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Tomado de jornada

Robert Fisk

Me encantó la expresión en el rostro de Aleksandar Vucic cuando Donald Trump anunció que, conforme al nuevo «acuerdo de normalización» entre Serbia y Kosovo, Serbia trasladaría su embajada de Tel Aviv a Jerusalén.

Mientras Trump anunciaba que los chicos de Belgrado mudarían a su embajador a la ciudad que Estados Unidos afirma que es la capital unificada de Israel, el antiguo publirrelacionista del dictador Slobodan Milosevic miró con asombro los documentos que tenía enfrente… y luego empezó a rebuscar en las páginas. Cuando Serbia masacraba a los musulmanes de Bosnia, hace casi tres décadas, uno no veía vacilar así a los hombres más poderosos de Belgrado.

Milosevic, por supuesto, era un criminal de guerra, pero ¿Vucic? Nunca, aunque es cierto que durante la guerra con Bosnia sugirió de manera gráfica que «por cada serbio muerto, mataremos 100 musulmanes». También acompañó a uno de los jefes milicianos más aterradores en una excursión secreta para reunirse con Saddam Hussein en Bagdad. Y, en respuesta a una pregunta mía, se refirió a la masacre de 8 mil musulmanes en Srebrenica como una «situación». Sin embargo, tan pronto como, pasada la guerra, se puso a hablar de derechos humanos y del deseo de Serbia de unirse a la Unión Europea, se volvió la delicia de Bruselas. Vaya, el nuevo presidente serbio –Vucic, nada menos– hasta consiguió la ayuda de Tony Blair (alguna vez el bombardero de Belgrado) para que lo aconsejara sobre las futuras políticas serbias.

Pero los recuerdos son como socavones. Hoy están aquí, mañana se habrán ido. Así como el invasor de Irak se volvió una inspiración santa para los derechos humanos, el sórdido ministro de información del menos sagrado de los tiranos balcánicos se convirtió en un presidente agradable, democrático y favorable a la Unión Europea. Israel, cuyo primer ministro actual –no hablemos más de ese asunto de corrupción, por favor– quedó complacido al enterarse el mes pasado de que Serbia secundaría a Kosovo en abrir una embajada en Jerusalén.

Ninguna mención hizo el líder israelí de las bandas serbias de estilo SS que destruyeron las ciudades y aldeas de Bosnia con el apoyo del antiguo jefe de Vucic. La propia Unión Europea –dueña del mayor socavón de la memoria política en Europa– se sacó un poco de onda. Esperen un momento, dijo: si Vucic quiere que Serbia se una a la UE, ¿por qué se distancia de sus futuros socios europeos al enviar a su embajador a Jerusalén? ¿Acaso Vucic no recordó la insistencia de la UE en la solución de dos estados, una capital para los palestinos al igual que para los judíos en Jerusalén, etcétera, etcétera?

O bien –dada su expresión de asombro cuando escuchó a Trump anunciar el traslado de la embajada serbia a Jerusalén–, ¿acaso Vucic tenía la menor idea de lo que estaba haciendo, por principio de cuentas?

Es muy posible que no. Cuando llegó a Kosovo, el 18 de junio de 1998 –con su «cara de niño, gruesos labios y rápida sonrisa», anoté con poca amabilidad en The Independent en esa ocasión–, era la voz fiel del dictador Milosevic. Todo lo que el que pronto sería declarado criminal de guerra deseaba en Kosovo, nos dijo Vucic, era paz, diálogo y derechos humanos para todos, incluido 90 por ciento de la población musulmana kosovara albanesa.

Vucic también había sido vocero de Vojislav Seselj, líder de la milicia serbia que llevó a cabo la limpieza étnica en gran parte de Bosnia. Seselj dijo que sus hombres sacaban los ojos a croatas con «cucharas oxidadas», nada menos. Por eso le pregunté a Vucic acerca de Srebrenica. No había razón, me dijo entonces, en usar comparaciones con Bosnia y –aquí todos contuvimos el aliento– con «el vocabulario de la situación en Srebrenica». Esa palabra «situación» salió de los labios de Vucic, terrible expresión para la ejecución de más de 8 mil musulmanes en fosas comunes que ocurrió después de la rendición del «refugio seguro» de Srebrenica a los asesinos serbios, en 1995.

Allí estaba Vucic, el ministro de información, menos de tres años después de la masacre, palmeándonos el hombro con «la situación», mientras nos daba lecciones sobre deber cívico, derechos constitucionales, patriotismo y no violencia. Así pues, ¿por qué habría de sorprendernos descubrir que ese mismo joven alto, algo desgarbado, pero listo, había acompañado al monstruoso Vojislav Seselj (bajo un velo de sigilo y en compañía de agentes de seguridad iraquíes) a Bagdad como invitado del partido Baaz de Saddam Hu-ssein? Seselj tuvo una larga reunión con Saddam –Irak estaba devastado tras 10 años de sanciones impuestas a raíz de la invasión de Kuwait, en 1990– después de aterrizar en el aeropuerto de Damasco, en Siria, y ser escoltado por guardias tanto sirios como iraquíes al puesto fronterizo de Wadi Ash Salan para el viaje por tierra a Bagdad.

Vucic, el ex ministro de información de Milosevic –quien sabía muy bien que Saddam había enviado telegramas de apoyo mutuo a Milosevic en plena guerra de Kosovo en 1999, cuando los serbios, bajo ataque aéreo de la OTAN, expulsaban de Kosovo a 200 mil musulmanes–, más tarde se convirtió en líder de la Serbia posterior a Milosevic. Ahora quería llevar a Serbia a la UE, y por tanto era amado por nuestros amigos de la UE en Bruselas y ahora aconsejado por –no contengan el aliento aquí, por favor– Tony Blair. Y, puesto que Blair ahora ha «aconsejado» al dictador de Uzbekistán y en fecha más reciente al líder golpista egipcio, el brigadier general presidente Al Sisi, Vucic está en buena compañía.

Un seguro par de manos, pues, recibido con calidez en Downing Street y Bruselas; no sólo un hijo pródigo, sino un hombre cuya decisión de aceptar una resolución negociada sobre Kosovo –reconocer un fallo de la Corte Mundial de que la declaración de independencia de Kosovo fue legal– fue saludada por nuestra élite en Bruselas como «importante parteaguas». Todo lo cual aceleró la solicitud de Belgrado de conceder la membresía en la UE.

Bienaventurados los pacifistas. Vucic, desde luego, hizo todo lo correcto. Dirigió el Partido Progresista Serbio, fue odiado de corazón por su viejo amigo Seselj –quien fue exculpado de crímenes de guerra en Bosnia después de pasar ocho años en prisión en La Haya– e incluso se presentó en el servicio memorial en Srebrenica, donde Bill Clinton exigió apresuradamente a los dolientes que le estrecharan la mano. No lo hicieron, y él salió corriendo de la escena.

Pero todo esto es mero contexto. A los israelíes no les preocupa el pasado de Vucic en las guerras balcánicas. Ni sus viejos amigos de mala fama. No es difícil, desde luego, ver por qué los israelíes instintivamente ven con buenos ojos a los serbios. Partisanos serbios salvaron de Hitler a muchos judíos y, durante la Segunda Guerra Mundial, los serbios compartieron el destino de muchos miles de judíos en uno de los campos de concentración más sádicos de los nazis croatas, en una pequeña ciudad llamada Jasenovac, en el río Sava. Los lectores deberían buscar referencias de este terrible lugar de decapitaciones y tortura y quedar justamente conmovidos.

No sólo la Segunda Guerra Mundial vincula a israelíes y serbios de la actualidad. Durante la lucha de Kosovo por liberarse de los serbios, Ariel Sharon, entonces ministro israelí del Exterior, se opuso a la guerra de la OTAN contra Kosovo, despotricando contra el «terror islámico» en la provincia serbia. ¿Les suena familiar? Sharon había detectado con gran astucia que la OTAN había emprendido esa guerra para separar parte del territorio soberano de Serbia y concederle independencia sobre la base de que una mayoría de su población –los musulmanes kosovares– deseaban un Estado aparte.

«En el momento en que Israel exprese apoyo (a la OTAN)», dijo Sharon, “es probable que se vuelva la próxima víctima. Imaginen que un día los árabes de Galilea demanden que la región que habitan sea reconocida como un área autónoma, conectada a la Autoridad Palestina…” De ese modo Sharon, aunque fuera por breve tiempo, se volvió un aliado de Milosevic. No podría haber un Estado albanés en Kosovo, según Sharon, a riesgo de que más tarde el mundo decidiera que los ciudadanos palestinos israelíes de Galilea también deberían separarse. Muy aparte del futuro de la Cisjordania y Gaza ocupadas. Bueno, Kosovo obtuvo su independencia…

Así pues, el futuro embajador serbio en Jerusalén tendrá mucho de qué hablar con sus anfitriones israelíes. Y los israelíes, por supuesto, podrán charlar del mismo tema con el futuro embajador de Kosovo en Jerusalén. Seguro se convertirá en un debate formidable.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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