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Resumen:Los movimientos rebeldes se plantean preguntas comunes más allá de geografías en apariencia distantes. En este artículo se ve cómo el movimiento zapatista y el movimiento kurdo de liberación no sólo se han hecho preguntas similares, sino que han llegado a conclusiones semejantes, aún si los contextos diferentes de las rebeldías y del capitalismo imponen diferencias. En cuanto a los cuestionamientos coincidentes está el del Estado-nación y la emancipación, la cultura y la cuestión étnica, la autonomía. La investigación se basa principalmente en documentos representativos de estos movimientos.

Tomado de kurdistanamericalatina

INTRODUCCIÓN

Las preguntas que nos formulamos acerca de un movimiento revolucionario en un lugar del mundo con mucha frecuencia son pertinentes también para otras. En este texto se ve cómo las interrogantes que se puede formular un movimiento revolucionario latinoamericano, como los zapatistas, son semejantes a las que se plantean revolucionarios en el Medio Oriente, como los kurdos, lo que no descarta que se las puedan preguntar también en otras geografías y temporalidades. Las fibras humanas, en este caso las de los antagonismos, la rebelión y la búsqueda de llevar las utopías emancipadoras a la práctica no se dejan delimitar por áreas geoculturales asépticamente definidas.

En las décadas posteriores a la desaparición de la Unión Soviética y la caída del bloque –así llamado– comunista, hemos sido testigos de la persistencia de movimientos insurgentes que buscan ir más allá del sistema capitalista. Dos de los más notorios han sido el movimiento zapatista, en el que participan miles de indígenas de Chiapas, en las montañas del sureste de México, y el movimiento kurdo de liberación en el norte de Siria, el sureste de Turquía, así como en las montañas del Kurdistán iraquí e iraní. Aunque es probable que, en muchas partes del planeta, exista un sentido de urgencia por resolver los problemas que aquejan a los más pobres y excluidos, es interesante ver que algunas propuestas creativas han tomado forma en estas regiones, en las que las condiciones para vivir a menudo se vuelven desesperadas.

En este texto se intenta estudiar cómo, de manera independiente, un par de grupos subalternos y rebeldes en áreas marginadas de América Latina y en las intersecciones entre el mundo árabe, Turquía e Irán han planteado sus ideas de revolución y emancipación.

Puede sorprender a primera vista que se busque reflexionar acerca de estos dos movimientos, ubicados a tanta distancia y en contextos tan disímiles. Tras admitir lo complicado de semejante tarea, Gambetti (2009) opta por compararlos al menos en terminus de la construcción de espacios, en los que cada uno ha logrado establecer un elevado grado de autonomía. Mehmet Kucukozer (2009, 2010), por su lado, ha identificado elementos en común en cuanto al tipo de sociedades y comunidades en que cada uno se ha desarrollado y cómo les ha afectado, específicamente, el capitalismo en la era de la globalización. Aquí, se busca yuxtaponer los dos movimientos más que compararlos con miras a poner en evidencia sus planteamientos políticos de poner en práctica una utopía emancipadora y que rebasan las diferencias contextuales entre un continente y otro.

Más allá de similitudes y diferencias, lo que sobresale es una preocupación en ambos por encontrar respuestas al problema de la emancipación en una era en la que la solución por la vía del control del Estado sufre no sólo de un gran desprestigio sino de un alto grado de ilegitimidad, sea por el fracaso del experimento comunista –centrado en el poder estatal en la Unión Soviética y el Bloque del Este– o por la ofensiva neoliberal –que se ha batido por adelgazar el Estado dentro del régimen capitalista–. La experiencia de los gobiernos posneoliberales en América Latina, Venezuela y Argentina, por ejemplo, tampoco alientan esa vía.

En el presente texto, se exploran algunos elementos centrales de la forma en que los movimientos zapatista y kurdo de liberación expresan sus aspiraciones, con el objetivo de identificar algunas de las semejanzas más notorias. Es bastante sorprendente la existencia de tantas cercanías entre movimientos geográficamente tan alejados y que no habían sostenido ningún contacto directo hasta 2015.

A pesar de orígenes ideológicos establecidos sobre la idea de la dictadura del proletariado y la vía de la revolución violenta para su consecución, tanto el movimiento kurdo, como el ligado al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), han evolucionado hacia una visión del futuro en la que la captura del poder del Estado ha dejado de ser un objetivo. Todo lo contrario, ambos han otorgado importancia estratégica a la construcción de realidades alejadas del capitalismo circundante mediante el establecimiento de regiones autónomas.

Las utopías emancipadoras, en lo que se refiere a los zapatistas, han sido presentadas en varios textos que se utilizaron para esta investigación, incluidos los libros de texto de la escuelita zapatista realizada en Chiapas en 2013 y 2014 y el primer tomo de las memorias del seminario “El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista”, realizado en el Centro Indígena de Capacitación Integral (CIDCI)-Universidad de la Tierra, en San Cristóbal de las Casas del 3 al 9 de mayo de 2015, que recopila las presentaciones de la comandancia zapatista (Comisión Sexta del ezln, 2015).

Las propuestas del movimiento kurdo de liberación en las que se basa la práctica de diversos movimientos y organizaciones en diferentes territorios, han sido presentadas en diversos libros y folletos de Abudllah Öcalan, particularmente sus escritos de prisión (Öcalan, 2007, 2011b) entre otros (Öcalan, 2011a).

En el primer apartado de este ensayo se reflexiona acerca de algunas coincidencias en la historia de Turquía y México, poniendo el acento en lo que se refiere a la relación del Estado-nación con los grupos étnicos minoritarios y marginados; se opta por yuxtaponer estos dos Estados porque fue en su seno en el que se desarrollaron originalmente los movimientos en cuestión, aunque su trascendencia rebasa esas fronteras. En el segundo, se explora el origen y la evolución de ambos para subrayar algunas tendencias en común, sin desdeñar las diferencias. En el tercero, se identifican algunas aristas de contacto en su evolución posterior.

Básicamente, se argumenta que, por distintas circunstancias, los dos movimientos, tras partir de posiciones marxistas-leninistas centradas en el Estado y la violencia de clase, han transitado hacia posturas que buscan realizar cambios sociales profundos mediante la práctica de la autonomía política, social y cultural de los grupos étnicos que los constituyen, pero con aspiración de incluir a los otros grupos, aún si mayoritarios, para trascender no sólo la condición de opresión étnica sino el capitalismo, mientras rechazan la secesión o la destrucción violenta del Estado que buscara construir un Estado nuevo que se asumiera como una nueva violencia legítima organizada.
TURQUÍA Y MÉXICO, ALGUNAS SEMEJANZAS

Es posible que siempre que se comparan dos países se encuentren coincidencias, particularmente si, por una causa u otra, ambos han enfrentado condiciones más o menos similares en el mundo. Como sea, Turquía y México han tenido algunas coincidencias históricas durante el siglo XX y lo que va del XXI. Por supuesto, la comparación encuentra límites, y esto por muchos motivos, entre los que destaca el ambiente regional. Así, aunque México se puede comparar con Turquía, Egipto, Irán o muchos otros países de dimensiones, población y economía semejantes, el entorno tiene muy fuertes implicaciones.

Si ponemos en la balanza únicamente a México y a Turquía, veremos que se trata de países que se encuentran en la frontera entre zonas de desarrollo económico capitalista temprano (Europa para Turquía; Estados Unidos para México) y otras a las que, al igual que a ellos, la modernidad y el capitalismo les calló de golpe. Ambos cuentan con decenas de millones de habitantes, sus litorales son muy extensos, vivieron revoluciones a inicios del siglo xx, heredaron una gran diversidad social, étnica e incluso religiosa.

Sus élites forjaron sendos nacionalismos fuertes y abarcadores en los que la laicidad tuvo un papel preponderante en la creación de Estados viables y ambos enfrentaron rebeliones importantes durante la década de 1920 basadas en fuertes sentimientos religiosos. Podríamos buscar coincidencias un poco más lejos y observar que sus capas dominantes intentaron afianzar la identidad nacional con base en un modelo europeizante en el que se presionaba a la población a adoptar cambios, que iban desde la prohibición de la vestimenta tradicional hasta el intento de imponer una lengua nacional mayor o menormente ajena a sus poblaciones. Con todo, se trata de fenómenos distintos en los que, además, las condiciones eran y siguen siendo diferentes. Tras la Primera Guerra Mundial, Turquía nació del desmembramiento y la desaparición de un imperio que había sido europeo, asiático y africano, el otomano, con la invasión de ejércitos europeos; el México del siglo XX, de una prolongada guerra civil, la Revolución Mexicana de 1910 a 1920, en que la intervención extranjera directa no fue sino un episodio breve que se interrumpió precisamente gracias a la Primera Guerra Mundial. Ese momento, hace alrededor de cien años, daría a luz al Medio Oriente, repleto de fronteras internas, en que los conflictos, nacionales e internacionales, de tinte antiimperialista, religioso o laico, terminarían por convertirse en lugar común. América Latina, con sus fronteras coloniales, en cambio, no sólo se había gestado durante el siglo precedente, sino que ahora se transformaba en el coto exclusivo de la entonces emergente potencia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Esto tuvo toda una serie de implicaciones, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que los gobernantes turcos se sentían amenazados por la Unión Soviética, participaron en el esfuerzo estadounidense de la Guerra de Corea y se integraron a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan), los líderes mexicanos nunca sintieron aquella amenaza en términos reales. Cuando en 1960, 1970 y 1980 los militares turcos tomaron directamente en sus manos las riendas del gobierno, el ejército mexicano se mantuvo al margen de la política, aceptando la posición subordinada que se les había asignado desde la formación en 1929 de lo que después se convertiría en el Partido Revolucionario Institucional, que se mantuvo ininterrumpidamente en el poder hasta el año 2000, cuando en México se inauguraron las elecciones competitivas, mientras que en Turquía las hubo desde 1950.

Los caminos de ambos países vuelven a cruzarse en la década de 1990 tras la introducción sistemática del neoliberalismo con la firma turca del acuerdo aduanero de la Unión Europea y la integración de México al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). La crisis económica y la exclusión de Turquía de la asociación europea la llevarían a buscar nuevos horizontes económicos y comerciales generando altas tasas de crecimiento. La burguesía de México, en cambio, concentraría el grueso de sus negocios internacionales con Estados Unidos y, aunque menos, con Canadá, sin que obstara su ingreso a la Organización Mundial de Comercio, la firma de decenas de tratados de libre comercio y su adhesión a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Sus tasas de crecimiento no vieron un dinamismo comparable.

No obstante, ocurriría otra coincidencia curiosa. En los años 2000, en ambos países llegarían a la cima gubernamental nuevos partidos, neoliberales, pero conservadores y de base religiosa. Tanto el turco Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) como el mexicano Partido de Acción Nacional (PAN) se presentaban como agentes del “cambio democrático”, aunque ninguno sería capaz de hacer culminar la transición a la democracia, así fuera formal. En ambos casos el proceso se truncó.

La actitud ante ciertos grupos étnicos a lo largo del siglo XX fue también parecida. En la Turquía moderna, se adoptó la política de negar la existencia de los kurdos, se prohibió el uso de su lengua y se intentó asimilarlos como parte de la nación turca laica. El trauma del desmembramiento del Imperio otomano había generado entre las élites nacionales de la república una reacción alérgica a todo lo que pudiera significar diferencias y posibles desgarramientos futuros. Los kurdos fueron relegados a partir de la rebelión del Sheyj Said en 1925.

En México, los pueblos indígenas, entre los que se hablaban decenas de lenguas diferentes, participaron en el movimiento revolucionario de 1910. No obstante, el nuevo régimen aplicó hacia ellos una política asimilacionista, de destrucción paulatina de sus lenguas y culturas mediante la alfabetización en español, buscando integrarlos a la moderna nación laica. También durante la década de 1920, habría una rebelión de base religiosa, la llamada Cristiada, que fue aplastada por las armas. No obstante, en México, al igual que en muchos países latinoamericanos, se desarrollaría la teología de la liberación durante la segunda mitad del siglo, que convergió con movimientos emancipatorios de izquierda radical, particularmente en regiones como Chiapas. En Turquía, como en el resto del Medio Oriente, la gran mayoría de los movimientos políticos conocidos como islamistas habían sido conservadores, generalmente opuestos a la izquierda socialista y nacionalista.
DE GRUPOS DE JÓVENES A PUEBLOS EN LUCHA

No sólo son muchas las coincidencias históricas, políticas y sociales de los contextos en los que aparecieron el movimiento kurdo de liberación y el movimiento zapatista, sino que también hubo algunas similitudes en la forma en que se originaron. En este apartado se pone el acento en algunas de las más notorias. Se subrayan las coincidencias históricas y sociales, pero también algunas de sus maneras de plantear sus propuestas estratégicas y de futuro.

Tanto el Partido de los Trabajadores de Kurdistán como el antecesor del Ejército Zapatista, las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), surgieron del proceso de radicalización de la juventud a escala internacional sucesor de 1968. En Turquía al igual que en México numerosos jóvenes conformaron organizaciones radicales de izquierda durante esa época. Algunas optaron por la vía armada y se acercaron a poblaciones marginadas del campo, a menudo buscando trabajar con grupos étnicos oprimidos. Un puñado de jóvenes kurdos de Turquía, que habían militado en organizaciones revolucionarias anteriores, formó el PKK en 1978 y de inmediato empezó a organizar lo que terminaría por convertirse en una rebelión armada. En México, jóvenes mestizos de las ciudades crearon en 1969 las fln con una visión de foco guerrillero, pero que empezaron a virar hacia una concepción de ejército revolucionario, con lo que se acercaron a comunidades indígenas, de varias etnias mayenses, en Chiapas desde 1974; en 1983 formarían el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (Cedillo-Cedillo, 2012).

Los fundadores de estas organizaciones tomaban su inspiración de los movimientos de liberación nacional, que con frecuencia eran guerrillas que confrontaban dictaduras en Asia, África y América Latina con base en diversas variantes de lo que entonces se conocía como marxismo-leninismo, tales como la revolución vietnamita. Entre sus formas de organización, destacaban variadas versiones más o menos autoritarias del centralismo democrático y, entre sus objetivos, el derrocamiento del capitalismo para establecer un Estado con un carácter de clase distinto, proletario, en el que se liberaría a una nación oprimida ya fuera directamente por el imperialismo o por clases opresoras ligadas a éste.

Incluso si ambos surgieron de la radicalización de los jóvenes en ambientes urbanos, sus composiciones posteriores se explican sobre todo por su éxito en la práctica revolucionaria entre los sectores más marginados cultural y socialmente.

El este y el suroeste de Turquía, habitados mayoritariamente por poblaciones kurdas, se encuentran entre las regiones más pobres de este país. De forma similar, Chiapas es uno de los estados más desfavorecidos de México. Así, en ambos casos, el problema de fondo, aun comprendiendo cuestiones económicas y de clase, va más allá. El PKK, como su nombre lo dice, se presentaba como de los trabajadores, pero de Kurdistán, con lo que desbordaba las fronteras del Estado turco. Las distintas poblaciones mayas de los Altos de Chiapas, así como otras comunidades indígenas en México, se han visto discriminadas por las élites blancas y mestizas. El Ejército Zapatista es ante todo una organización de poblaciones mayas insurgentes, aunque todas las declaraciones de la selva Lacandona, incluso la primera, la de 1993, han presentado reivindicaciones de una base mucho más amplia.

Es quizá poco sorprendente que a inicios de los años ochenta existiera en ambos casos una concepción vertical de la relación entre la dirección de la organización revolucionaria y las otras estructuras. Después de todo, además de marxistas-leninistas, eran organizaciones clandestinas militarizadas. Más aún, la relación entre partido y sociedad, incluso, por supuesto, en las comunidades étnicas entre las que buscaban implantarse, era la de una vanguardia que indica la “línea” a las masas.

Ambos convergieron con comunidades ancladas en tradiciones comunitarias en áreas remotas y desdeñadas del desarrollo capitalista y de la influencia del Estado, pero continuamente amenazadas por los antagonismos propios del sistema. En ambos casos, la convergencia dio voz a los rechazos y las aspiraciones de comunidades que han sido marginadas e ignoradas en sus países al menos durante el siglo xx y lo que va del xxi. Estos pueblos no son los únicos que sufren de una opresión específica en México ni tampoco en Turquía, pero son en los que se han basado de manera mayoritaria el movimiento zapatista y el kurdo de liberación.

No es de sorprender que los dos movimientos hayan puesto a debate las cuestiones de autoridad en el programa revolucionario. El modelo no podía sino entrar en crisis tras el derrumbe del llamado “socialismo real” entre 1988 y 1991. Con todo, las dinámicas locales e internas de ambos movimientos también tuvieron su influencia. Los zapatistas lo explican abiertamente. Los miembros de las fln, ya establecido el ezln entre 1983 y 1985, terminaron por darse cuenta que cada vez que las comunidades votaban una decisión que venía sólo de la voluntad de la dirección, nada ocurría. En cambio, cuando las decisiones nacían del consenso de las comunidades, se llevaban a la práctica y poco importaba que la supuesta vanguardia revolucionaria las apoyara.

Al inicio de la década de los años noventa, ambos movimientos pasaron de la vía armada a las propuestas de negociaciones e incluso a una concepción diferente de la emancipación. Se transitó, así, de dar prioridad a la voz de las armas a priorizar otras estrategias.

Los efectos de la brutal ofensiva turca, las dificultades de la lucha ante los vaivenes de la política siria, la desaparición del Bloque del Este alrededor de 1990, la obtención de ciertos logros por el movimiento kurdo para actuar políticamente en Turquía durante esa década y el arresto de Öcalan en 1999, condujeron a cambios ideológicos importantes, promovidos por el propio líder kurdo desde la prisión. El objetivo de la lucha, sin perder su carácter insurgente, se transformó, como se verá más adelante.

En Chiapas, el primero de enero de 1994, el Ejército Zapatista declaró la guerra al ejército mexicano. A poco de iniciados los combates, grandes manifestaciones en las urbes demandaban la paz, y los zapatistas accedieron. No depusieron las armas, pero no volvieron a emplearlas en combates ofensivos. Emprendieron entonces un proceso que los llevaría a transformar su repertorio, aunque sin abandonar los objetivos de realización de una utopía emancipadora.

Es sumamente interesante que en los años subsecuentes la evolución de los planteamientos de ambos movimientos tendría algunos puntos de coincidencia en su ruptura con los repertorios ideológicos que habían manejado de manera similar el PKK y las FLN. En el siguiente apartado veremos algunos que parecen sobresalientes.
NUEVAS BÚSQUEDAS COINCIDENTES

Ambas rebeliones, en las décadas de 1990 y 2000, terminaron por rechazar la opción de construir un Estado. Ni hablar de un Estadonación; optaron por la autonomía en lugar de buscar separarse respecto de la nación en la que sus comunidades se habían visto relegadas. Propusieron un programa en que se concebían nuevas formas políticas, sociales y culturales, incluso en aspectos de género, a pesar de las tradiciones religiosas y sociales de su entorno inmediato. Ambos decidieron aprovechar las grietas existentes en el régimen imperante para empezar a organizar a sus comunidades (caracoles zapatistas, municipios gobernados por los partidos prokurdos legales en Turquía o las regiones gobernadas por el kurdo Partido de la Unión Democrática, Pyd, en el norte de Siria).

En ninguno de ambos casos su actuar ha sido fácil. El proceso de negociaciones en Chiapas y la promesa en 2000 de que el Congreso mexicano convertiría los acuerdos en una ley de derechos y autonomía indígena se topó con lo que el ezln y muchos mexicanos consideran una traición del conjunto de la clase política mexicana, lo que los llevó a romper todo tipo de negociaciones y construir alternativas utópicas por medio de mecanismos autónomos cortados de las decisiones tomadas por las instituciones gubernamentales (caracoles, juntas de buen gobierno, municipios libres, entre otras). En las regiones kurdas, el PKK declaró un cese al fuego unilateral en 2000, pero se agravó la actitud del régimen turco en 2003 con la ocupación estadounidenses de Iraq y la formación de la región autónoma de Kurdistán en Iraq. La combinación llevó al PKK a reanudar la lucha armada en 2004. Nueve años después, en el contexto de la guerra en Siria, el gobierno turco entró en un proceso de negociaciones con el movimiento kurdo de su país entre 2012 y 2013 que terminaría por cancelarse en 2015 cuando las autoridades de Ankara constataron que la guerra en Siria no viraba en el sentido que deseaba, se establecía firmemente el PYD del lado sirio de la frontera y las elecciones en Turquía no daban los resultados deseados.

Independientemente de los vaivenes políticos más o menos difíciles, ambas insurgencias han enfrentado regímenes que promueven grupos paramilitares que atacan a militantes, milicianos y bases de apoyo e intentan dividirlos por diferentes medios, bélicos, políticos o de corrupción.

A continuación, se revisan los tres elementos coincidentes del repertorio discursivo de ambos movimientos que se mencionaron más arriba.
LA CULTURA Y LA CUESTIÓN ÉTNICA

Sin duda, un elemento central de la lucha de ambas resistencias tiene que ver con la cuestión nacional, étnica y cultural. Aunque algunos de estos asuntos han sido abordados de manera diferente en la historia de cada uno, hay algunas coincidencias en su evolución reciente.

Para los zapatistas, el elemento étnico y cultural tiene una gran importancia, como se pudo ver en los llamados Acuerdos de San Andrés, firmados con el gobierno mexicano. La igualdad, el derecho a la conservación y el desarrollo de las culturas indígenas al reconocerlas como sujeto de derecho fue parte esencial de lo acordado. A pesar de que, como se mencionó, los zapatistas se asumieron parte de la nación mexicana por lo menos desde la primera declaración de la Selva Lacandona, de finales de 1993, las principales fuerzas políticas de la república, de derecha como de izquierda, votaron en el Congreso una ley que no reflejaba lo acordado por un supuesto miedo a que se fragmentara el territorio nacional. En 2003, llegarían a la conclusión de que el gran enemigo contra el que combate el gobierno mexicano en Chiapas no son los zapatistas, sino los pueblos indios, ya que, en el contexto de la IV Guerra Mundial del neoliberalismo, “no son consumidores ni productores”.

Por su parte, el movimiento kurdo de liberación ha insistido también en los derechos étnicos y culturales de los kurdos. El derecho a la enseñanza de la lengua kurda es una reivindicación que sigue viva, aun si se han logrado pequeños avances en este rubro, a lo que han ayudado las presiones de la Unión Europea. No obstante, por importantes que sean estos elementos, no hay que creer que se trata de un movimiento nacionalista en el sentido excluyente del término. Al menos los integrantes del movimiento que están bien familiarizados con su programa buscan coordinarse con otros sectores de las sociedades en las que viven, como han demostrado en Turquía o Siria.
AUTONOMÍA Y CONFEDERALISMO DEMOCRÁTICO

El asunto de los derechos culturales involucra lo que conciben como la autonomía. Los derechos culturales tal como los entienden ambas rebeliones significan que el grupo que ha sido marginado, así como otros, tenga la posibilidad de definirse autónomamente para poner en práctica las formas de organización que decidan para conducir los asuntos de sus comunidades sin la injerencia del grupo étnico dominante.

En el caso de los zapatistas, la declaración conjunta firmada con el gobierno en San Andrés Larráinzar hablaba explícitamente de que los pueblos indígenas tendrían derecho a la autodeterminación dentro de un marco de autonomía que asegurara la “unidad” de la nación mexicana, lo que les permitiría decidir sus formas internas de gobierno y de organización política, social, económica y cultural, así como su identidad. Cuando el Congreso adoptó una ley que no se apegaba a los preceptos acordados, los zapatistas no únicamente rompieron con las autoridades gubernamentales, sino que terminaron por llevar a la práctica la autonomía de manera unilateral. El proceso no fue fácil, ya que implicó una prolongada reflexión crítica acerca de la traición y de cómo ejecutar la autonomía con total independencia del gobierno. A partir de entonces las comunidades zapatistas constituyeron los municipios autónomos y los llamados caracoles, en los que organizaron las juntas de buen gobierno.

Para el movimiento kurdo de liberación, el proceso ha tenido una historia bastante parecida en algunos aspectos, aunque muy diferente en otros. El contenido que le dan al tema de la autonomía es en ocasiones distinto al que le han dado los zapatistas, pero tiene importantes puntos de contacto. De cualquier forma, el movimiento kurdo ha ejercido un grado importante de autonomía al gobernar ciudades de todos tamaños, incluso de uno o dos millones de habitantes en el Kurdistán de Turquía.

A inicios de la década de 1990, el Estado turco empezó a permitir la participación electoral de partidos pro-kurdos. Con el tiempo, empezaron a ganar alcaldías de ciudades de población mayoritariamente kurda y a poner en práctica, en condiciones difíciles, de hegemonía neoliberal y nacionalista turca, algunos elementos de autonomía en los que poco a poco se han podido afirmar relaciones sociales diferentes así como el uso de la lengua y la cultura kurdas. Es posible que el cese al fuego unilateral del PKK y una política del gobierno del akP que buscaba arrancar parte de la base kurda de los partidos legales pro-kurdos (por no mencionar el peso de la conformación de la región autónoma del Kurdistán en Irak bajo la hegemonía de partidos prestos a colaborar con las fuerzas de ocupación estadounidenses) haya contribuido al avance de esta tendencia. El proceso de paz iniciado de 2013 a 2015 entre el gobierno turco y la resistencia kurda pesaría en estas evoluciones.

También es importante considerar la formación de los cantones autónomos kurdos en el Rojava. En el contexto de los conflictos que han sacudido a Siria desde 2011, incluyendo la fuerte rebelión popular que afectó prácticamente a todo el país, el gobierno del Partido Baa‘th buscó deshacerse del problema de vigilar las regiones kurdas, de las que prácticamente se retiró, con lo que permitió que el Partido de la Unión Democrática [PYD] las gobernara de manera autónoma. A diferencia de los municipios kurdos de Bakur, sur-oeste de Turquía, en estas regiones sirias había una ausencia casi total del Estado, lo que permitió establecer una diversidad de instancias de autogobierno a pesar de las deformaciones que impone el contexto de guerra en que se desarrollaron estas experiencias. Se establecieron tres cantones autónomos en los que el PYD puso en práctica el confederalismo democrático que incluyó la conformación de estructuras de autogestión de diversos grupos étnicos, árabes, turkmenos, armenios, entre otros, y, entre los kurdos, de las mujeres y de los jóvenes.
EL RECHAZO AL ESTADO-NACIÓN

Quizá lo más sorprendente es que ambas insurgencias llegaron a la conclusión de que ni la nación, entendida como grupo etno-lingüístico, ni el Estado, incluso revolucionario, están en condiciones de ofrecer la vía para la emancipación social –de los pueblos indígenas mesoamericanos o de los kurdos y tampoco de los pueblos entre los que viven– ni para la construcción de la utopía. El asunto estaba presente quizá de manera embrionaria desde que se empezó a plantear la cuestión de la autonomía, que derivaba de la afirmación de los derechos culturales de ambos grupos subalternos.

En el caso de los zapatistas, parece haber ocurrido durante los años de reflexión e introspección a partir de 2001. No parece casualidad que el libro de John Holloway (2002), Cambiar el mundo sin tomar el poder, se publicara justo el año siguiente, mientras se desarrollaba el debate. Llegaron a la conclusión de que el Estado, el monopolio legítimo de la violencia, es un instrument que domina al que lo maneja y que, por lo tanto, no puede ser un medio de emancipación. El Estado, que representa la sublimación de la hegemonía y de la dominación por parte de las clases poseedoras, es la negación de la autonomía y la afirmación de las culturas subalternas.

Sin duda, el camino a la liberación sigue siendo muy difícil, pero no pasa por el control del Estado, ni siquiera en manos de una clase revolucionaria. Particularmente ahora, en la época de la globalización neoliberal, los Estados han perdido parte de su esencia anterior: “Los Estados nacionales funcionan como parte de un gran Estado, el Estado-tierra-sociedad anónima que nos parte en muchos pedazos”, en el que desaparecen los seres humanos, ya que sólo importa la ley del mercado. No obstante, tampoco luchan por destruir la nación mexicana ni su Estado, al grado de utilizar y respetar emblemas patrios tales como la bandera de México y el himno nacional.

El cuestionamiento de lo que se habían considerado verdades evidentes en el PKK empezó desde los años en que acababa la Guerra Fría, alrededor de 1990, pero tomó mayor fuerza cuando Öcalan fue puesto en aislamiento en la prisión de Imrali. Aunque con severas limitaciones impuestas por el régimen de su encarcelamiento, desde ahí se puso a leer, escribir y a proseguir las reflexiones iniciadas durante los años anteriores acerca de la lucha que había encabezado desde 1978 y sus perspectivas. Llegó a la conclusión de que la vía para solucionar el problema kurdo pasaba, además de por la autonomía, por lo que llamó el “confederalismo democrático”. Esta concepción implica rechazar el objetivo de luchar por la creación de un estado-nación kurdo, que necesariamente se convertiría en un nuevo vehículo de opresión, el “cambio de viejas cadenas por otras nuevas”, ya que no “refleja los intereses del pueblo”, sino que “resulta más de los interesas de la clase dominante” (Öcalan, 2011a: 19). Lo que se necesita, afirma, es más democracia, por medio de un confederalismo democrático, que podría ayudar a promover la democracia en todo el Medio Oriente (Öcalan, 2011a: 20).
ALGUNOS CRUCES DE CAMINOS

No obstante estas y otras coincidencias conspicuas, ya mencionadas o no –como la atención a los asuntos de género o el respeto a la diversidad religiosa– entre los movimientos kurdo y zapatista, hay diferencias. Éstas pueden explicarse por numerosas causas, incluidas la distancia y, particularmente, las condiciones en que se desarrollan.

En cuanto a la participación electoral, los zapatistas nunca han constituido partidos, pero han mantenido una postura de no intervención en las elecciones organizadas por el mal gobierno a escala municipal, estatal y federal, aunque con distintos matices de una elección a otra. Sin embargo, desde 2001, con la multiplicación de las agresiones, incluso físicas, por medio de integrantes de partidos de todo el espectro (desde la derecha hasta la izquierda) en las comunidades indígenas, se acentuó la animadversión hacia los procesos electorales, lo que se tradujo en una manifestación de desconfianza hacia la totalidad de los candidatos en la elección presidencial de 2006. Afuera de Chiapas, los zapatistas civiles, es decir, que no pertenecen al Ejército Zapatista, han sostenido posturas análogas. Consideran que la forma partido contiene enormes contradicciones y no lleva a cambiar nada en absoluto; por lo que han priorizado actuar a partir de la vida cotidiana, desde abajo, buscando producir y crear formas distintas a la del partido.

En contraste con esto, el movimiento civil kurdo en Turquía no ha cesado de utilizar la forma partido, donde, desde 1990, se ha sucedido cierto número de partidos pro-kurdos, dado que el régimen los ha ilegalizado uno tras otro. Estas estructuras han permitido ganar elecciones municipales y parlamentarias. Integrantes de esos partidos han gobernado numerosos municipios que, de inmediato, se transforman en instrumentos de rebeldía ante las autoridades centrales. Las autoridades turcas han puesto en prisión a numerosos parlamentarios y alcaldes kurdos.

Hay muchas otras diferencias que en ocasiones son menos grandes de lo que parecen a simple vista. En cuanto a la lucha armada, por ejemplo, los zapatistas han renunciado a realizar operaciones ofensivas sin entregar las armas. La insurgencia kurda en Turquía ha optado por buscar la paz, sin entregar tampoco las armas, pero no han renunciado completamente a emplearlas cuando lo consideran indispensable. Varios asuntos pueden influir en esta diferencia. Uno que sin duda pesa mucho son las circunstancias políticas regionales que hacen también que la actitud del Estado mexicano hacia el EZLN sea muy distinta a la del turco hacia el PKK, aunque las fuerzas armadas de ambas repúblicas alienten y financien grupos paramilitares violentos con el objetivo de socavar a las organizaciones rebeldes.

La dimensión espacial de la lucha de cada uno de estos movimientos es distinta. Ambos sostienen un discurso de emancipación que va más allá del ámbito étnico, local y regional para llegar a lo global. Sin embargo, por la misma historia kurda y de sus luchas, el movimiento kurdo de liberación es transfronterizo y plantea una solución que considera que podría ayudar a acabar con los conflictos regionales, no únicamente kurdos. Las comunidades indígenas que se convierten en bases de apoyo, milicianos o incluso integrantes del ezln actúan, según los indicios que se tienen, dentro de las fronteras del Estado mexicano a pesar de que los grupos étnicos a los que esas comunidades pertenecen puedan extenderse también a Guatemala.
REFLEXIONES FINALES

Probablemente sorprende que algunas de las preguntas y respuestas acerca de las posibilidades de materializar una utopía emancipadora sean comunes porque el contexto latinoamericano parece muy distinto al de entre el Mediterráneo y el Golfo. Esta región se encuentra en el cruce de caminos entre varios continentes y centros mundiales de poder y en las cercanías de algunas de las reservas más importantes de hidrocarburos del planeta, lo que ayuda a explicar el grado de conflictividad que le es endémico. Sin embargo, América Latina y México, concretamente, como se pudo ver en el texto, han llegado a tener algunas importantes semejanzas con el Medio Oriente y particularmente con Turquía. La globalización y el desarrollo del capitalismo bajo la lógica neoliberal en la periferia de la semi-periferia podrían ofrecer parte de la explicación, pero no toda. Las experiencias de un movimiento rebelde en América Latina permite profundizar la reflexión acerca de otro en el Medio Oriente y viceversa. Es interesante observar que, incluso sin tener un diálogo directo, movimientos que se han desenvuelto en contextos distintos han llegado a desarrollar repertorios relativamente similares. Las insurgencias zapatista y kurda han transitado de planteamientos de poder estatal y violencia a otros que se caracterizan por rechazar las estructuras predominantes de autoridad, por poner en cuestión las narrativas hegemónicas de nación y Estado y por perseguir seriamente la construcción de la utopía desistiendo de la idea de la toma del poder. Sin duda, también hay diferencias, algunas derivadas del simple hecho de que siguen trayectorias paralelas o de las circunstancias en que luchan. Aun así, algunas son relativamente superficiales y otras son menos profundas de lo que parecen a simple vista.
BIBLIOGRAFÍA

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