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Tomado de jornada

Raúl Romero*

En julio 2011, Israel Moreno Pérez tenía 20 años y estudiaba geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Influido por la literatura que le atraía en ese momento, Israel decidió realizar un viaje a Oaxaca. Fue así como el 4 de julio salió de su casa con una mochila y un par de libros. Al día siguiente se reportó con su familia, había llegado a Monte Albán. Luego, el 6 y 7 del mismo mes, estuvo en Puerto Escondido y posteriormente se trasladó a Chacahua, desde donde se comunicó por última vez. Al no recibir más noticias, sus padres comenzaron la tortuosa labor de buscar a un hijo desaparecido.

Carlos, padre de Israel, se trasladó a Oaxaca. Peregrinó por oficinas, solicitó audiencias, utilizó todos los recursos a su alcance. Fue hasta que recurrió a la prensa que las autoridades locales comenzaron a atender su caso. El 22 de diciembre de 2011, el ex procurador de Oaxaca informó a Carlos que todo indicaba que a Israel lo habían asaltado y asesinado. Pero la familia de Israel no creyó la versión, sobre todo porque nunca tuvo acceso al cuerpo de quien supuestamente era su hijo.

Con recursos propios, la familia deIsrael continuó su búsqueda, al tiempo que aportó pruebas para desmentir la versión oficial. Con el acompañamiento de organizaciones independientes de derechos humanos, llevaron el caso al Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, organismo que en 2019 concluyó que el Estado mexicano violó los derechos humanos del estudiante, lo anterior al no realizar una búsqueda inmediata, y también por efectuar una investigación con testimonios contradictorios y fabricación de pruebas. Hoy, nueve años después de la desaparición de Isra, su familia y las organizaciones que acompañan exigen a la Fiscalía General de la República que atraiga el caso.

La desaparición de personas en nuestro país es una responsabilidad de Estado, ya sea porque sus representantes la ejecutan directamente, por no garantizar las condiciones para que ésta no secometa, o por permitir que actores no estatales perpetren el delito. Los académicos Camilo Ovalle y Carlos Dorantes advierten que «las desapariciones actuales son resultado de un proceso histórico: la transición de una práctica de la violencia estatal que poco a poco se ha consolidado como tecnología de violencia o dispositivo al servicio de ac-tores diversos en sus disputas por el control social y nuevas formas de acumulación de capital, a través de lo que ya se conoce como economías ilegales fuertemente vinculadas a los mercados financieros y productivos, como el narcotráfico» (https://bit.ly/2CDet21).

La desaparición de personas es uno delos grandes problemas nacionales. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas recién dio a conocer que existen 72 mil 916 personas desaparecidas, es decir, que su ausencia se relaciona con la probable comisión de algún delito. Si bien los datos contemplan los registros desde 1964, es notorio que este problema aumentó significativamente entre 2006 y 2007.

Al respecto, hay que señalar que la demanda de información es una exigencia de colectivos de víctimas, de derechos humanos y de periodistas, quienes desde hace décadas orientan sus pasos a la búsqueda de memoria, verdad y justicia. Son también este tipo de organizaciones las que emiten las primeras observaciones a la información: no se liberó la base de datos ni se publicó la metodología con que se realizó el informe.

La lucha contra la desaparición de personas ha sido una causa principalmente de las familias afectadas. En algunas ocasiones cuentan con el apoyo de organizaciones de derechos humanos o de organizaciones políticas, especialmente si las personas desaparecidas pertenecían a una de estas últimas. Recientemente, son las redes de los movimientos de mujeres las que acompañan a otras mujeres que buscan a sus desaparecidas.

Los impactos sicosociales de este problema son graves, sobre todo también para las familias. La ausencia de sus seres queridos rompe de tajo con la «normalidad», el desgaste emocional de la búsqueda se hace mayor al encontrar oídos sordos, burocracia, corrupción, impunidad. A lo anterior se suma el desgaste económico, pues la búsqueda implica tiempo completo. Sin embargo, el amor y deseo de encontrar a sus seres queridos, de dar con la verdad, les empuja a seguir.

La desaparición de personas sigue siendo un fenómeno cotidiano, como también lo son muchas de las condiciones que la hacen posible. Es buen comienzo tener datos que ayuden a dimensionar el problema, pero sería un error invisibilizar las historias de cada persona desaparecida: cada una de ellas representa una familia rota y en su conjunto, un México desgarrado. Más importante aún es avanzar en los procesos de búsqueda de todas y cada una de estas personas, sin escatimar recursos, sin capitalizar política y mediáticamente. Las personas desaparecidas nos hacen falta a todos y todas.

*Sociólogo

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