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El pasado 15 de octubre, nuestro compañero Óscar Guzmán se sembró, luego de darle la pelea a diversas complicaciones de salud. Óscar fue un hombre de esos que son imprescindibles, pues siempre abrió su corazón a todas las causas justas, no en un afán de protagonismo, sino con la voluntad y el compromiso de sumar. Por ejemplo, cuando hablaba de «nuestros muchachos», refiriéndose a los jóvenes asesinados por el ejército terrorista colombiano en Sucumbíos, Ecuador, realmente los sentía suyos, no en un sentido de propiedad, sino afectivo, como si hubieran sido sus hijos. Siempre que hablaba de los agravios cometidos contra las causas populares decía «a nosotros» y a quien sentía genuino luchador comprometido con el pueblo lo llamaba invariablemente «uno de los nuestros», y así los asumía. A cada causa a las que se sumaba, aportaba trabajo, análisis, enseñanzas, amor, … y no pocas veces dinero, del cual generalmente no disponía suficiente para sí, pero que nunca dudó en destinarlo a la lucha. Jamás pidió ni aceptó nada a cambio de su colaboración. Fue un auténtico revolucionario, siempre respetuoso de la diversidad de las muchas formas que tenemos, más allá de que las compartiera o no. Nunca buscó imponer ni usurpar. Maestro por su propia naturaleza, siempre tenía una palabra oportuna, fuera para animar o para provocar la reflexión o la autocrítica. Maestro en sociología, guardó siempre la sencillez y humildad de un hombre probo y trabajador, y lejos de mostrarse altivo o pedante, disfrutaba de su andar descalzo o calzando sus coloridos huaraches y se divertía mucho con las reacciones de los desclazados.

En tiempos recientes, trabajando en Chapingo, promovió el acercamiento entre los alumnos de esa universidad y los normalistas de Ayotzinapa, y buscó armar proyectos productivos que le brindaran una experiencia constructiva a los muchachos y a las comunidades de la montaña de Guerrero. Luego de Chapingo decidió irse a esa montaña y tratar de reconstruir la organización desde abajo. Recuerdo la desilución con la que debió volver al DF luego de no encontrar eco en la población y recibir hostigamiento y amenazas de muerte de «la maña». Ya en la Ciudad de México volvió a ser el compañero entusiasta y constante en los movimientos, hasta que su salud se lo fue impidiendo.

Soldado de mil batallas, dejó una profunda y hermosa huella en la Organización Campesina de la Sierra del Sur; en la Asociación de Padres y Familiares de las Víctimas de Sucunbíos, Ecuador; en los movimientos de solidaridad con Cuba, Venezuela, Bolivia, Palestina y la República Saharaui; en proyectos de radio comunitaria como Radio Coatepec y Radio Ñomda; entre quienes nos asumimos como adherentes a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona; en organizaciones defensoras y promotoras de los derechos humanos, como la LIMEDDH; entre los compañeros de Marabunta; y por supuesto, entre los padres y madres de los 43 y los jóvenes normalistas; en el Colectivo Híjar y el Comité 68. Sé que omito muchos nombres, y ofrezco disculpas por ello, pero su corazón era más grande que mi memoria en este momento.

Para alguien tan especial, su último adiós también debía serlo, y así resultó. Al final más que un funeral, parecía una fiesta de despedida, y poco faltó para cerrar con broche de oro su combativa vida llevándolo a cerrar una avenida, aunque al final ya no fue necesario. Creo que a él eso le hubiera encantado.

Su partida representa una gran pérdida y un dolor inmenso, pero también un compromiso enorme por tratar de seguir su ejemplo de lucha comprometida y honesta, pero también siempre alegre. Sin duda, lo extrañaremos y necesitaremos muchísimo.

Gracias por tanto, querido Óscar.

¡Hasta la victoria, siempre!

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