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Tomado de jornada

José Cueli

Con millones de mexicanos en condiciones de pobreza y de extrema pobreza la crisis económica, la pandemia y los atentados del narco contra el jefe de la policía de la Ciudad de México, y la visita del presidente López Obrador al presidente Donald Trump, nos colocan en situación de desprotección generador de nuevos abandonos.

La marginación es un fenómeno por demás complejo. Los mexicanos cargamos en las espaldas el peso del abandono de uno o ambos padres en los primeros años de vida. Determinante de una manera de ser no exclusiva de mexicanos, sino de todos los marginados del mundo.

Los mexicanos estamos en la búsqueda desesperada de lo perdido y un desconocido mundo que imaginamos cargado de angustias, dolores y desengaños. En el marginado se produce en el niño abandonado una desproporción: los excesivos estímulos del exterior desbordan la capacidad de pensamiento afectada por carencias múltiples que colisionan un mundo interno caótico.

Resultado de esa desproporción e inadecuación, la percepción se altera y tiene consecuencias en la negación de la realidad, la idealización, la escisión y la capacidad de juicio crítico. O sea, una depresión y sensación de desvalimiento.

A los marginales mexicanos, los que viven al margen, en las fronteras, la vida los ha traído y llevado como olas que rompen y viven a merced del azar caprichoso. Indiferenciables de los abandonados de otras partes del mundo en las crisis, ¿la falta de organización por las carencias impide la relación entre los marginales del mundo?

La violencia, corrupción y falta de interés, se traducen en el trastocamiento de los más elementales derechos humanos.

A los marginales se les somete desde siempre, despoja y deshumaniza, liquidando sus tradiciones, organización familiar, lengua, cultura y embruteciéndolos de cansancio abandonándolos y negando la posibilidad de integración al sistema social.

Orfandad disgregante impide el desarrollo adecuado de los países tercermundistas en general. Idioma sin letras y reglas no escritas. Idiomas que son el pulso de los desarraigados de latir misterios entre quedo y destructivo, mágico y religioso, desgarrado. Idioma de las pérdidas, producto de la escisión. Por un lado en la estructura síquica: el ajetreo enloquecedor de la miseria; el hambre, las enfermedades económicas, la desnutrición y desintegración familiar; por el otro, el pensamiento mágico, la religión, los enamoramientos y otros sucedáneos intentos de esperanzas ilusorias que posibilitan débilmente llevar con resignación la apabullante y confusa realidad.

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