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José Steinsleger

Imaginemos que un peso pesado derriba a un peso pluma que aceptó subir al ring para, simplemente, conseguir algo de comida para su familia. Imaginemos que tras el nocaut, el pluma se recupera y en un abrir y cerrar de ojos hiere al pesado con un cuchillito que llevaba cosido en su pantaleta.

Sorprendido por el desenlace, algún comentarista «imparcial» dirá que el pluma sabía a lo que se exponía. Pero algún otro irá más allá del «hecho en sí», y se quedará pensando en lo que dicen que gritaba el pluma cuando la policía lo llevó detenido: «lo que no me mata me fortalece».

La imagen pretende, en sentido figurado, dar cuenta del martirio en curso de los pueblos de Colombia y Palestina, que, lejos de originarse en hechos puntuales (la reforma tributaria del presidente Iván Duque, el anhelo del primer ministro Benjamin Netanyahu para mejorar su imagen), confirman que el conocimiento de la historia es acumulativo.

Al periodismo corresponde, en principio, registrar el «hecho en sí» sin establecer el nexo interno entre el suceso y otros similares. Pero la simple descripción de un hecho no contiene su explicación. Y es que, frente a ciertos fenómenos, historia y periodismo van juntos, o nada se entiende. Pues la mera constatación de los hechos («esto fue así y así») tiende a subestimar su esencia, sin preguntar acerca de los «porqués» y los «cómo», junto con el contexto.

En el conocimiento de cualquier historia o suceso, la analogía juega un papel esencial. No obstante, explicar un hecho parcial aplicándolo a otro, también conlleva el riesgo de incurrir en irregularidades desde el punto de vista lógico.

V. gr.: en agosto de 2009, el presidente de Venezuela Hugo Chávez advirtió: «Colombia es una base de operaciones estadunidense y punta de lanza del nuevo coloniaje que representa un peligro real y concreto contra la soberanía y la estabilidad de la región sudamericana» (agencias, 3/8/09).

Sin embargo, un historiador mexicano que nadie ha conseguido explicar cómo llegó a integrar el honorable Colegio Nacional, publicó 15 días después que «sólo Uribe podía poner límites al proyecto de expansión bolivariano» («Paralelos colombianos», Reforma, 23/8/09).

Chávez se apoyaba en documentación existente. En cambio, el audaz historiador proyectaba una imagen idílica del presidente Álvaro Uribe, a quien desde 1991 Estados Unidos venía observando su amistad personal con el supernarco Pablo Escobar Gaviria, jefe del cártel de Medellín abatido por la policía en 1993 ( Newsweek, agosto, 2004).

Lo cierto es que ya entonces, Colombia era el tercer receptor de la ayuda militar estadunidense, después del enclave militar que Tel Aviv administra en Palestina, y de Egipto. «Ayuda» que en algunas «especialidades» se transfiere a Bogotá, habiendo merecido por ello el agradecimiento del viceministro de Defensa de Uribe, Sergio Jaramillo, al decir que los mercenarios israelíes eran “…como sicoanalistas para nosotros: nos plantean temas en los cuales no habíamos pensado, nos ayudan a percibir los problemas que no habíamos percibido hasta ahora” ( Ynet News, 10/8/07).

Algo similar acontece en cada ocasión que Tel Aviv distrae la atención pública de sus problemas, desencadenando masacres y bombardeos sobre los palestinos. Ocasiones en que nuestro «ecuánime» historiador suele «explicar» con el acartonado lenguaje de la CIA para dar cuenta de tan desigual combate: «terrorismo», «guerra», «conflicto», «Hamas», «túneles», «Irán», «cohetes»… O bien, expresiones hipócritas como «el derecho a existir» o «a defenderse».

Cuando hay fenómenos semejantes, la analogía con otros del mismo tipo no necesariamente será arbitraria, pues cuenta con la fuerza explicativa de la inferencia histórica. Y en este sentido, los pueblos de Colombia y Palestina, sometidos al martirio causado por gobiernos subrogantes de Washington, guardan muchas analogías.

El padecimiento de los colombianos se remonta a 1830, cuando los ideales de independencia quedaron a merced de las oligarquías antibolivarianas. Y el de los palestinos arranca en 1948, cuando para lavar su complejo de culpa y complicidad con el exterminio de los nazis, la «comunidad internacional» exportó a Medio Oriente la mal llamada «cuestión judía».

Cerremos con algo de optimismo. ¿Quién está destinado a ganar en la lucha del débil contra el fuerte? En días pasados, un par de altos ex oficiales israelíes admitieron en entrevista con Hebrew Channel 13 que la ocupación había fracasado en el enfrentamiento actual con la resistencia palestina.

Kobi Maron, ex comandante del sector oriental en el sur del Líbano, afirmó: «El Ejército no tiene capacidad de derrotar a Hamas, y no puede hacerlo desde el aire». Y Gonen Ben Yitzak, ex oficial del Shin Bet (servicio de seguridad interior), manifestó con amargura: «Nuevamente hemos destruido Gaza y masacrado a su gente, pero no la hemos derrotado. Hagamos lo que hagamos, esta vez no habrá victoria. Hemos sido derrotados».

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