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Lo que nos está faltando son nuevas formas de resistencia capaces de frenar la nueva guerra mundial, ya que los viejos modos de hacer política han mostrado sus limitaciones, cuando no su fracaso.

Raúl Zibechi

Tomado de naiz

Cientos de colectivos en toda Europa se están poniendo de acuerdo para organizar la gira de miembros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el Congreso Nacional Indígena-Consejo Indígena de Gobierno (CNI-CIG) y el Frente de Pueblos en Defensa del Agua y de la Tierra de Morelos, Puebla y Tlaxcala, en la segunda mitad de este año.

Son miles de militantes y activistas de los más diversos sectores e identidades que están confluyendo en apoyo a la iniciativa lanzada meses atrás por el neozapatismo mexicano. En el primero de seis comunicados, en octubre de 2020, destacan que pese a la represión y los crímenes del sistema, «es tiempo de nuevo para que bailen los corazones, y que no sean ni su música ni sus pasos, los del lamento y la resignación».

El paso del repliegue a la ruptura del cerco mediático y militar-policial que sufrimos todos los movimientos en el mundo es un momento decisivo para el futuro inmediato. Todos los datos con que contamos apuntan a que el 1% de los más ricos del planeta, intentan aprovechar la pandemia para imponer una derrota de proporciones a las y los de abajo.

Como ha señalado el filósofo italiano Giorgio Agamben, la epidemia ofrece el pretexto para imponer la suspensión de las garantías constitucionales a través de los estados de excepción, cuando el argumento del terrorismo aparece gastado y ya no resulta creíble. El distanciamiento social completa las medidas con las que se pretende ahogar toda resistencia de los afectados por el modelo, los que «sobran» en el lenguaje zapatista.

En su análisis sobre lo que consideran la IV Guerra Mundial del capital contra los pueblos, el EZLN se empeña en «no confundir la resistencia con la oposición política», que apenas se opone a un gobierno pero no al sistema (“7 piezas sueltas del rompecabezas mundial”, junio de 1997).

En ese trabajo, el finado subcomandante Marcos destaca que el neoliberalismo se propone «deshacerse de todos aquellos que no tienen lugar en su nuevo reparto del mundo». No estamos ante una guerra entre Estados, sino ante la conquista de territorios para despoblarlos y destruirlos, para reconstruirlos según las necesidades de la acumulación de capital.

En su análisis concluye que «las guerras del siglo XXI van a ser en contra de los que quieran ser diferentes» (“¿Cuáles son las características de la IV Guerra Mundial?”, 20 de noviembre de 1999). Incluye todas las diferencias: de color de piel, de género y de opción sexual, de nación y nacionalidad, y de todas y todos aquellos que simplemente quieren seguir siendo diferentes o necesitan serlo para no desaparecer como pueblos.

Algunos, simplemente por vivir sobre reservas acuíferas, petrolíferas o de uranio, son enemigos del capital que necesita desplazarlos para seguir convirtiendo los bienes naturales en mercancías. Estamos ante una guerra mundial de despojo. Las áreas en conflicto coinciden, en América Latina pero también en Europa, con las zonas donde abundan los bienes comunes a extraer, lo que nos proporciona un mapa preciso de esta guerra en curso.

Contamos con análisis bastante adecuados sobre lo que está sucediendo ante nuestros ojos. Lo que nos está faltando son nuevas formas de resistencia capaces de frenar la nueva guerra mundial, ya que los viejos modos de hacer política han mostrado sus limitaciones, cuando no su fracaso.

Luego del gobierno de Syriza en Grecia y de los gobiernos progresistas en América Latina, parece imperioso buscar nuevos caminos para seguir sosteniendo la bandera de la transformación del mundo y los objetivos de las revoluciones sociales. Seguir transitando el camino institucional no parece lo más acertado en esta hora decisiva para la humanidad.

La gira zapatista se inscribe en un dirección diferente, busca el encuentro entre las y los de abajo que están a la izquierda. Lugar de encuentro para conocernos, aceptar nuestros modos y formas diversas de caminar y de cambiar el mundo. Para fortalecer y multiplicar las resistencias en cada lugar.

No creen necesario formar aparatos jerárquicos con dirigentes permanentes y grandes estructuras, que terminan reproduciendo el mundo que pretenden combatir y transformar. Entiendo que este es un punto de desacuerdo en nuestras filas entre quienes rechazamos el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo. Puede, por tanto, ser un buen momento para reflexionar, hacer balance y alumbrar nuevos pasos.

El gran desafío para quienes apostamos por este rumbo no institucional, consiste en estabilizar y hacer permanentes los espacios de encuentro, algo que pocas veces hemos conseguido. Mantenernos organizados y activos en el tiempo, relacionarnos de forma horizontal entre organizaciones y personas, es un desafío mayor que requiere escucha y respeto mutuos.

Tal vez los siete principios del EZLN y del CNI puedan servirnos de referencia en este proceso de construcciones colectivas: servir y no servirse, construir y no destruir, representar y no suplantar, convencer y no vencer, obedecer y no mandar, bajar y no subir, proponer y no imponer.

No es una simple receta para el trabajo colectivo, sino modos posibles para respetar las diferencias y, aún con ellas, seguir compartiendo espacios y caminando hombro con hombro. No será sencillo. Una nueva cultura política no nace por arte de magia, de la noche a la mañana, ni por el solo empeño de algunas personas. Requiere mucho tiempo, trabajar los egos individuales y los colectivos para que no sean obstáculos, o sea ir a contracorriente de la cultura individualista que propone el capitalista.

Este texto es un llamado a involucrarnos en la gira zapatista, pero sobre todo a atrevernos a compartir espacio-tiempos con personas que no coincidimos, o no nos agradan por las más diversas razones. Aprender a convivir con las y los diferentes no es un paseo al monte en un día primaveral. Es una tarea ardua, pero imprescindible para sobrevivir a un sistema que nos metió a los que sobramos en una bolsa, de resistencia.

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