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Tomado de jornada

John Saxe-Fernández

(Luis Arizmendi, in memoriam )

Analizar los eventos ocurridos en EU a la luz de la «conversación» del largo, conflictivo y a veces intenso y sangriento proceso de concentración y centralización del capital monopolista ofrece vistas de gran interés, del tipo que percibí en el libro de Adrián Sotelo, Estados Unidos en un mundo en crisis, Ceiich/UNAM; Anthropos, 2019 y el de Gore Vidal, Soñando la guerra: Sangre por petróleo y la junta Cheney-Bush, Océano, México, 2003. En las expresiones iniciales y después de la Guerra Civil (1861-1865) del capitalismo monopólico también hoy las transiciones y cambios ocurren en un orden de conflicto interno y de impacto sistémico de grandes intereses vinculados a poderosos entes en el sector de la energía que no se habían materializado con la fuerza de estos históricos días.

La Guerra Civil fue el mayor conflicto bélico del Siglo XIX. Hoy no son “conversaciones violentas entre monopólios-en-formación en un contexto de guerra civil. Hoy la conversación muchísimo más violenta la realizan los monopolios, pero fuera del «suelo patrio». En un total de siete países en pedazos, sin incluir sangrientos golpes de Estado en Honduras y genocidas sanciones económicas de alta ferocidad e ilegalidad contra Cuba y Venezuela, y Honduras violentada, manteniendo lo violento fuera de casa, hasta ahora.

Vía Trump, las fuerzas sociales de protesta, fuerza laboral desempleada y subempleada, población azotada por un sistema en creciente oligarquización y acendrada superexplotación de la fuerza de trabajo, fue aprovechada por el nacional-trumpismo, que cautivó a esas masas de excluidos mientras la política económica siguió superexplotándolos y lanzándolos al precariato.

Con Trump y sus apoyos, la feroz insurrección se puede vincular también a los combustibles fósiles, vitales en el ascenso hegemónico de EU, pero también en su abrupto descenso bajo el peso de 4 años-Trump, sin dejar el sitio de primera potencia.

Los inversores en combustibles fósiles se sienten afectados por el triunfo Biden-Harris, pues vislumbran la pérdida de beneficios vinculados a la institucionalización del negacionismo, que conlleva la posposición de toda medida de regulación de los gases de efecto invernadero (GEI). Extrañan al Donald Trump en papel de cabildero in chief de sus intereses. Son, junto con sus similares euro-asiáticos, los mayores acumuladores en la atmósfera de CO₂ y metano, entre otros GEI.

Sobre la naturaleza suicida de la acciones administrativas concretas de aceleración hacia la catástrofe climática téngase presente –como lo advirtieron analistas del Washington Post, entre ellos Juliet Eilperin et al, desde mediados de 2018, al informar el hallazgo en un documento oficial de los impactos de la actividad humana sobre el medio ambiente– que el gobierno de Trump estaba familiarizado con los efectos climáticos catastróficos y las falsedades de la narrativa negacionista.

El gobierno enterró en este vasto documento un estudio que demostraba lo que ellos negaban, como que (textual) «bajo el actual curso el planeta se calentará cerca de cuatro grados Celsius, en relación con los niveles preindustriales hacia el final de este siglo».

Exactamente eso se incluyó en un documento del Banco Mundial conocido desde 2012, en el cual las consecuencias también aparecieron, ya que «con ese aumento de temperatura muchas estructuras de coral se disolverían por el aumento de la acidez en los océanos, partes de Manhattan y Miami quedarían bajo el agua sin defensas costeras costosas y las olas de calor asolarían de manera rutinaria vastas áreas del orbe», etcétera.

Así que el dueño del club Mar-A-Lago estaba enterado del futuro destino que en muchos sentidos estaría heredando a los hijos de sus hijos y sus bisnietos.

En el Washington Post los analistas indican que el gobierno ofreció esta terrible prognosis, que ya el BM había circulado en este caso bajo el supuesto de que el mundo no lograría recortes significativas de las emisiones de GEI, como parte del argumento para combatir el cambio climático. Pero no es ni ha sido así. «Justamente lo contrario: el análisis del gobierno de Trump asume que el destino del planeta ya está sellado» ( ibid). El borrador del documento, gestado por la Administración Nacional de Seguridad en Carreteras se elaboró para justificar la decisión del presidente Trump de congelar los estándares federales sobre la eficiencia en el uso de combustibles en automóviles y camionetas fabricados después de 2020. Mientras la decisión aumentaría la emisiones GEI, la evaluación de impactos consigna que eso «sólo añade una pequeña gota en una cubeta muy grande y caliente».

La intentona golpista del 6 de enero tiene así muchas caras y dimensiones que acompañan a Trump en su racismo en medio de una mortífera pandemia, de una emergencia climática capitalogénica. ¿Será el principio del fin del capitalismo como lo conocemos?

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