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Tomado de jornada

Raúl Romero*

En 1994, cuando la «caída del socialismo» y el «fin de la historia» se imponían como narrativas oficiales globales y se ofrecía cómo única vía el capitalismo neoliberal, el «Ya basta» que lanzaron los pueblos mayas organizados en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) retumbó fuerte en México, en América Latina, y en gran parte del mundo.

El EZLN dotó de discurso y esperanza a toda una generación que pronto rearticuló la resistencia a escala global. Hasta la selva Lacandona viajaron militantes, artistas, intelectuales y personas de todo el mundo que venían a contagiarse de la rebeldía indígena. La consigna de «Otro mundo es posible» se convirtió así en el emblema de una nueva oleada de movilizaciones de carácter mundial. La lucha contra el neoliberalismo y en defensa de la humanidad que se extendía por todo el planeta, encontró uno de sus principales bastiones en el estado de Chiapas.

En Seattle, en Génova, en Porto Alegre y muchos otros lugares donde el movimiento altermundista se hizo presente, el emblema del zapatismo se hizo manifiesto.

Muchos años han pasado desde aquel entonces. Muchos movimientos y uno que otro ensayo de sociedades alternativas al capitalismo se han construido. Entre todos ellos sigue destacando el proyecto emancipatorio que los y las zapatistas han construido y que actualizan constantemente.

En octubre pasado, en plena pandemia, el EZLN anunció que «diversas delegaciones zapatistas, hombres, mujeres y otros del color de nuestra tierra, saldremos a recorrer el mundo, caminaremos o navegaremos hasta suelos, mares y cielos remotos, buscando no la diferencia, no la superioridad, no la afrenta, mucho menos el perdón y la lástima. Iremos a encontrar lo que nos hace iguales».

Como primer destino, las delegaciones zapatistas irán a la Otra Europa, allá donde el pueblo originario sami, que históricamente ha criado y pastoreado renos, y que tiene su territorio entre Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia, resiste hoy al despojo y las afectaciones que generan los parques eólicos, la minería, la extracción de gas y petróleo, así como a la construcción del Tren Ártico, un tren de alta velocidad que fortalecerá el Corredor Ártico y potenciará el comercio entre Europa y Asia.

En esa Otra Europa, donde algunos pueblos y organizaciones de Italia se han articulado en el No-Tap para hacer frente al Gasoducto Trans-Adriático, un proyecto diseñado para llevar gas de Azerbaiyán a Europa. El No-Tap señala que nace «para la protección y salvaguarda de los territorios», así como por «la autodeterminación de las poblaciones que creen en un modelo de desarrollo sostenible, diferente al impuesto, contra la especulación financiera en detrimento de las comunidades».

También en esa Otra Europa, y más precisamente en Notre-Dame-des-Landes, en Francia, está la población que defendió su territorio contra el intento, por parte del gobierno, de construir un aeropuerto. Agricultores, pobladores y activistas libraron una de las luchas más emblemáticas en la historia actual de Francia, generando una de las ocupaciones territoriales más grandes en la Europa actual y declarando el territorio como una Zona a Defender (ZAD). Con planteamientos anticapitalistas y ambientalistas, la ZAD se convirtió en referente de otras luchas.

La lista es larga: en Reino Unido la resistencia contra la Línea de Tren de Alta Velocidad HS2, en Grecia el movimiento de ocupación de viviendas y edificios, en el Estado español las históricas luchas del Pueblo Vasco, de la Confederación General del Trabajo y de las organizaciones anticapitalistas en Madrid.

En todo el mundo observamos lo que Adolfo Gilly y Rhina Roux analizaron en su libro El tiempo del despojo: «lo que estamos viviendo puede así ser visto como una nueva fase histórica del despojo universal de los bienes comunes, la privatización de lo que era de todos, la redistribución mundial de la renta de la tierra y el plusvalor generado por el trabajo vivo».

El tiempo del despojo avanza y todo apunta a que se intensificará en México y el mundo como respuesta a la pandemia. Articular las luchas a escala global es urgente, no sólo por la «supervivencia» de la humanidad, sino para terminar de levantar ese mundo nuevo del que ya hay señales.

A 27 años de su aparición pública, a 27 años de apostar por la vida, las ciencias y las artes, el EZLN hoy se propone un nuevo reto: ir a encontrarse con otros y otras que, en todo el mundo, con resistencia y rebeldía, construyen el mundo nuevo. Bien lo dijo la niña Esperanza Zapatista: «ésa es nuestra misión: ser semilla que busca otras semillas».

* Sociólogo

Twitter: @RaúlRomero_mx

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