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Jorge Gómez Barata

Benjamín Netanyahu, el primer gobernante israelí nacido en el país, un judío que no conoció el holocausto y uno de los políticos más conservadoras de su país, fue a la Casa Blanca por lana y salió trasquilado. Obama no se dejó impresionar por el lobby judío y al menos en público no le concedió una foto, un apretón de manos ni le permitió acceder al despacho oval. Nunca antes un Primer Ministro israelí había sido humillado de ese modo.

No debe sin embargo exagerarse el gesto, que puede ser una forma de marcar distancia de los excesos de Israel. Obama puede también haber utilizado la coyuntura para exponer su rechazo al desaire de que fueron objeto la Secretaria de Estado y el vicepresidente Biden cuyas apelaciones en torno a los nuevos asentamientos en Jerusalén fueron ignoradas. No obstante, Israel es hoy el más importante aliado militar de los Estados Unidos, incluso más que Gran Bretaña y la OTAN.

Tal importancia no obedece al poderío militar, sino a un fenómeno cualitativo. Israel es el único aliado confiable en el más complicado de todos los escenarios geopolíticos del momento. El Medio Oriente que es la única zona del planeta que no es económica ni políticamente dependiente de los norteamericanos, un lugar donde su hegemonía es retada y donde los aliados no son filosóficamente afines ni económicamente dependientes. En el Oriente Cercano hay asuntos como el de Irán que Estados Unidos no puede manejar solo, sino que necesita, entre otros de Rusia y China que venden caro su capacidad de veto en el Consejo de Seguridad y naturalmente de Israel.

De todas maneras, de cara a la declarada intención de Obama de introducir cambios en la política estadounidense respecto al mundo árabe y a la cultura musulmana, expuesta en el discurso en la universidad islámica al- Azhar de El Cairo, es necesario estar atentos a los cambios de énfasis y los matices.

Al examinar esta problemática, es pertinente esclarecer que, en unos casos porque se confunde la alianza del poder político con el stablishment económico con dependencia, a lo cual se suman estereotipos que asocian a Israel con épocas bíblicas, muchas personas creen que los judíos en Estados Unidos tuvieron siempre la influencia que hoy exhiben y que tal status es inmutable.

Lo cierto es que durante siglos, excepto como destino turístico, a Estados Unidos no le interesó el Medio Oriente, tanto que ante la derrota del imperio otomano en la Primera Guerra Mundial; el presidente Wilson que era el ganador, permitió que Francia e Inglaterra se la repartieran.

Por otra parte, en 1939 cuando Estados Unidos estaba sumido en la Gran Depresión, Hitler y Roosevelt tomaron el poder. En Alemania comenzó la persecución de los judíos; mientras Estados Unidos trataba de sobrevivir a la crisis, circunstancia con la cual justificó la negativa de aceptar las masas de judíos que huían de Hitler. No hubo para ellos una “Ley de Ajuste hebreo”.

No obstante, la abundancia de petróleo, la ocupación nazi de Europa y el control de las rutas atlánticas por la armada alemana, las victorias del “Afrika Korps” sobre Gran Bretaña en África del Norte y la necesidad de utilizar a Irán como punto de entrada de los suministros bélicos de Estados Unidos a la Unión Soviética, modificaron la perspectiva norteamericana hacía el Medio Oriente, cosa que no influyó en la posición ante el intenso drama judío.

No fue hasta 1944, cinco años después de iniciada la guerra y a unos meses de concluir cuando Roosevelt, mediante la Orden Ejecutiva 9417, creó la Junta para refugiados de Guerra, en virtud de la cual, fueron salvados unos 200 000 judíos y se estableció el campo de refugiados de Fort Ontario en Nueva York, donde se alojaron unos mil judíos que, admitidos en condición de “parole” fueron considerados “huéspedes”, sin derecho a residencia ni permiso de trabajo. Terminada la guerra aquellos refugiados fueron conminados a regresar. En medio de una fuerte polémica, el presidente Truman autorizó su entrada en condición de emigrantes.

Se afirma que la muerte de Roosevelt y la enorme influencia que ejercía Churchill sobre Truman, abrieron el camino al apoyo estadounidense para los arreglos políticos que condujeron a la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel, cosa que en interesaba más a la Unión Soviética, entonces con fronteras e intereses geopolíticos en la región, que a los Estados Unidos.

La negativa soviética a abandonar Irán, primer contencioso de la Guerra Fría, la nacionalización del Canal de Suez, la invasión franco británica y la guerra entre árabes e israelíes, además del papel del petróleo árabe y la labor de lobby de políticos tan calificados como Weizmann, Ben Gurión y Golda Meir, contribuyeron a cambiar la percepción norteamericana que tomaron bajo su protección a Israel.

La evolución política de la región, la presencia de gobernantes nacionalistas permeables a la influencia soviética en Egipto, Siria, Irak y Argelia, elevaron el significado geopolítico de Israel, que cobró a Washington sus extraordinarios servicios llegando a ser  la pieza imprescindible que hoy es y que se acrecienta con los conflictos en la región, entre los cuales los de Irak e Irán son estratégicos.

No obstante, puede haber límites y es posible que en la reconfiguración del mapa político del futuro a Estados Unidos no le interese un Israel tan poderoso que pueda tornarse respondón. Tal vez Obama que no es necesariamente el ideólogo del cambio sino un ejecutor creativo, sabe lo que se trae entre manos, cosa que Netanyahu no ignora y que explica la resignación con que parece haber acatado el desaire en Washington.

Los que creen que el lobby judío en Washington todo lo puede, ignoran que se trata de un imperio que se rige por intereses, no por compromisos ni por sentimientos compasivos.

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