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Por Sergio Trabucco Ponce

Tomado de jornada

Hace 50 años, el 4 de septiembre de 1970, resultó ganador en las elecciones presidenciales Salvador Allende. Esa tarde fue inolvidable.

Formábamos parte de un grupo de cineastas que apoyaba al Canal 9 de Televisión de la Universidad de Chile; hacíamos reportajes en 16 mm, relatos periodísticos desde que tomamos el canal. Por ello, hace 50 años, estaba en el segundo piso de la sede de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, junto a Allende, cuando se dirigió al pueblo reunido en la Alameda.

No fue difícil acceder al lugar. La mayoría de los grupos de amigos del presidente, que integraban su guardia personal, eran compañeros militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, a quienes conocía.

Había tres grandes ventanas, con balcones; la del centro tenía uno más pequeño, desde donde hablaba el presidente. En la ventana de la derecha filmaba el documentalista Fernando Balmaceda; yo lo hacía desde la otra.

El pueblo en la calle manifestaba una alegría incontrolable. Allende estrenaba su palabra profunda como presidente electo: «Esta noche tomaremos la patria por la cintura para bailar una cueca larga hasta el amanecer. A su lealtad responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo, con la lealtad del compañero presidente».

La alegría de la gente era incontrolable, allende ganaba después de tres candidaturas, en 1952, 1958 y 1964.

Era tanta la gente reunida, que el presidente pidió al pueblo que no aceptara provocaciones: «Vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria».

Fue una campaña en la que nos comprometimos, construyendo sólidas relaciones de amistad y responsabilidad política en un amplio grupo de jóvenes que integramos el Comité de Unidad Popular de cineastas, con un manifiesto y el liderazgo de Miguel Littín, como presidente de Chile Films, productora del Estado.

El 3 de noviembre, Allende asumió constitucionalmente la presidencia de la República y Littín fue nombrado presidente del directorio de Chile Films en lugar de Patricio Kaulen, de Democracia Cristiana.

Yo asumí de secretario ejecutivo del Área Creativa, donde hicimos talleres de cinematografía junto con Patricio Guzmán, Fernando Bellet, Horacio Marotta, Douglas Hübner, y Sergio y Patricio Castilla.

Llegaron a aprender cine músicos como Víctor Jara, arquitectos como Orlando Lübbert y escritores como Sergio Marras, así como pintores, trabajadores y estudiantes.

Comenzó la restructuración de la empresa del Estado, que estaba orientada a ser prestadora de servicios y realizar un noticiario quincenal que iba a los cines. Los cineastas asumieron el compromiso político y reivindicaron la libertad creadora que da vida al arte.

En esos momentos de intensa discusión, el largometraje era mucho menos estimulante que el registro documental, como Casa o mierda, de Guillermo Cahn y Carlos Flores del Pino; Venceremos, de Pedro Chaskel; Santa María de Iquique, de Claudio Sapiaín; Entre ponerle y no ponerle, de Héctor Ríos; El primer año y La respuesta de octubre, de Patricio Guzmán, y Brigada Ramona Parra, de Álvaro Ramírez, con Samuel Carvajal y Leonardo Céspedes, entre otros.

Cineastas de otros rincones del mundo

El director estadunidense Saúl Landau dirigía ¿Qué hacer?, docuficción con participación cinematográfica que Raúl Ruiz desconoce. Vinieron el francés Kris Market y el alemán Peter Lilienthal.

Ese año, la Universidad Técnica del Estado fundó el Departamento de Cine y Televisión con el fin de “promover el desarrollo de una cinematografía chilena de vocación latinoamericana; Fernando Balmaceda, artista plástico devenido cineasta, realizó documentales, como El sueldo de Chile.

Con Miguel Littín iniciamos la filmación del documental Compañero presidente, de la que fui productor. Sería un dialogo político entre el presidente Allende y el intelectual francés Régis Debray, recién liberado de la cárcel de Camiri, en Bolivia. La filmación fue un acontecimiento.

Régis tenía una aureola guerrillera, irradiaba respeto intelectual que usó con cierta arrogancia para confrontar a un viejo político de gran carisma como Allende, que con su pecho erguido y reluciente como presidente de Chile respondía con certezas. En los breves descansos de la filmación, Allende desaparecía y al día siguiente nos enterábamos por la prensa que había firmado los primeros decretos y leyes que anunciaban la voluntad de un cambio real.

En los días que transcurrían mientras filmábamos fuimos testigos de cómo Allende inició la nacionalización de la industria textil, suscribió el acuerdo que instauraba la participación de los trabajadores en todos los ámbitos de la sociedad y comenzó a implementar su política económica.

Se crearon las tres áreas de propiedad: privada, mixta y social, ésta se constituirá con 91 empresas básicas. Además, dio los primeros pasos para la estatización de la banca y del comercio exterior.

La casa de Tomás Moro, el Palacio Presidencial de Viña del Mar y la vieja Intendencia de Valparaíso eran algunas de las locaciones en las que grabamos.

Para Littín, no fue fácil la filmación ni la edición de la película al ver al presidente empujado al límite por las preguntas de Debray. Hubo momentos en que lo veía preocupado, hablándole al oído al presidente.

Luego de revelar el material, en 16 mm, hicimos esfuerzos por sincronizar el sonido, pero era imposible. Mas mi experiencia me ayudó.

El Presidente quiere ver el material

Allende citó a Chile Films para ver el material. Nos preparamos en el estudio de sonido. En una mesita yo estaba con el grabador que reproducía la cinta magnética; minutos antes había descubierto el problema de sincronización y me preparaba a resolverlo. Todo mundo estaba sentado: Allende, Debray, el Coco Paredes, el Negro Carlos Jorquera, el Perro Augusto Olivares y Littín, quien me daba tiempo hablando al presidente.

Se inició la proyección y el equipo técnico, incluido el ingeniero de sonido Giorgio di Lauro, vio con sorpresa que el lip-sync era perfecto.

Durante la filmación, Coco Paredes «censuró» unos cuantos rollos de fotos y una cinta magnética de una parte del diálogo del equipo de Saverio Tutino, el famoso periodista y escritor italiano que estaba presente. Me pasó la cinta y los rollos para que los guardara.

Desde hace más de 49 años tengo los rollos sin revelar y la cinta sin volverla a escuchar.

Cuando debimos definir los títulos de la película, Littín decidió que ésta era una obra colectiva y puso una lista de los que habían trabajado, sin incluir sus cargos; así se cumplía el Manifiesto de los cineastas.

Tuve que ir a Argentina para realizar algunos procesos de la película, que, por ser en 16 mm, aquí no teníamos el equipo técnico para hacerlos.

Hicimos la primera proyección en la embajada de Chile en Buenos Aires. El cónsul, Ramón Huidobro, preparó una recepción. Recuerdo a Lautaro Murúa como uno de los invitados importantes.

Necesitábamos un proyector 16 mm y un proyectorista, que resultó ser Pablo Szir –quien estuvo en el Festival de Cine de Viña de 1967–, compañero de la directora y productora Lita Stantic.

Pablo fue secuestrado en 1976, y llevado más tarde a un centro clandestino de detención. Hoy es uno de los miles de desaparecidos que dejó la dictadura argentina.

No olvido que mientras cortaba el negativo de la película en Buenos Aires se sucedían los acontecimientos en la calle.

Entré al subterráneo del Laboratorio Álex durante el gobierno de Onganía y salí tiempo después con el de Roberto Levingston; un golpe de Estado más que acumularía en el cuerpo.

El productor argentino Edgardo Pallero fue mi colaborador más cercano y, conscientes del material delicado que teníamos, decidimos comprar una gran maleta de plástico de color vistoso para seguirle la pista en el aeropuerto. No me despegué de ella hasta verla subir al avión; era un vuelo directo a Santiago. Sin embargo, la tranquilidad duró poco: el avión hizo una escala no planeada en Uruguay, lo cual no hubiese levantado sospechas si luego no nos hubiésemos dado cuenta, al llegar a Chile, de que la maleta no venía en el avión.

Había sido bajada en Montevideo. Llamé a Coco Paredes, en ese momento director de la Policía de Investigaciones, quien pudo detener el avión hasta que LAN confirmó que la maleta había sido bajada en Uruguay «por error».

Obviamente, la CIA había metido la cola. Sin embargo, en la maleta no faltaba nada.

Por ello, recordar hoy el triunfo popular y sus inmensos logros y alegrías; sabemos que en unos días estaremos tristes al evocar la acción más artera y criminal que fue el golpe militar. La CIA seguía todos los pasos.

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