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Tomado de jornada

Víctor M. Quintana S.

Más allá de los cárteles, de las crisis de migrantes, de los feminicidios, la frontera norte es también espacio de indignación, de iniciativas solidarias, de mujeres y hombres que se movilizan para tornarla tierra de justicia y de libertades. Es el caso del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte, de Ciudad Juárez, que celebra su aniversario 20.

En septiembre de 2001, un grupo de religiosas, sacerdotes y laicos, provenientes de las comunidades eclesiales de base, habían formado una red de análisis sobre la cada vez más aguda problemática de esta frontera: rezagos sociales, violencias, narcotráfico, descomposición social. Cuando un joven fue detenido y torturado en el aeropuerto de Ciudad Juárez por haberle pedido a un artista le firmara un autógrafo en la bandera nacional, el grupo acompañó a su madre en la denuncia y luego decidió fundar el centro para atender la creciente ola de violaciones a los derechos humanos por el Ejército y los diferentes cuerpos policiacos.

«El centro nació de la indignación y de la compasión solidaria», dice una de sus fundadoras. Es uno de los desemboques de ese gran movimiento social que inspiró en América Latina la mística y la práctica de la teología de la liberación: centros de derechos humanos, organizaciones sociales, movimientos populares. Con esa mística, atendiendo casos de violaciones de derechos humanos, sobre todo de tortura, el Centro Paso del Norte transitó sus primeros años.

En 2008 se impuso el Operativo Conjunto Chihuahua, por el que Felipe Calderón hizo presente su malhadada guerra contra el narcotráfico en el estado norteño. Juárez fue tomado por el Ejército y por la Policía Federal. Los homicidios dolosos, las desapariciones forzadas, las masacres y la tortura se elevaron como nunca. El remedio resultó peor que la enfermedad. En ese contexto el Centro Paso del Norte fue una de las voces que siempre denunciaron y un refugio para las víctimas de los abusos policiaco-militares.

La pagó caro: en la primavera de 2011 el centro defendió a cinco jóvenes acusados en falso de haber detonado un coche bomba que causó la muerte de dos personas. Fueron detenidos y torturados. La defensa hizo que les retiraran los cargos, pero luego los acusaron de posesión de armas de fuego y tráfico de drogas y los enviaron a prisiones de Nayarit y de Veracruz, donde fueron torturados de nuevo. Finalmente se logró que los pusieran en libertad. Molesta la Policía Federal, allanó las instalaciones del Centro Paso del Norte en junio de ese año. Destruyeron puertas, ventanas, mobiliario, pero no se llevaron nada. Fue a todas luces un acto intimidatorio, justo una semana antes de que llegara a esta frontera la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad encabezada por Javier Sicilia, en cuya recepción el Centro Paso del Norte tuvo un papel muy relevante.

Estos 20 años el Centro Paso del Norte ha traducido la indignación de los juarenses de muy diversas formas: dio acompañamiento a 195 familias de la colonia Lomas del Poleo, que luego de vivir 20 años en su colonia, fueron amenazadas, despojas y desalojadas por dos familias poderosas de Juárez. Denunció la desaparición forzada de tres jóvenes de la familia Alvarado en el ejido Benito Juárez para que luego, un centro hermano, el Cedehm, llevara el caso hasta la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos y logara una sentencia contra el Estado mexicano por parte de la Corte Interamericana. Brindó atención sicológica a las familias de los jóvenes víctimas de la masacre en Lomas de Salvárcar, en enero de 2010.

El Centro Paso del Norte, dirigido todos estos años por el padre Óscar Enríquez, con la participación muy activa de las sociólogas Silvia Grijalva y Silvia Méndez, no sólo ha acompañado víctimas; ha contribuido también a la formación de sujetos. Impulsó la formación de un colectivo de familias de personas torturadas y desaparecidas que se reúnen periódicamente a reflexionar sus experiencias, intercambiarlas, a compartir sus aprendizajes y a ayudar a personas y familias en situaciones similares. Se van así ampliando la conciencia y el activismo en pro de los derechos humanos, como sucede en otros puntos de la República a partir de situaciones-límite como la de masacres, violaciones y desapariciones forzadas y la acción comprometida de centros como los aglutinados en la Red Todos los Derechos para Todas y Todos. Así, junto a las oscuridades que amenazan cubrir este país, van surgiendo luces de esperanza.

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