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La Casa Blanca ha autorizado una ampliación del programa de la CIA para atacar desde aviones no tripulados contra objetivos sospechosos en territorio pakistaní a lo largo de la frontera con Afganistán.

Desde que el Presidente Barack Obama tomó posesión, se han producido más de 40 ataques de estas características, lo que supone un incremento respecto a los 30 ataques aéreos realizados en 2008 durante la administración Bush.

De acuerdo con reseñas de prensa y testigos presenciales, cientos de civiles habían sido asesinados en estos ataques. El pasado mes de mayo, el director de la CIA, Leon Panetta, rehusó dar detalles de los ataques desde aviones no tripulados, pero dijo que eran “muy efectivos” y que en ellos morían muy pocos civiles.

Los vehículos aéreos no tripulados (UAV, por sus siglas en inglés), drones de vigilancia y asesinato sin piloto armados con misiles Hellfire [fuego del infierno], patrullan campos de batalla globales en expansión, cazando a seres humanos. Y en el Pentágono y en los laboratorios de los contratistas de la defensa, los partidarios de los UAV ya hablan de, y trabajan en, máquinas de la próxima generación. Después de 2020, según esos soñadores, los drones podrán volar y combatir, detectar a los enemigos e incinerarlos sin necesidad de decisiones humanas.

Los actuales drones de EE.UU., esos Predator MQ-1 y los más avanzados MQ-9 Reaper, vuelan por los cielos iraquíes, afganos y paquistaníes buscando potenciales “objetivos”. En las zonas fronterizas tribales de Pakistán, emplean lo que el comandante de Centcom, general David Petraeus, llama el “derecho del último recurso” para eliminar “amenazas” (así como a gente de las tribus que tengan la mala suerte de estar cerca).

El más común de los dos drones armados estadounidenses, el Predator, cuesta sólo 4,5 millones de dólares por unidad, mientras el modelo más avanzado, ese Reaper – ambos producidos por General Atomics Aeronautical Systems de San Diego – vale 15 millones.

Surgieron como instrumentos de vigilancia durante las guerras sobre la antigua Yugoslavia, fueron armados en febrero de 2001, apresuradamente impuestos a las operaciones en Afganistán después del 11-S, y como muchos sistemas de armas, comenzaron a desarrollarse por generaciones. A medida que lo hacían, pasaron de ser ojos de vigilancia en el cielo a algo mucho más siniestro y previamente restringido a tierra firme: asesinos.

Uno de los primeros actos armados de un Predator pilotado por la CIA, en noviembre de 2002, fue una misión de asesinato sobre Yemen, en la cual fue incinerado un jeep, que supuestamente transportaba a seis presuntos agentes de al-Qaeda. Actualmente, el UAV más avanzado, el Reaper, lleva hasta cuatro misiles Hellfire y dos bombas de 500 libras [250 Kg], la especie de poderío otrora reservado para un caza bombardero. Enviado a los cielos sobre los límites más lejanos del imperio estadounidense, impulsado por un motor a turbohélice de 1.000 caballos de fuerza en la parte trasera, el Reaper puede volar a casi 6.400 metros durante hasta 22 horas (hasta que se acaba el carburante), transmitiendo secuencias en vivo de tres cámaras (o enviándolas a los soldados en el terreno) – 16.000 horas de vídeo por mes.

Aproximadamente unos 5.500 UAV, en su mayoría sin armas – menos de 250 de ellos son Predators y Reapers – operan ahora sobre Iraq y en el teatro de operaciones Af-Pak (por Afganistán-Pakistán). Parte del desarrollo de la guerra en el aire de más de un siglo de duración, los drones se han convertido en favoritos de los planificadores militares estadounidenses. El secretario de defensa, Robert Gates, en particular, ha solicitado aumentos de su producción (y en el entrenamiento de sus “pilotos”) y ha instado a que sean enviados urgentemente a las zonas de batalla de EE.UU., incluso antes de que sean plenamente perfeccionados.

En Pakistán, una guerra de máquinas asesinas está visiblemente provocando terror (y terrorismo), así como cólera y odio entre gentes que de ninguna manera son fundamentalistas.

(Con información de Agencias y Antimilitaristas.org)

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