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Tomado de Visiones Alternativas

El análisis presentado por Claudio Katz en “Socialismo o Neodesarrollismo” demuestra claramente la necesidad y la posibilidad de una estrategia hacia el socialismo en América latina. Esta estrategia se vio fuertemente reforzada por los avances del proceso venezolano, que pudo y puede apoyarse en la larga experiencia cubana.

Cuba logró mantenerse durante casi 5 décadas contra la agresividad imperialista permanente y sobrevivió la caída del socialismo en la URSS y Europa Oriental. El eje Cuba-Venezuela, es fundamental en el avance hacia el socialismo en América latina.

Con toda razón Katz hace énfasis en la demarcación entre lo que el llama el ’social-liberalismo’ y fuerzas que abogan por el socialismo. Es un tema de importancia estratégica. Aunque el autor afirma que el debate solo trata del comienzo del proyecto de alcanzar una sociedad socialista y que ambas propuestas no difieren en su objetivo de la instauración plena del socialismo, el mismo autor se corrige cuando dice más adelante en su análisis que el social-liberalismo no contribuye a la construcción del socialismo, pero tiende a obstruirla. No podemos aceptar que la palabra “socialismo” sea utilizado para una mejor defensa del capitalismo, que se limita en hacer reformas dentro del modelo actual, o sea una o otra forma de neo-keynesianismo.

Pero esta definición y demarcación clara y necesaria de la estrategia socialista no nos quita la responsabilidad de definir las fases o etapas tácticas necesarias para llegar a cumplir con el objetivo estratégico del socialismo. Existe la necesidad de profundizar el debate sobre una etapa previa a la etapa socialista, la llamada ‘etapa nacional (o antiimperialista) y democrática (o anti-oligárquica)’, como primera fase dentro de una estrategia hacia el socialismo en países dominados y/o amenazados por el imperialismo. La fase que Hugo Chavez, en su entrevista en julio 2005 con la revista ‘Punto Final’ de Argentina, llamó “democracia revolucionaria” para “caracterizar el tipo de democracia que abre las puertas” y que puede llamarse “una fase de transición hacia el socialismo”. Nos parece demasiado fácil desechar la necesidad de esta primera etapa sobre base de una interpretación caricatural de ella. Al contrario, debemos profundizar el debate sobre su contenido y su importancia.

La necesidad del socialismo es una necesidad de carácter mundial. Pero existen diferencias importantes entre un país imperialista y un país dominado o amenazado en su independencia por el imperialismo. Generalmente, en los países imperialistas, la clase obrera está bien constituida, las fuerzas productivas se han desarrollado. En los países dominados o amenazados por el imperialismo, el desarrollo la clase obrera tiende a ser más limitado, y las fuerzas productivas son todavía débiles. Venezuela, aunque es un país rico con grandes riquezas naturales, es un claro ejemplo: la clase trabajadora es limitada y las fuerzas productivas del país son relativamente débiles.

Habiendo situaciones diferentes, es necesario analizar elementos que puedan llevar a consideraciones tácticas diferentes entre una revolución en los países imperialistas y en los que son dominados y/o amenazados para llegar al objetivo estratégico del socialismo. Con razón Claudio Katz demuestra que el imperialismo esta a la defensiva en América latina, pero esto no nos puede llevar a declararlo muerto o moribundo, ni menospreciar su deseo y necesidad para continuar su dominación sobre la región. Debemos analizar cual es la relación entre un antiimperialismo y democracia revolucionario y la lucha por el socialismo, partiendo del hecho que el imperialismo (en primer lugar norteamericano) es el enemigo principal del proceso revolucionario latinoamericano.

Partimos de que no se discute el objetivo estratégico, la instauración plena del socialismo como única respuesta duradera al imperialismo como expresión actual del capitalismo mundial. Queriendo enfocar la táctica para llegar a este fin, la primera etapa debe de preparar y concretizar, no obstruir, el avance hacia el socialismo.

Existen en este debate cuatro consideraciones esenciales: 1/ la necesidad de definir claramente el enemigo principal de nuestra lucha y la necesidad de construir una alianza amplia de fuerzas antiimperialistas y fuerzas que – aunque a veces de manera temporal o indecisa – pueden aliarse a esta lucha.

2/ La necesidad de hacer progresar las fuerzas populares in sus aspectos ideológicos, políticos y organizativos para poder avanzar hacia el socialismo, sobre base de sus propias experiencias de desarrollo de las contradicciones y de organización.

3/ El desarrollo de una dirección adecuada de este proceso, y

4/ el papel de las fuerzas armadas.

No cabe duda que hoy por hoy, para las fuerzas populares latinoamericanas y mundiales, el imperialismo norteamericano es el enemigo principal. Dentro del desarrollo de la crisis del capitalismo mundial, los Estados Unidos – y los otros países imperialistas – desarrollan una política económica de superación de sus problemas de crisis estructural a través de una recolonización de los países del Sur. Sus multinacionales no solamente dominan gran parte de las economías del continente latinoamericano pero además siguen privatizando lo poco que queda de empresas públicas para incorporarlas dentro de sus monopolios. Para defender los intereses de sus oligarquías financieras, el imperialismo pone al servicio de ellos todos los esfuerzos políticos, diplomáticos y militares disponibles.

Las primeras víctimas de esta situación son las capas populares, o sea los trabajadores, los campesinos, los desempleados, los sectores informales, etc. No obstante es importante comprender que – mientras que progresa esta explotación – se desarrolla una polarización implicando que también los pequeños comerciantes, la empresa privada pequeña y mediana, y hasta ciertos sectores empresariales más grandes se ven afectados por la política fagocita del imperio y sus multinacionales.

Esto implica que no solamente los trabajadores y campesinos e otras capas populares, pero también estos sectores empresariales pueden verse beneficiados por una limitación de las ingerencias e influencias de las multinacionales en sus países.

Concretamente, una vez identificado el imperialismo norteamericano como enemigo principal, implica que una alianza antiimperialista la más amplia posible debe de incluir a todos estos sectores en contra del imperialismo y sus aliados internos, la clase de la burguesía compradora, las fuerzas feudales, y los elementos fascistas y reaccionarios dentro del aparato estatal y el ejército.

En Venezuela, la política de desarrollo de la revolución bolivariana incluye una alianza con partes de los sectores empresariales. Este sector, que se llame ‘burguesía nacional’ o ‘nacionalista’ o de otra forma, tiene importancia, ya que puede ser un factor de apoyo en el desarrollo de una economía endógena, donde todas las potencialidades del país se vayan desarrollando, en un momento en que ni el Estado, ni las fuerzas proletarias y populares están ya en la capacidad de tomar en manos toda la economía. Esta clase social solo es una – y no la más importante ni la primordial – de las fuerzas, junto con los trabajadores que toman en autogestión a una serie de fábricas u empresas, con los campesinos, etc…

Queremos poner énfasis en que, mientras que los obreros, campesinos y otros sectores populares forman la médula del proceso, la participación de los sectores comerciantes y empresariales es posible, ya que – en esta fase de la revolución – no tienen intereses antagónicos. Todos pueden beneficiarse de una política nacionalista e anti-oligárquica. Por ende, la revolución tiene todo el interés de juntarlos a sus esfuerzos de construir un modelo bolivariano viable.

El énfasis en la necesidad de una dirección revolucionaria se debe a que una política de alianza donde se deja el liderazgo en manos de sectores de la burguesía nacional, solo producirá una política reformista, dicha neo- desarrollista. Pero a la vez es necesario alertar contra la variante ultra- izquierdista, en la cual se opta por una política de alianza popular demasiado ‘pura’ que ve a estos sectores como ‘enemigos’. Tal política puede verse inaplicable por el hecho que no logra asegurar una correlación de fuerzas favorable para la revolución, y también llevaría al fracaso.

Estas fuerzas empresariales no quieren ni querrán nunca ir hasta el fin, y preferirían una moderación o un congelamiento del proceso. Tienden a pactar con la reacción y dejar fuera a las capas populares, y querrán desarrollar su proyecto tergiversando el proceso yendo en la dirección del neo- desarrollismo. Aunque haya alianza, a la vez hay lucha: las fuerzas populares deberán imponer su dirección y – en la medida de lo posible dentro de los límites de esta alianza – radicalizar lo más que se puede el proceso antiimperialista y democrático. Pero la contradicción entre las tendencias a la radicalización y las tendencias al congelamiento del proceso bolivariano – en esta fase – no debe ser antagónica.

Inevitablemente, crecerán nuevas contradicciones entre la clase trabajadora y popular y ciertas partes de la nueva clase de burguesía nacional que se puede estar desarrollando. Estas contradicciones se observarán en la sociedad y dentro del aparato estatal venezolano, que sigue siendo una continuación (parcial) del viejo estado. La lucha de clase dentro de la sociedad implica una misma lucha dentro del aparato estatal. Implica la necesidad de una revolucionarización del Estado, de un aseguramiento de los intereses populares, de una lucha en contra de la corrupción y otros obstáculos. A la vez, no se debe caer en extremismos, separando del proceso a grupos que – aún temporalmente – pueden y deben de formar parte de el. En este sentido, el refuerzo de formas de cogestión en una serie de empresas no impide que en otros se acepte y estimule – dentro del marco bolivariano – la existencia de un empresariado privado.

En breve: Es cierto que en Venezuela chocan dos proyectos, y que diferentes grupos luchan por la dirección del proceso, pero mientras que sean los representantes del proyecto popular e antiimperialista consecuente que tengan la dirección, no es solamente posible pero además necesario que haya espacio para la participación de los defensores de un proyecto ‘neo- desarrollista’ dentro del proceso de desarrollo de la revolución bolivariana. El propósito sigue siendo de unir a todos que pueden unirse al proceso y a quitar al máximo el apoyo al proyecto imperial e oligárquico. Aún en esta fase de lucha donde la unidad del pueblo está dictada por la lucha antiimperialista, ambos aspectos – la lucha de clases y la lucha por la liberación nacional – coexisten. En esta dialéctica de la lucha concreta se debe evitar la vía reformista y la vía de ultra-izquierda.

El crecimiento cuantitativo de estas contradicciones, como parte esencial del desarrollo de la revolución, en algún momento se transformará en una contradicción de tipo antagónica. Este salto cualitativo estará dado por el hecho de que los cambios económicos, sociales y políticos ya no están a favor de esta burguesía ‘nacional’, que se verá afectada por la evolución consecuente de la política revolucionaria. Lo importante es que – al momento de llegar a este punto de ruptura y de salto cualitativo, la conciencia ideológica y política de las fuerzas populares, su nivel de organización y sobre todo su capacidad real de tomar las riendas de toda la sociedad, sea tal que está en la capacidad de enfrentarse a este sector, que puede en este momento sumarse a la reacción y al imperialismo. Pero las políticas revolucionarias se aplican de forma adecuada, esta contrarrevolución se habrá visto debilitada en su posibilidad de influenciar o revertir el proceso.

El carácter de la segunda fase, que toma inicio después de este cambio cualitativo, ya no solamente es antiimperialista y democrática, pero claramente anticapitalista y socialista. Se estará dando en un momento en que las fuerzas que abogan por el socialismo se habrán reforzado suficientemente para enfrentar la nueva situación y el cambio de alianzas.

Este proceso en dos fases, como lo planteamos, no debe de caricaturizarse como si se trataría de una primera fase indefinida, que solo puede terminar en reformismo. Son dos etapas que se deben suceder y tal vez parcialmente intercalar. Existen diferencias claras entre ambas, y condiciones objetivas claras para pasar de una a otra. Se trata no solamente de evitar un reformismo que puede ser mortal para la revolución, pero también de evitar un izquierdismo suicida que quiere avanzar hacía el socialismo antes de tiempo, sin que exista la maduración necesaria de la situación tanto objetiva como subjetiva.

De un lado lo económico: desarrollo industrial endógeno – con apoyo de fuerzas muy diversas – para reforzar la base material del proceso, junto con la redistribución social de los beneficios de este desarrollo. De otro lado: la preparación necesaria de las fuerzas proletarias y populares para la segunda fase, reforzando la base ideológica, política e organizativa.

El elemento clave en este debate es: cual es la fuerza que dirige el proceso, y es capaz de asegurar una unidad de dirección de todas las fuerzas populares y de partido?

Para asegurar que haya una alianza amplia e una dirección revolucionaria consecuente, se impone la necesidad de una organización política que logra mantener clara la estrategia, que logra unir e unificar organizando la democracia dentro de la organización, que logra organizar y dirigir las acciones ideológicas, políticas y tácticas de manera unificada, tomando en cuenta la correlación de fuerzas en cada momento dado. La unificación de las fuerzas bolivarianas en una sola organización política que Hugo Chavez está proponiendo, va en esta dirección. De antemano se sabe que este proceso tomará tiempo, y que se deberá luchar contra líneas políticas reformistas y ultra-izquierdistas, y a posiciones organizativas antidemocráticas o oponiendo se a una unidad conciente.

Aquí se debe añadir que tanto la experiencia de Fidel y Che en Cuba como la de Allende en Chile demuestran que una condición esencial para que un proceso revolucionario popular pueda vencer, es la construcción de fuerzas armadas populares completamente al servicio del proceso o no. El golpe de estado del 11 de abril 2002 en Venezuela, lo ha confirmado. La revolución bolivariana se salvó gracias a las amplias movilizaciones populares, pero sobre todo al papel ‘democrático’ del ejército. El ejército es pueblo. Pero los mandos muchas veces no lo son. El trabajo de Chavez, de largos años, de construir un movimiento nacionalista dentro del ejército ha sido muy importante. Pero aún así, en las fuerzas armadas hay posiciones revolucionarias que conviven con posiciones ‘legalistas’ y otras reaccionarias. Para avanzar hacia la radicalización del proceso, debe haber un avance cualitativo en la revolucionarización de las fuerzas armadas.

Hoy en Venezuela se está en una etapa de revolución antiimperialista consecuente dentro del proceso de la construcción del socialismo. Aunque existe un gran avance hacia cambios profundos, el país solo está en el inicio del proceso. Estamos todavía muy lejos de una quiebra de la fuerza e influencia del imperialismo y sus aliados reaccionarios dentro de Venezuela. No debemos crear ni creer en ilusiones: la verdadera confrontación con el imperialismo todavía está por darse.

Sigue teniendo mucha fuerza e agresividad la reacción interna y el imperialismo en Venezuela. En respuesta a cada embate de la contrarrevolución se logra avanzar en la profundización del proceso. Pero no se puede defender una política suicida dividiendo las fuerzas diversas que hoy apoyan al proceso, oponiéndose a intereses de grupos empresariales que pueden y deben aportar al desarrollo de esta fase.

Sorprende a veces la facilidad con la cual se estima poder juzgar procesos y decisiones, por ejemplo en Venezuela, Bolivia, Brasil y China. Estos apuntes no son el lugar adecuado para entrar en detalle sobre aciertos y errores de estos procesos, ni de definir por una vez y para siempre en que ‘categoría’ se deben de poner.

Lo que pasa en Brasil no se debe evaluar solamente ni en primer lugar por la política ’socialista’ o no del presidente Lula, pero por las posibilidades que existen para hacer avanzar el proceso lo más que se puede, tomando en cuenta la correlación de fuerza actual.

La práctica demostrará cuales procesos realmente logran avanzar y cuales tendrán mayores dificultades o posiblemente se estancarán. Pero todos se enfrentan o se verán enfrentados más temprano que tarde a una necesaria radicalización, si quieren evitar una derrota contra o a una recuperación por la reacción local y el imperialismo.

Cuba demostró en sus primeros años de revolución que es importante avanzar paso a paso, en concordancia con la maduración de la conciencia del pueblo en general. Muchas veces ocurre en saltos de conciencia y de radicalización, directamente relacionados con agresiones o ataques contrarrevolucionarios (como los bombardeos de aeropuertos cubanos, y la invasión de la Bahía de Cochinos). Lo mismo ocurre en Venezuela, donde los paros empresariales y el golpe de estado del 11 de abril de 2002 jugaron un papel esencial en la maduración y radicalización de la conciencia, en la misma medida en que el liderazgo pudo avanzar respuestas adecuadas a estas agresiones.

Esta claro que una revolución armada como la cubana fue diferente de las revoluciones que empiezan con una victoria por las urnas. No hubo ‘destrucción completa’ del viejo estado. Además, hoy se evidencia que la correlación de fuerzas en Venezuela ya no se puede comparar con la de hace 8 años.

Hoy es en Bolivia que se están dando las grandes contradicciones entre la oligarquía y las fuerzas populares. Esta confrontación era inevitable, aunque el resultado es incierto. Lo que ocurre hoy en América latina demuestra la posibilidad de importantes avances hacía el socialismo, basándose en una movilización e organización del pueblo. Pero muchas luchas están por darse.

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