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Tomado de jornada

Raúl Romero*

Óscar Eyraud Adams, del pueblo kumiai, fue asesinado a balazos el 24 de septiembre de 2020 en Baja California. Jesús Miguel Jerónimo y su hijo Jesús Miguel Junior, del pueblo p’urhépecha de Ichán, fueron asesinados a balazos el 23 de julio de 2020, en Michoacán. Josué Bernardo Marcial Santos, conocido como Tío Bad, rapero y delegado del pueblo popoluca al Congreso Nacional Indígena (CNI), fue encontrado muerto el 16 de diciembre de 2019 en Veracruz. Todos tenían elementos en común: eran indígenas, defensores del territorio y lograban abrir diálogos y generar convergencias, dentro y fuera de sus comunidades, en torno a las luchas contra proyectos y megaproyectos extractivos y de despojo.

No son los únicos asesinados en lo que va de este sexenio. También están Samir Flores Soberanes (nahua), Ignacio Pérez Girón (tzotzil), Julián Cortés Flores (mephaa) y una veintena más de historias.

El asesinato de defensores del territorio en México, la mayoría de pueblos originarios, es una práctica sistemática y recurrente. La ofensiva forma parte de la guerra por los territorios que el capitalismo neoliberal desplegó en todo el mundo desde hace varios años.

A finales de la década de 1990, el entonces vocero del EZLN, subcomandante Marcos, compartió el análisis que los y las zapatistas tenían sobre el tema. Destacan dos textos que hoy parecen prefigurativos: «Las siete piezas sueltas del rompecabezas mundial» y «¿Cuáles son las características fundamentales de la IV Guerra Mundial?» En aquellos análisis se caracterizó al neoliberalismo como «una nueva guerra de conquista de territorios», una guerra en la que se da un proceso de «destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento», una «guerra total», es decir, que se da «en cualquier momento, en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia». Una guerra contra la humanidad en la que «todo lo humano que se oponga a la lógica del mercado es un enemigo y debe ser destruido».

En esa guerra contra la humanidad, los pueblos que habitan los territorios que el capital busca conquistar y reordenar son los primeros enemigos. Estorban en el proceso de financiarización de la naturaleza y de construcción e integración de nuevas regiones comerciales.

Para que esos territorios tengan «valor» en el mercado, primero hay que destruirlos y despoblarlos, ya sea con paramilitares, grupos del crimen organizado, o directamente con fuerzas estatales. La eliminación también implica destruir mundos de vida, es decir, borrar los modos de ser de los pueblos, sobre todo, quebrar sus nexos con la tierra y su ser comunidad. Simultáneamente, ocurre el proceso de reordenamiento y reconstrucción de esos territorios pa­ra hacerlos funcionales a la lógica del mercado. Ahí donde hay pueblos y comunidades con formas propias de mirar y relacionarse con el mundo, comienzan a construirse ciudades que enlazan a otras ciudades, y que eufemísticamente llaman polos o centros de desarrollo. Desde luego los antiguos integrantes de los pueblos, ahora como consumidores de mercancías o como mano de obra barata, podrán integrarse a la modernidad capitalista.

Incluso quienes no hace mucho se decían de izquierda y hasta revolucionarios, hoy defienden estos proyectos ecocidas y colonialistas. Lo hacen desempolvando sus manuales: hay que propiciar el «desarrollo de las fuerzas productivas», «industrializar el país», «proletarizar a los indígenas».

En la nueva guerra de conquista, las organizaciones de los pueblos originarios, como el CNI, son blanco constante de ataques. El periodista Zósimo Camacho reveló que, con datos del propio congreso, se podían documentar al menos 117 asesinatos y 11 desapariciones de personas desde la fundación del CNI en 1996 y hasta junio de 2019. Pero la «cifra real es mayor, porque en esta lista tentativa generalmente sólo aparecen aquellos que tenían responsabilidades políticas y/o operativas. Faltan los nombres de quienes resultaron muertos y resistían desde sus milpas, sus ceremonias, sus labores cotidianas» (https://bit.ly/3nLUAZo).

Lo mismo sucede con el EZLN y sus bases de apoyo. Desde diciembre de 2018 se ha registrado un aumento significativo en las hostilidades contra ellos. Destacan al menos tres líneas de confrontación: 1) la guerra física, que incluye incursiones militares, ataques paramilitares y la expansión de grupos del crimen organizado que operan con total impunidad en Chiapas; 2) la guerra mediática, basada en la difusión de mentiras, rumores o teorías conspiracionistas en redes sociales y medios de comunicación, y 3) la guerra política, dirigida a cooptar, dividir y confrontar organizaciones y comunidades mediante programas sociales individualizados y paternalistas que no modifican las condiciones estructurales.

Los pueblos originarios articulados en el CNI y en el EZLN son también, en México, la principal resistencia en esta lucha en defensa de la vida. Esos pueblos lanzan nuevamente un llamado a la humanidad toda: es el tiempo de nuestro «sueño común», es el tiempo de la libertad.

*Sociólogo

Twitter: @RaulRomero_mx

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