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Tomado de jornada

R. Aída Hernández Castillo
El 10 de marzo pasado tuve el honor de ser invitada a participar en un homenaje a don Luis Villoro, organizado por El Colegio Nacional, con la coordinación del ministro José Ramón Cossío Díaz. La mesa redonda intitulada Indigenismo se proponía recapitular sobre los aportes de don Luis Villoro al conocimiento de la realidad indígena de México. Esta invitación me dio el pretexto para hacer una revisión histórica de su obra y de sus reflexiones en torno al indigenismo, al Estado plural y la autonomía indígena, y sentirme una vez más inspirada por su trabajo y contagiada por su indignación ante las exclusiones y el racismo de la sociedad mexicana.

Su obra Los grandes momentos del indigenismo en México ha influido en que muchos ubiquen a don Luis Villoro como indigenista, error que repitieron algunos de los ponentes en este homenaje. Luis Villoro fue un crítico acérrimo del indigenismo, como imaginario criollo y mestizo en torno al indio y como política integracionista hacia los pueblos indígenas. Este libro, publicado en 1950, fue una de sus primeras publicaciones y respondía a una búsqueda identitaria que se daba dentro del grupo filosófico Hiperión, al que entonces pertenecía, de hacer una filosofía del mexicano. Treinta años más tarde, en el prólogo de una edición publicada en 1979 por el entonces Cisinah, él hace una autocrítica señalando que en dicho libro “el indigenismo aparece como un proceso histórico en la conciencia del que define al indígena, sin revelar plenamente otro proceso del que es manifestación, que se da en la realidad social, en el cual el indígena es dominado y explotado por el no indígena, sin destacar el hecho de que la ‘instancia revelante’ de lo indígena está constituida por clases y grupos sociales concretos que intentan utilizarlo en su beneficio” (página 10).

Esta autocrítica marca su ruptura con el indigenismo como instancia revelante y a partir de aquí empieza a escribir de los indígenas como sujetos plenos con derecho a la autorrepresentación y a la autonomía. Su crítica interpela la labor de los antropólogos y de todos aquellos que se reivindican como indigenistas: Hablamos del indio, lo medimos y juzgamos, pero no nos sentimos ni medidos ni juzgados por él.

Fue este Luis Villoro, el posindigenista y defensor de la autonomía indígena, quien alzó la voz en defensa del movimiento zapatista a sólo cinco meses de su aparición pública, el 1º de enero de 1994, en su artículo Los pueblos indios y el derecho a la autonomía, confrontando a las voces liberales de la academia, como la de Roger Bartra, quien prevenía sobre las semillas de la antidemocracia que sembraría el reconocimiento de la autonomía indígena. En este trabajo Luis Villoro hace una crítica al Estado-nación homogéneo y a la ciudadanía monocultural, cuestionando el indigenismo y todas las políticas desarrollistas y aculturadoras que pretenden salvar al indígena, disfrazando las nuevas formas de dominación. Al respecto nos dice: “La marginación de los pueblos indígenas es obra de los no-indios, pero también lo es el indigenismo que pretende ayudar a su liberación. Mientras seamos nosotros quienes decidamos por ellos, seguirán siendo objeto de la historia que otros hacen. La verdadera liberación del indio es reconocerlo como sujeto, en cuyas manos está su propia suerte; capaz de juzgarnos a nosotros según sus propios valores, como nosotros los hemos juzgado siempre […] Ser sujeto pleno es ser autónomo. El ‘problema’ indígena sólo tiene una solución definitiva: el reconocimiento de la autonomía de los pueblos indios” (página 123).

Para Luis Villoro, el reconocimiento de las autonomías era un paso indispensable para la construcción de este Estado plural y para lograr el verdadero acceso a la justicia para la población indígena mexicana, por lo que en los últimos años de su vida defendió los derechos autonómicos de los pueblos indígenas, tanto desde el trabajo académico como desde sus escritos periodísticos, que incluyeron su intercambio epistolar con el subcomandante Marcos durante 2011. Al revisar la obra de Luis Villoro no deja de sorprender su versatilidad para establecer diálogos políticos y académicos con las nuevas generaciones, su honestidad para autocriticarse e ir siempre más allá de sus propias propuestas, pero sobre todo su compromiso político con los sectores excluidos y con la justicia social. Presentarlo como un indigenista es traicionar sus principios políticos y su compromiso inquebrantable con las luchas indígenas del continente.

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