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Tomado de jornada

Arturo Balderas Rodríguez

En sólo 12 semanas el Covid-19 es responsable de más de 100 mil muertes en Estados Unidos. La cifra supera a la de los soldados de ese país que murieron en las guerras de Vietnam, Irak y Afganistán. Quienes condujeron el destino estadunidense en los años que duraron esos acontecimientos, admitieron la gravedad de su responsabilidad por haber enviado a miles de soldados a morir en ellos. Pero Donald Trump, después de ignorar las llamadas de atención que desde enero le hicieron especialistas dentro y fuera de su gobierno sobre la presencia y el peligro que entrañaba el Covid-19, ahora dice no ser responsable por la devastación que ha ocasionado. Un estudio de la Universidad de Columbia revela que se pudieron salvar decenas de miles de vidas de haberse atendido los llamados de los especialistas.

En el marco de la desolación causada por la pandemia y la crisis económica, otro dramático hecho se suma a la zozobra social. Un policía blanco en Minneapolis, Minnesota, sin razón alguna, azota contra el suelo a George Floyd, un indefenso ciudadano afroestadunidense y lo mantiene sometido durante casi 10 minutos hasta que muere de asfixia. En el video que uno de los azorados transeúntes grabó, se puede escuchar a Floyd suplicar al policía que le permita respirar porque lo está ahogando. El suceso no puede calificarse más que como acto de barbarie, han concluido líderes políticos y comunitarios, así como de los millones que han visto el video.

La brutalidad policiaca y la saña en contra de afroestadunidenses y latinos no es nueva. Son cada vez más frecuentes las veces en que, abusando de su calidad de depositarios de la coacción del Estado, saltan los límites y normas a las que están sujetos, y violan los más elementales derechos humanos. Hartos de que estos abusos se repitan una y otra vez, miles de personas han dicho «basta» lanzándose a las calles en airadas protestas. Quien haya visto la desesperación con que Floyd clama por su vida y la saña con que durante casi 10 minutos el policía continúa asfixiándolo, estará de acuerdo en que la ira e incluso los excesos cometidos durante las protestas son un desahogo en contra del racismo, cuya expresión más acabada es el asesinato de afroestadunidenses y latinos.

Por lo visto, los programas que después de cada uno de estos asesinatos se hacen para educar a los cuerpos policiacos no son suficientes para hacerles entender que afroestadunidenses, latinos y otras minorías merecen un trato igual a otros los seres humanos. La conclusión, no sin alguna razón, es que la historia negra de Estados Unidos no tiene límite ni fin.

Con la torpeza e insensibilidad que lo caracterizan, el presidente Trump buscó enemigos y no razones, amenazando con usar la violencia para combatir la violencia, una más de las erróneas y desmesuradas respuestas a cada crisis que enfrenta. En tan solo una semana, la sucesión de sus desatinos es memorable: en contra de la opinión de especialistas dentro y fuera del gobierno, ordenó a los gobernadores abrir la economía de sus estados; amenazó con prohibir el uso del voto postal, argumentando que se presta a fraudes, cuestión sobre la que no hay prueba alguna; polemizó agriamente con una de las más importantes redes sociales (Twitter), y con un periodista de la cadena CNN. Para rematar, retiró a Estados Unidos de su participación en la Organización Mundial de la Salud en los momentos en que la actuación conjunta con ese organismo es clave para las naciones que la integran.

Pandemia, barbarie y crisis económica se ceban ahora con mayor furia en contra de los más necesitados. En medio de esas calamidades, el presidente de la nación más poderosa del orbe apuesta por apagar con gasolina el fuego que por doquier se enciende. Sólo cabe desear que, si los Idus de Marzo se han de repetir, su redición sea más benigna.

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