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Tomado de kaosenlared

Por Luz Marina López Espinosa

Y perdóneseme lo impiadoso del título. ¿Pero entonces por qué de él? Justamente porque lo que se quiere resaltar con esa antinomia, es la absoluta discordancia, el contraste inconciliable que hay entre el arte y la muerte. Más: entre el artista y el homicida. Entre el que canta lo existente, lo recrea, enseña y delecta de una parte, y el pérfido que desconoce todo ello y de contera lo destruye, de la otra. Y lo peor, el atributo de arte que esta le quiere dar a su desmán. “El asesinato considerado como una de las bellas artes” es el provocador título de un celebrado ensayo del inglés Thomas de Quincey.

Y no es gratuita esa consideración. Es cara y en grado sumo, si constatamos que desde siempre, hoy agudizado -¡y en qué forma!-, el mundo del poder, el político que es el que más cuenta, reivindica y ejerce como atribución fundamental, facultad que ostenta como gracia sacrosanta, el matar. Pero no como un crimen. No. A la manera de un arte que en vez de degradarlo lo enaltece, y que incluso es ennoblecido con eufemismos de diverso tipo. Así, el Estado nunca –jamás-, quita la vida, sino apenas “neutraliza”. No comete un homicidio, sólo “da de baja”, confiriendo de paso estatus criminal a la víctima; no perpetra un crimen, se limita a “poner fuera de combate”, rotulando con ello de ofensor al ofendido; y no asesina, sino escasamente hace uso de la violencia legítima del Estado. Así la víctima haya sido un niño. Y que cuando se afirma un hecho de éstos, nadie incurra en la doblez de decir que cuándo, que cómo, que dónde. Son los obituarios ignorados los que hablan.

Las policías son iguales en todo el mundo. Son la misma. Es como un dispositivo que el poder instala en la mente de algunos hombres de modesto origen pero sedientos de escalar socialmente y codiciosos de ser –o creer serlo- poder y asegurar de por vida su situación económica. Ese pequeño accesorio fija en el cerebro del iniciado en las instituciones policiales además de un arraigado sentimiento de solidaridad entre ellos, unas ideas centrales que jamás admitirá discutir y que nunca abandonará: son clase superior frente al resto de la sociedad –léase civiles; representan la majestad del Estado y su autoridad, siendo en consecuencia la violencia que ejecutan a más de justa, legítima. Esta, la explicación de algo que esa clase destituida, “el resto de la sociedad”, no logramos nunca comprender: la facilidad con la que un policía le quita la vida a un ser humano llámese George Floyd en el civilizado Estados Unidos, o Ánderson Arboleda en la salvaje Colombia. Y hacerlo sólo por el inefable placer de hacerlo. Y como el centinela que entrega la guardia, “parte sin novedad”.

En Colombia creíamos –esa clase inferior de la sociedad, la civil a despecho de la “soberanía popular” que consagra la Constitución-, que aquí teníamos la policía más violenta del mundo. Ello, sin necesidad de más prueba que la de reparar en el crimen de cada día. Pero descubrimos que hay una injusticia en ello. La estadounidense es la más asesina. Allí, como fue magníficamente revelado en este mayo del 2020 con la muerte bajo tortura de George Floyd, matar negros es deporte nacional de los policías. Con impunidad garantizada por el guante de hierro de las bisagras del poder. O si no, que lo diga Barak Obama, el afrodescendiente bajo cuyo mandato se mató el mayor número de negros en los últimos cincuenta años. Pero si volvemos a la televisión, cambiamos de opinión, y nos decimos “No. No es la gringa; la turca es la más asesina”; y al cambiar de canal descubrimos que no, que la más asesina es la chilena. Mas no. Estamos equivocados: todas son iguales.

Y son iguales las policías del mundo, porque son la misma, mismos hombres y mujeres. En todas partes el estribo que aguanta la techumbre del poder cuyas obscenidades amenaza desplomar. Aquí y allá, remedio para el mismo mal. La barbarie uniformada aplacando a los desadaptados, a los vándalos, los terroristas, insensatos dizque indignados por las perfidias de un poder que es de todos, todo nos da y al que todo le debemos. Tal la respuesta a la incógnita que desde el mundo de los sin poder nos acucia al contemplar los cráneos abiertos y los ojos sin luz: ¿por qué tanta brutalidad policial contra los marchantes, por qué tanto odio contra ellos?

Y a las pruebas nos remitimos. En un repaso ligero –no exhaustivo-, de los medios del último año, en Colombia han “fallecido” en “hechos confusos”, las siguientes personas:

-Miller Janier Arias Carrillo de 27 años, asesinado en febrero de 2019 en Sabanalarga (Atlántico) en el curso de una requisa policial. Habría intentado desarmar a los policías.

– Ángel Sepúlveda Jaramillo de 26 años, y un menor de 15 en marzo de 2019, asesinados en Santa Rosa de Osos (Caldas), en un episodio de los célebres “falsos positivos”. Habrían sido “dados de baja” en fiero combate. Año y medio después, en este julio de 2020, la Justicia imputó el homicidio a varios policías, y como muestra de su rigor los envió a prisión domiciliaria.

-Carlos Mauricio Cuaces de 24 años, hijo de un exgobernador indígena, asesinado en septiembre de 2019 en el municipio de Guachucal (Nariño). Acababa de terminar estudios de Derecho en la Universidad Santiago de Cali. Según el comandante de la policía, murió en un enfrentamiento. Otro episodio los “falsos positivos” que han quitado la vida a entre seis y siete mil campesinos y jóvenes pobres de las ciudades.

-Yobani Albeiro Jiménez Hoyos de 46 años, comerciante y político, asesinado en octubre de 2019 en el municipio de La Vega (Cauca) en el curso de una requisa policial. Habría intentado desarmar a los policías.

-Dos personas en Buenaventura y una en Candelaria (Valle del Cauca) asesinadas por la policía el 21 de noviembre de 2019 en el marco de las multitudinarias marchas que en ejercicio del derecho constitucional a la protesta se realizaron en todo el país por la situación social y económica.

-Dilan Cruz de 18 años asesinado el 23 de noviembre de 2019 en pleno centro de Bogotá en el marco de las multitudinarias marchas pacíficas de protesta que comenzaron el día 21, por el capitán de la policía Manuel Cubillos que sin mediar agresión ni enfrentamiento alguno, le disparó por la espalda con un arma letal a la cabeza. Se convirtió en el caso emblemático de la criminalidad policial, y generó un reclamo masivo por acabar el ESMAD, organismo de ese cuerpo encargado de reprimir las protestas ciudadanas.

-Jorge Henao Sánchez de 27 años, asesinado en diciembre de 2019 en Aguachica (Cesar) en un retén policial en el que el decomisaron la motocicleta en la que se transportaba. Los policiales alegaron que los iba a desarmar.

-Josué Zuleta de 18 años y dos jóvenes más, heridos a tiros de fusil en diciembre de 2019 por la policía del municipio de Ocaña (Norte de Santander) cuando huían de hombres armados que dispararon contra ellos.

-Mario Alberto Gallego joven campesino asesinado en enero de 2020 en Pueblo Rico (Antioquia) en el marco de una requisa policial. Según lo homicidas, intentó desarmarlos.

-Ángel Daniel Revelo de 23 años, falleció en la ciudad de Pasto (Nariño) el 29 de mayo de 2020, después de estar diez días en una unidad de cuidados intensivos (UCI) producto de una paliza que policías le propinaron en su propia casa en el municipio de Cumbal (Nariño).

-Keiner de León Fabia de 24 años, asesinado en junio de 2020 en Maicao (Guajira) por policías cuando salió de su residencia a un potrero vecino a alguna necesidad.

-Kevin Arias de 23 años, asesinado en julio de 2020 en el barrio Kennedy de Bogotá en el curso de una requisa en la cual, los policías ingresaron a su residencia, lo golpearon delante de su familia y luego le dispararon.

-Ánderson Arboleda de 21 años, asesinado en junio de 2020. Cuando el mundo entero estaba levantado por el cruel asesinato de George Floyd en los Estados Unidos, al mismo tiempo, en la población de Puerto Tejada (Cauca), la policía asesinó a garrote a este joven negro que prestaba servicio militar y deseaba seguir esa carrera. Sucedió en la puerta de su casa porque según los policías, “estaba violando la cuarentena por el Covid-19”. El comandante de la policía manifestó no tener absolutamente ninguna noticia del caso

– Duvan Aldana de 15 años, asesinado con un disparo en la garganta en junio de 2020. Durante un desalojo en medio de la cuarentena por la pandemia, en Soacha., sur de Bogotá.

Hay un doble aspecto en esto de los crímenes policiales, y que justifica lo aquí dicho sobre su correspondencia con una política del poder. Uno, que son tajantemente consentidos por los superiores, lo cual se expresa en la legitimación que de inmediato hacen de ellos, junto con el irrestricto respaldo al autor. Porque para esos mandos son tantas las bondades ínsitas en el acto en que “neutralizaron”, “dieron de baja”, o “pusieron fuera de combate”, a “un sujeto” –no ciudadano, no estudiante, no obrero-, tantas las virtudes de abnegación y patriotismo que en él muestran sus subalternos, que es lo que justifica el aserto que enmarca este artículo: matar como un arte. O mejor, el asesinato como una de las bellas artes.

El segundo aspecto no menos odioso que el anterior, es la absoluta unanimidad como el periodismo narra ese tipo de hechos. ¿Cómo? Con una sola expresión que cuando asoma en el diario o en el telediario, sin necesidad de oír más ni leer un renglón del texto noticioso, ya sabemos que se trata de un homicidio policial: “confusos hechos”. Este eufemismo con el que todos los medios arropan estos crímenes, dice suficiente del periodismo como superestructura al servicio del poder dominante. No ha habido uno solo que llame por su nombre la muerte de un civil a manos de un policía. Proscritos los vocablos “crimen” y “asesinato”, con los que tan feliz y abusivamente los medios hostigan a sus contrarios o al ciudadano corriente así el hecho no amerite tales calificativos.

Sin embargo, ni siquiera se puede deducir de estos crímenes la dimensión estética que en clave de ingenio, ironía y humor, Quincey le deriva al asesinato en su famoso texto. No alcanzan para tanto. Son apenas la negación -¡y desde las cultivadas élites!-, de todo aquello que la humanidad al precio de degradaciones, pestes, exterminios y felices redenciones, creía haber construido en su cruenta travesía de la barbarie a la civilidad.

Alianza de Medios por la Paz

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