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Privar a la gente del derecho más simple, ver el mar, es un crimen de la ocupación israelí. Toda una generación en Palestina creció sin saber lo que significa el mar.

Tomado de palestinalibre

El 8 de agosto empezaron a filtrarse noticias sobre cientos de mis Palestinos de la Ribera Occidental «contrabandeando» su camino al país que les fue ocupado en 1948; en especial a las ciudades costeras de Palestina: Jaffa, Acre y Haifa. Atravesarían por aperturas en el muro del apartheid, no por un puesto de control, tan solo por una apertura en el muro del apartheid. Decidí ir y documentar un momento que tal vez no se repita a menudo, o tal vez nunca, mientras exista la ocupación en esta tierra. Así, sin pensarlo demasiado, decidí documentar el momento en que estos Palestinos conocen por primera vez en su vida el mar de su país, documentar sus emociones, pensamientos y sentimientos.

Viajé desde Reineh, mi pequeño pueblo en el área de Nazareth, a Jaffa. Apenas llegué, me dirigí hacia la playa con tres cámaras. Me sentía tan atraída a ese momento y ese raro evento que no me importó el peso que cargaba, y la dificultad de tomar fotos y videos al mismo tiempo por mi propia cuenta.

Empecé a caminar por las calles de Jaffa, moviéndome entre sus playas y parques. Estaba muy emocionada por lo que veía. Nunca había visto Jaffa así antes, la mayoría de quienes veía eran Palestinos. En todos los lugares que erraba, la conversación era abrumadoramente en Árabe. Por todo alrededor veía Palestinos, como si viviera en un período de tiempo diferente al cual vivo. Ví mujeres Palestinas en sus ropas tradicionales y jilbabs con la hijab en todos lados. Ví personas y niños divirtiéndose, escuchando música, y contemplando la naturaleza. Esparciendo su comida sobre la hierba y la arena de la playa de forma espontánea. Olí el maqluba Palestino, me volví hacia el aroma y ví a unas diez personas sentadas alrededor de una gran cacerola. Una mujer sirve el plato en una bandeja grande esparciendo el dulce aroma en el aire de Jaffa. Seguí adelante y vi un grupo de jóvenes preparando narguile y colocando frente a ellos un plato de yogur empapado en aceite de oliva, al lado un plato de aceitunas verdes en escabeche y un cuenco de sandía.

Mientras caminaba, vi que lo debería ser común en este país: los rostros y los aromas de la presencia Palestina. Ver Jaffa abarrotada con sus habitantes originarios.

Peguntaba a todos quienes pasaban frente a mí acerca de sus sentimientos sobre este momento. Las lágrimas se deslizaban desde mis ojos por la intensidad de la escena, lloré sin saber la verdadera razón por la cual lloraba. Me afectaba la escena, el dolor por Jaffa y su Nakba, ¿o era por la alegría y esperanza por un futuro diferente?

Privar al pueblo Palestino de el más simple de los derechos en su país de nacimiento, el cual es ver el mar y disfrutar la naturaleza, es un crimen de la ocupación Sionista Israelí con el pueblo Palestino en la Ribera Occidental. Una generación entera en Palestina creció sin saber que significa el mar, el significado de nadar en sus aguas y sentir su sal.

Ahora que estaba junto a los corazones de mujeres, hombres, niños, niñas viendo el mar por primera vez, mis sentimientos se esfumaron. Con sus ojos y sentimientos me movía de lugar en lugar. Charlé, comí, intercambié sonrisas, lágrimas y alegrías con ellos. Jugué con niños en la playa y quien quiera me pedía una foto, se la tomaba de inmediato. El paisaje y momentos eran emocionantes, llenos de historias y significados.

Con mis ojos ví a quienes lloraban frente al mar. Ví a los que se detenían asombrados frente a mí, sin poder hablar a la cámara durante unos pocos minutos. Ví a los que reían, los que sufrían, ví y viví con todos ellos los contradictorios sentimientos que experimenta un Palestino en su propia tierra.

Mahmoud, 45 años de edad, de Nablus, se encuentra junto al muro cerca del puerto junto a su esposa, hija e hijo. Mira al mar una y otra vez, disfrutando la risa de sus dos hijos. Un fuerte ola golpea contra el muro, los dos hijos corren de ella y el sonido de sus risas lo llena todo. Me acerco a esta familia, les fotografío y pregunto a Mahmoud por los sentimientos y experiencia que pasó para llegar a Jaffa y el mar. “Vine ‘de contrabando’ por una apertura [en el muro del apartheid]. Yo, mi esposa y mis hijos. Despertamos a las 5.00 de la madrugada, después que el bus empezó a moverse escuchamos disparos de fuego y granadas de ruido. Tengo 45 años, una hija y un hijo. Estamos viendo el mar por primera vez en nuestras vidas. En todo mi vida no había sentido el olor del mar o su sal. Hasta este momento. No puedo entrar aquí por razones de seguridad, pues fuí prisionero por 8 años. En toda mi vida, hasta este momento, no había visto mi ciudad, Jaffa, soy de aquí, soy de Jaffa. No puedo creer que en verdad estoy en y alrededor de Jaffa…Jaffa, de la cual escuché tanto de mis padres, abuelo y mi abuela. Recibí una llamada, la apertura por la que vinimos fue cerrada por el ejército.”

Desde el momento que supe que había sido prisionero y que se le negaba la entrada por razones de seguridad, apagué la cámara y continué escribiendo. Me hablaba con una bella sonrisa y una voz llena de ansiedad.

Le pregunté, “¿Tienes miedo de regresar a la Ribera Occidental?”

Respondió, “No sé qué sucederá, pero estoy feliz con el momento que estoy viviendo ahora, estoy en mi ciudad por primera vez en mi vida. No deseo pensar en lo que vendrá. Es suficiente para mí ver la alegría en mi hijo e hija. Estoy muy feliz que mis hijos hayan visto el mar durante la infancia, yo crecí sin saber lo que es el mar, hasta este momento.”

Sonreí y pregunté, “¿Qué piensas de Jaffa?”

Respondió, “Jaffa… no puedo encontrar las palabras para describirla, y no hay palabras que describan mis sentimientos en este momento.”

Tomé unos dulces desde mi bolso y se los dí a los niños, me despedí de la familia y les prometí que las fotos se quedarían conmigo, sin publicar, por su seguridad y que solo se las enviaría a ellos. Intercambiamos números de teléfonos y continué caminando hacia la playa en el barrio de Manshiyya.

Mientras caminaba, recordé que se me negó ver el mar durante tres años, durante mi detención y encarcelamiento. Lo visité cada semana antes de mi arresto. Esta experiencia me hizo sentir cada palabra que estas personas compartieron conmigo. El mar entrega bellos sentimientos y confort psicológico a todos quienes sufren presiones constantes en la vida, especialmente cuando han sido causadas por la ocupación todos estos años.

Llegué a la playa en el barrio de Manshiyya, un barrio que fue convertido en parque después de ser destruido completamente en 1948. Nada quedó salvo una construcción Palestina que fue psoteriormente transformada por la autoridad Israelí en un museo llamado “Etzel Museum”, en celebración de la milicia Sionista que destruyó el barrio y lo limpío de palestinos durante la Nakba. Tomé mis zapatos y empecé a caminar descalza por la arena.

Mis ojos se detuvieron en Samah, de 32 años, quien miraba reventar las olas sentada sobre la arena en su jilbab negra. Cuando me acerqué para preguntarle sobre el momento que vivía, me pidió que dejara de filmar, “Escribe, no filmes”. Respeté su pedido, apagué la cámara y volví al cuaderno y el lápiz. Pregunté: “Es esta la primera vez en tu vida que ves el mar?”

Respondió, “Sí, esta es la primera en mi vida que veo el mar y entro a nuestro país del ‘48. Soy de Tulkarm, mi esposo es un martir y yo tengo denegada la entrada por razones de seguridad. Mi esposo fue asesinado cuando regresaba del trabajo en Jaffa, volvía a Tulkarm a través de un ruta prohibida, sin su permiso, cuando fue visto por la armada y le dispararon.

Se detiene y llora, después continúa, “Esta es la primera vez que descubro que la sal del mar sabe como las lágrimas que corren de mis ojos.”

Respiré profundamente, junto a sus palabras sentí mi corazón detenerse. No pude terminar la conversación. Lo que dijo fue suficiente para resumir la realidad y la historia. Besé su frente y dije: “Bienvenida a tu tierra natal en Jaffa”. Sonrío y empezó a jugar con las olas del mar. La dejé y seguí caminando, buscando otra historia o otra lágrima de sal de este mar.

Documenté muchas escenas con mi cámara, escribí muchos recuerdos, todos momentos llenos de sentimientos y significados. Pero la historia más importante que debe ser contada cada vez y en todo lugar es que somos un pueblo que ama la vida. Y que toda esta tierra desde el río hasta el mar se llama Palestina. Y que el silencio del mundo sobre esta ocupación y contra este pueblo es el mayor crimen. La vista de nuestras ciudades en la costa Palestina, tal como Jaffa, Acre, Haifa y Umm Khaled “Netanya”, lleno con sus habitantes originales, debería ser el paisaje natural de esta tierra.

Dareen Tatour

Poeta, fotografa y activista Palestina, ciudadana israelí, vive en Reineh. Dareen estuvo cerca de tres años en prisión y arresto domiciliario bajo cargos de incitación al odio y apoyo a organizaciones terroristas después que publicó su poema «Resiste, mi pueblo, resistelos» en redes sociales.

Puedes seguir a Dareen Tatour en:

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Twitter @dareen_tatour
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YouTube: @DareenTatour

Fuentes:

Mondoweiss: The salt of the sea, for the first time in Jaffa
Traducción del inglés, Felipe Alvarado Diaz para Palestinalibre.org

Copyleft: se permite el uso de esta traducción siempre que se mantenga enlace al original al inglés y a la traducción de Palestinalibre.org

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Dareen Tatour en Mondoweis.net – Traducido para Palestinalibre.org por F.A.D

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