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Tomado de jornada

José Steinsleger

El gran historiador cubano Eusebio Leal (fallecido hace poco en La Habana) me contó una historia singular. La historia tuvo lugar en 1634, cuando el navío que transportaba al nuevo gobernador de Cuba, el capitán general Francisco Riaño y Gamboa, naufragó frente al puerto de Mariel.

El enviado de la corona se lanzó al mar con el pergamino de su nombramiento, llevándolo a nado con una mano en alto, para evitar que se mojara. Pregunté a Eusebio si, dada la emergencia, aquella acción tenía sentido. Respuesta: «Para hombres como Riaño y Gamboa, conservar intacto el pergamino y salvar la rúbrica real, era salvar su dignidad y honor».

Creo haber captado las palabras de Eusebio. Pues a pesar de que durante tres siglos España castigó sin piedad a los pueblos de la América triétnica, sus autoridades guardaban cierto sentido de la dignidad y el honor.

Las cosas empiezan a cambiar. El propio sistema empieza a poner freno a personajes que, al decir del presidente Alberto Fernández, operaban en los «sótanos de la democracia». Empezando por Donald Trump (frente al que cualquier otro gobernante sería más honorable) y personajes lumpen de la política, como Jair Bolsonaro, Jeanine Áñez, Lenín Moreno, Iván Duque y Sebastián Piñera.

Varios ex presidentes podrían terminar en prisión en caso de que la justicia avance con sus investigaciones. El narcoparamilitar y asesino Álvaro Uribe ya cumple arresto domiciliario por orden de la Corte Suprema de Colombia. Mauricio Macri, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto siguen en la lista.

Sin embargo, todos cuentan con el abrumador respaldo de los medios hegemónicos al servicio del capital financiero, ONG coordinadas y financiadas por el Departamento de Estado, y las redes antisociales del Gafam (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft). Junto con docenas de jueces y fiscales que, en Washington, son adiestrados en lawfare (persecución judicial).

Algunos se expresan en términos que revelan su catadura ética y moral. En Bolivia, la golpista Áñez declaró: “No permitiremos que los ‘salvajes’ [sic], vuelvan a gobernar”. Término similar al de «alienígena», usado por la esposa de Piñera para referirse a los que protestan en Chile contra el modelo neoliberal.

El ministro del Interior de Áñez, Arturo Murillo, manifestó que sería «políticamente correcto meter bala» (sic), a los que cortan rutas para exigir elecciones. Asimismo, cuando se decretó la cuarentena, Macri sugirió al presidente Fernández: “Que se mueran los que tengan que morirse… hay que cuidar la economía”.

En días pasados, en Brasil, un periodista preguntó a Bolsonaro por un dinero de origen incierto depositado en la cuenta de su esposa. El gobernante respondió: «Me dan ganas de cerrarte la boca a trompadas». Y de otro periodista se mofó diciendo que tenía «aspecto de homosexual».

Ninguna de esas expresiones fueron motivo de preocupación de la franquicia llamada Fundación Internacional para la Libertad, que dirige el «capitán general» (o marqués) Mario Vargas Llosa. Así como tampoco indignó a los cagatintas que en México se pronunciaron «contra la deriva autoritaria» de Andrés Manuel López Obrador.

En la agenda golpista de las derechas sin votos y sin pueblo, el orden del día consiste en renegar del diálogo y la política. Sosteniendo que gobiernos como los de Argentina y México usan la pandemia para «ganar tiempo» y propiciar (creáse o no), la «instauración del comunismo».

En Argentina, las marchas de la oposición contra la reforma judicial (convocadas por el macrismo e impulsadas por el multimedios Clarín, La Nación y el tóxico portal Infobae) vienen construyendo una peligrosa ausencia de sentido.

Patricia Bullrich, ex ministra de Seguridad de Macri, declaró que no podía haber una justicia «a medida del gobierno». Omitiendo que su jefe nombró a dos jueces en la Corte, y designando, expulsando o moviendo fiscales de un juzgado a otro. Y junto con ella, un manifestante que, a los gritos, calificó de «mito» la pandemia, al tiempo de exhortar que se condene a China «por haber soltado el virus»…

Hasta el cínico papa Borgia creía, quizá, en la cruz que maltrataba. Como los griegos, que enviaban a sus filósofos allende el mar para convertir a los sicilianos a sus doctrinas. Aunque sus fines fueran inmorales, los grandes imperios escogían a funcionarios y pensadores a los que encomendaba con cartas de moralidad. Los de hoy, en cambio, carecen de credenciales. Pero los fines son iguales.

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