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El rio Quetzal es el río de mi infancia, un sitio que dejé hace varios años cuando salí de mi pueblo. Desde entonces, el lugar cambió demasiado… El cuidado del medio ambiente es necesario para cuidar a los pueblos originarios

Tw: @KauSirenio

Por Kau Sirenio

Tomado de piedepagina

Cuando pastoreaba las cabras en la ribera del río Quetzal era vivir con el canto de las aves que volaban entre las ramas de las arboledas, de esas que cobijaban a uno del calor costeño. Esos días transcurrían entre el balido de las cabras y el gorjeo de los gorriones. El golpeteo del agua contra las rocas le regaló a mi pueblo un concierto natural.

Mi infancia en ese río fue de apenas dos años porque mi madre María Pioquinto decidió mandarme a una escuela para que me enseñaran a leer, escribir y para que aprendiera una lengua que no conocía (el español). Esa decisión familiar trajo consecuencias en mi aprendizaje con la naturaleza. La ruptura con la fauna y la flora fue dolorosa. 36 años después regresé al lugar donde jugué con la arena del río para recordar mi pasado, pero nada fue igual:

Los cantos de las aves desaparecieron

Los cantos de las chachalacas desaparecieron

Los graznidos de las urracas desparecieron

Debo confesar que en aquellos años las urracas siempre me causaron molestias porque me delataban cuando caminaba por la rivera del río.

Cuando quise mirar las ramas de los árboles que antes daban sombra sobre las pequeñas playas que se formaban en el cauce que recorre las altas montañas de Guerrero, me di cuenta que también desaparecieron.

Después de caminar sobre las piedras que aún se mantienen intactas, como cuando era niño me decidí levantar unas de ellas para tratar de capturar unos camarones, la sorpresa fue enorme cuando moví las rocas y no pude encontrar camaroncillos, ni los peces que jugueteaban con las algas. Todos han desaparecido.

Cuando el cerro derrotó los rayos del sol, la sombra empezó a enfriar el agua del río. Entonces tomé un descanso para repasar cada palabra de la carta que el jefe Seattle de la tribu Suquamish, Washington, le envió al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, en el cual presagiaba lo que le ocurriría a la humanidad por el uso inmoderados de recursos naturales.

En Cuanacaxtitlán, municipio de San Luis Acatlán, Guerrero, no se construyeron grandes carreteras, ni vías del tren, tampoco hubo fábricas. Las pocas escuelas se construyeron a cuentagotas, lo mismo pasó con la carretera que comunica de Azoyú a San Luis Acatlán.

Sin embargo, la densidad poblacional incrementó y la demanda de alimentos también, los campesinos dejaron de utilizar herramientas tradicionales porque gastaban más en producir una tonelada de maíz que el valor que le daba el mercado, así que empezaron a usar agroquímicos y los arroyos, los ríos y mantos acuíferos se contaminaron.

Las insecticidas y herbicidas acabaron con lo que antes era el conservatorio natural más importante que me tocó vivir. El gobierno federal debe diseñar nuevas estrategias para la conservación del medio ambiente. Es necesario que los lugareños y los tres niveles de gobierno trabajen de manera conjunta para conservar nuestros sitios entrañables.

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