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Tomado de jornada

Víctor M. Quintana S.*

Pandemia y elecciones van a ser los grandes temas cuando menos los primeros seis meses del año. Realidades ineludibles. Pero más profundo y con más larga duración subyacen y actúan realidades de sombras, peligros, no sólo para nuestro quehacer sino y sobre todo para la vida. Todos tienen su raíz en el capitalismo realmente existente.

En un sólido texto, Noam Chomsky y el activista indio Vijay Prashad https://www.alainet.org/es/articulo/210439 exponen lo que ellos consideran las tres grandes amenazas para la vida en la Tierra que debemos afrontar en 2021: extinción por la guerra nuclear, por la catástrofe climática y por el colapso social. Es importante no sólo recordarlas sino reflexionar sobre la manera como en nuestro país se actualizan (se hacen acto), se amplían y qué desafíos plantean a nuestras prácticas cotidianas.

De todos es sabida, aunque también olvidada, la ingente capacidad de aniquilación nuclear con que cuentan algunas potencias de nuestro planeta; 90 por ciento de las armas de destrucción masiva está en manos de Estados Unidos y Rusia. Nuestro país ha sido promotor histórico del desarme y de la no proliferación de armas nucleares. Nuestra diplomacia debe reafirmar esas posturas y desde la ciudadanía debemos extender la información, formar la conciencia sobre ese gran peligro, cabildear a nuestras autoridades y a las organizaciones multilaterales para reconstruir o acordar nuevos tratados en la materia. No es mucho más lo que podamos hacer en este aspecto.

La catástrofe climática ya nos alcanzó. En México en 2020 tuvimos el macabro contraste de sequía severa en el noroeste con destructoras inundaciones en el sureste. Sus perjuicios han venido a agravar los producidos por la pandemia, que, por cierto, es en parte generada por la devastación de comunidades enteras. Aunque no somos grandes productores de gases de efecto invernadero, es tiempo que exijamos compromisos concretos a las autoridades para promover energía limpia, para detener la minería a cielo abierto, para volver a examinar y discutir con las comunidades proyectos como el Tren Maya, para poner un alto definitivo a la tala inmisericorde de bosques realizada por el crimen organizado y por negociantes no menos criminales. Esto, además de los cambios ineludibles en nuestra manera de consumir, de transportarnos, de divertirnos.

El colapso social es consecuencia directa de los regímenes neoliberales. Los estados fueron abandonando sus responsabilidades y dejando los derechos fundamentales de las personas y de las comunidades en manos del mercado, lo que ha conducido a precarización de la vida, a que millones de personas engrosen cada día la categoría de «los descartables». Tan sólo el primer año de pandemia, según el Banco Mundial, el número de pobres en el planeta se incrementó en 100 millones.

El colapso social no para ahí. En México ha significado la destrucción de capacidades personales y comunitarias. La eliminación de saberes, de prácticas, de formas de organización y de convivencia que cubren dos funciones cruciales: brindar cuidados y cohesionar el tejido social. El sobretrabajo de las madres, la falta de espacios y programas de cuidado infantil y juvenil han dañado el proceso de construcción de personas humanas, de formación para la vida, de un sentido para la misma. En ese vacío de protección amorosa, de valores, van proliferando las adicciones y las violencias. A falta de abrazos, balazos.

El colapso social es ciertamente no acceso a los derechos básicos de salud, alimentación, educación, vivienda, seguridad social. También es la proliferación de machismos tóxicos, culturas individualistas, hedonistas, competitivas, discriminatorias, materialistas. Es un deterioro de las relaciones sociales, sobrecarga de conflictos que no se resuelven pacíficamente. Sobrecalentamiento social.

Ante la incertidumbre aparejada a esas tres amenazas y a otras más ligadas a ellas, hay una propuesta sentipensada, consensuada, diversa y utópica de acción: la «Declaración por la vida», dada a conocer hace unos días por el EZLN y decenas de organizaciones de todo el planeta. Es un llamado a conocer, a compartir, a comunicar y debatir desde los «abajos», cada quien en su terreno, conservando su diferencia en la libertad, pero convergiendo en un gran esfuerzo: la lucha por la vida.

Pareciera que algunos movimientos sociales en México han entrado en un pasmo ante la llegada de un gobierno progresista. Pero el llamado desde la Selva Lacandona es la oportunidad para salir de ese pasmo y reorientar y reorganizar la resistencia, de «hacer nuestros los dolores de la Tierra», de retomar las causas que nos unen y nos hacen parte de esta gran comunidad de seres vivos. Participemos suscribiendo la Declaración, pero sobre todo, en el tenor de la misma: organizando los intercambios, los diálogos que hablan de nuestra lucha contra el capitalismo y en favor de la vida.

La incertidumbre es para muchos el signo del año que comienza. Sumarse a este gran llamado no la va a suprimir, pero al menos nos dará la certeza que respondimos a lo que el acontecimiento donde se cruzan vida y muerte, civilización y barbarie, luz y sombras, exige de nosotros.

Primera Parte: UNA DECLARACIÓN… POR LA VIDA

* Investigador-docente de la UACJ

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