesta postmodernista. En Nicaragua parece que no quedará libre un solo dirigente opositor que no sea sumiso al régimen. Hoy, apenas cinco meses antes de las elecciones, se contabilizan siete dirigentes en prisión, hombres y mujeres del más variado espectro político ideológico, que en el lapso de una semana han sido sometidos a tribunales políticos, sin acceso a defensa, y posiblemente la casería no cesa,

Las casas de algunos de ellos han sido saqueadas por las fuerzas policiales, con el apoyo de lo que queda de las antiguas turbas divinas. Más de un centenar de otros presos políticos aguardan en las cárceles del orteguismo, sometidos a juicios políticos pues disentir se ha convertido en un delito en ese país. También la represión ha sido ejercida contra medios de comunicación independientes, periodistas y dirigentes de organizaciones civiles.

En Nicaragua los tribunales se han convertido en organismos políticos supeditados al FSLN. Organismos internacionales no tienen posibilidad de ingresar al país para realizar investigaciones independientes.

El atropello, aunque no es nuevo, pues esa práctica era común entre el grupo de Daniel Ortega hacia sus propios adversarios al interior del Frente Sandinista después de su derrota en 1990, luego de la represión iniciada en abril de 2018 ahora toca a figuras y grupos de la oposición con las que el “danielismo” se había mostrado más cauteloso pues algunos de ellos -como su exembajador Arturo Cruz- fueron cercanos colaboradores suyos en algunas coyunturas.

Por el momento, la poderosa organización que aglutina al empresariado, el COSEP, solo ha expresado algunas ambiguas declaraciones de repudio a las detenciones de los dirigentes opositores.

Después de la represión de abril de 2018, los centros de varias organizaciones independientes que trabajaban en problemáticas ambientales, de derechos humanos, salud, salud sexual y reproductiva, con mujeres víctimas de violencia, alfabetización, desarrollo local, comunicación y educación popular, fueron intervenidos, ilegalizados y anuladas las personerías jurídicas de las asociaciones y confiscados sus activos. También hicieron lo mismo con periodistas y medios de comunicación cuyos bienes fueron confiscados.

Algunas de las personas líderes de esas organizaciones fueron apresadas y, luego de liberadas, obligadas al exilio.

El retorno de Daniel Ortega a la Presidencia de Nicaragua en 2006 no permitió el asomo de ninguna de las viejas promesas revolucionarias. Todo lo contrario, el danielismo se había aliado a un sector del empresariado, con Jaime Morales Carazo como su Vicepresidente, y con fracciones de la vieja Contra, además de diversos arreglos con las iglesias, el acercamiento al entonces Cardenal Obando y Bravo a partir del nombramiento de algunos de sus hijos en cargos políticamente importantes.

La estructura de poder se fue convirtiendo en una copia de la vieja dinastía somocista. Ahora como parte de la dinastía, los hijos de Ortega Murillo aparecieron convertidos en prósperos empresarios del mundo de la comunicación, del espectáculo, del turismo y otras fuentes espurias de acumulación. Esos nuevos afeites políticos fueron dados por la ampliación de la influencia y poder de Rosario Murillo dentro de las estructuras del FSLN y gracias a la apropiación y concentración de recursos estatales y de la ayuda venezolana.

En su áurea mística, Murillo mandó a sembrar por calles y avenidas principales de Managua los llamados “chayopalos”, cuyo derribo en abril de 2018 se convirtió en símbolo de lucha contra la dictadura.

Una serie de diatribas revolucionarias y antiimperialistas se intercalaban con otros discursos propios del conservadurismo religioso y del esoterismo. El realismo mágico se convertía en una trágica caricatura en un país que a finales de los setenta se había convertido en un sueño romántico ante los fracasos revolucionarios del estalinismo y de otros procesos en Europa.

Pasados los años, es claro que el cercamiento ya no es sobre Daniel sino sobre la sociedad nicaragüense, con un régimen autoritario en torno a una élite familiar que ha usado el poder para enriquecerse gracias a que nadie da ni pide cuentas del uso de la ayuda internacional venezolana. Esa nueva élite burguesa y oligárquica, con un sicótico discurso revolucionario y religioso, mantiene la lealtad de sus bases urbanas y campesinas gracias al control político y territorial de los comités danielistas y de un programa de dádivas populistas.

Bajo esa dinámica Nicaragua está muy lejos de superar el atraso político de las viejas élites autoritarias y saqueadoras, porque ese atraso es parte del nuevo estilo político de las nuevas élites también autoritarias y ahora confiscadoras.

En las actuales circunstancias, la más progresista de las luchas en ese país es por la defensa de los derechos humanos, por el restablecimiento del Estado de Derecho y del acceso a la justicia, la celebración de elecciones libres y el cese de la represión en contra de la prensa independiente y de las organizaciones sociales no partidarias. Pero querámoslo o no, eso solo puede ser posible a partir de una fuerte alianza internacional que apoye a la resistencia local.

(*) “Nicaragua, nunca más” es el nombre de un Colectivo de Derechos Humanos conformado por defensores nicaragüenses en el exilio y que procuran documentar las violaciones de los derechos humanos ocurridas desde abril de 2018 en ese país.

William I. Robinson es Distinguido Profesor De Sociología, Universidad de California en Santa Barbara, y Abelardo Morales Gamboa, Universidad Nacional de Costa Rica

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