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Tomado de jornada

Luis Hernández Navarro

En su primer apellido encontró su destino. Juan Lira Bracho fue músico y dirigente sindical. En 1986, en la ciudad de Durango, fue arteramente asesinado por pistoleros en el hotel en que vivía.

En aquel entonces, en el estado en que nació Pancho Villa, Antonio Ramírez Martínez, señor de horca y cuchillo, dirigente vitalicio de la CTM, era una especie de vicegobernador de facto. Su carrera fue meteórica. Fue chofer, taxista, líder gremial y fundador de la CTM en Durango. Se convirtió en su líder local a partir de que su amigo Fidel Velázquez fue nombrado secretario general de ésta en 1941.

Nada se movía en el mundo sindical de la entidad sin su autorización. Él designaba diputados, senadores, gobernadores y alcaldes. Sólo la fuerza del Comité de Defensa Popular Francisco Villa (CDP) abollaba su corona. La potente y vigorosa organización de pobres urbanos y precaristas era uno de los pocos desafíos a su cacicazgo.

Su poder dentro de la CTM fue casi absoluto. Hasta que dentro de las filas del Sindicato de Músicos, un grupo de artistas comenzó a desafiarlo. Los nuevos conjuntos musicales, formados en su mayoría por jóvenes, decidieron librarse del rancio liderazgo de Ricardo Castro y nombraron en su lugar a Mario Adame. Antonio Ramírez les respondió como acostumbraba. «Aquí se va a poner el que yo diga, no el que ustedes quieran. Y háganle como quieran. Y al que no le guste, las puertas de salida están muy anchas», les dijo, según recuerda Gabino Martínez. Adame prefirió bajarse de ese barco.

Sin embargo, los músicos jóvenes, más talentosos, con el oído más educado y abiertos a los nuevos ritmos, siguieron adelante en su empeño de deshacerse de los carcamanes. Escogieron como su dirigente a Juan Lira, amigo del profesor César Navarro, un ferrocarrilero con conciencia gremial, nacido en la comunidad de Tuitán, en Nombre de Dios, Durango, cuya verdadera pasión era la música. En la comunidad era notable la influencia del Partido Popular Socialista (PPS) y un movimiento campesino activo.

En Tuitán, en 1965-66, Juan conoció a Lucio Cabañas, «deportado» desde Atoyac por andar defendiendo a los ejidatarios contra las compañías madereras, y a los padres de familia de la escuela Modesto Alarcón contra los abusos de la directora. Lucio, que era maestro en Tuitán en la Miguel Hidalgo, se hospedaba en casa de un familiar de Lira Bracho. No les costó trabajo hacerse amigos.

Ya al frente del sindicato de músicos, comenzó para Juan un verdadero viacrucis. El Sol de Durango publicó a ocho columnas que el movimiento depurador era parte de una conjura comunista contra la CTM. Antonio Ramírez declaró que Lira Bracho se había apoderado del gremio musical para afiliarlo al Partido Socialista Unificado de México (PSUM).

Juan trató de no romper el hilo. Declaró que era priísta, se entrevistó con Fidel Velázlquez y Juan José Osorio, e intentó participar en reuniones de la central duranguense. Logró que la CTM nacional enviara un delegado para darle posesión en Durango, pero los golpeadores del capo lo impidieron. Todo fue inútil. Lo cercaron y orillaron a salirse.

Sin fortuna, Lira Bracho se acercó infructuosamente a la CROC. No tuvo otra salida más que formar un sindicato independiente y aliarse al CDP. El gran charro ordenó a dueños de cantinas, bares, salones de baile y clubes sociales no contratar los servicios de los representados por Juan. El CDP respondió movilizando solidariamente miles de colonos y trabajadores y contratando a los músicos disidentes en sus fiestas y eventos culturales.

En 1986 se efectuaron elecciones para gobernador en Durango. El PRI designó como su candidato a José Ramírez Gamero, hijo del vicegobernador de facto. Juan Lira fue elegido por el CDP, aliado entonces al PRT, candidato a un puesto de elección popular. No pudo participar. Fue salvajemente asesinado por pistoleros. Su delito fue abandonar la CTM y al partido oficial.

Indignados, miles de duraguenses tomaron las calles de la capital del estado para exigir esclarecer del crimen y castigar a los culpables. Al terminar, Juan fue enterrado en su pueblo, en una ceremonia en que la gente, cargando el féretro a hombros, vestida de negro, con un calor de los mil diablos, caminando sobre un piso de tierra seca tan blanca como el talco, levantaba una enorme polvareda que impregnaba la ropa y convertía las lágrimas de tristeza en una involuntaria mascarilla de lodo facial.

Arte mezclado con la vida, acompañaban el féretro decenas de sus amigos músicos, muchos de ellos mariachis, que entonaban como despedida una pieza no de José Alfredo Jiménez, sino de George Harrison: My Sweet Lord en estilo ranchero. En realidad, más que un sepelio tradicional, el de Juan fue un funeral estilo Nueva Orleans, con todo y segunda línea, adaptado a tierras duranguenses.

Juan Lira es hoy en Durango el nombre de una colonia. Es, también, una presencia vital para algunos de sus compañeros. Pero es mucho más que eso. Su vida y su muerte son un pedazo de la historia de los de abajo digna de ser recordada e incorporada al panteón de una izquierda que olvida con demasiada facilidad a los suyos. Este Día de los Fieles Difuntos, su memoria merece un lugar en el altar de muertos de la ­resistencia.

Twitter: @lhan55

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