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Tomado de jornada

Marcos Roitman Rosenmann

Poco sabemos de su vida privada. Supo distinguir los espacios en los cuales actuaba. No mezcló ni dio pie a fabulaciones. Maestro de instituto, historiador, republicano y militante comunista. Todo por vocación. Entendía la política como una responsabilidad ciudadana. Sus trincheras fueron muchas. El aula de clase, la alcaldía de Córdoba, el Parlamento andaluz, la Cámara de diputados, la dirección política en Izquierda Unida, el Partido Comunista y últimamente en El Frente Cívico y la Unidad por la República. En todas dejó huella. Su presencia no pasaba desapercibida. Sentía orgullo de ser comunista. «¡Yo soy rojo! Soy partidario de la revolución, de negar lo existente. Yo no asumo los valores del sistema. Soy un antisistema.» Poseía una amplia cultura poética y literaria. Hombre de principios, no avasallaba con citas eruditas, ni rehuía el debate cuerpo a cuerpo. Así se ganó el respeto. No buscó honores. Espejo de muchos, pocos han seguido su ejemplo, aunque se le reivindica. La dignidad supone humildad, no se encuentra en Twitter, Instagram ni Facebook. Preguntado sobre su regreso a las aulas, renunciar a su pensión como diputado y pedir la suya como maestro de escuela, respondió: «El que, al perder el coche oficial, sienta que ha perdido la vida, es un tonto químicamente puro. Un indigente moral y, si se me permite la palabra, un gilipollas».

De plante erguido, miraba de frente, sabía escuchar. Transmitía seguridad y convicción. Su autoridad no provenía de doctorados o matrículas de honor, radicaba en su coherencia, en sus argumentos. Ése era su poder. Decía de sí mismo: «Soy un soñador». No practicó el oportunismo político, el insulto ni la mentira como arma política. Sobrio pero contundente. Y eso irritaba. Desnudaba las vergüenzas de adversarios y enemigos. Respecto al PSOE sentenció: “…es una izquierda de estampilla y va siempre detrás de la derecha”. En más de una ocasión dejó sin palabras a entrevistadores, contertulios o diputados. Le temían. Así, una élite política mediocre, sin principios, forjada alrededor de una derecha franquista y una socialdemocracia claudicante, buscó su descalificación, lo tildó de iluminado y quijote trasnochado. Sus enemigos, en campo propio y ajeno, no cejaron en ridiculizarlo. Bregó a contracorriente, se enfrentó con gallardía y salió victorioso.

Julio Anguita vivió la política en los años 70 del siglo pasado. La guerra fría era el contexto. Un mundo convulso. La represión franquista y la transición. Los pactos de la Moncloa, las primeras elecciones generales, la Constitución de 1978. Los golpes de Estado en América Latina y la primera crisis del petróleo mostraban un capitalismo en transformación. Los 80 tampoco fueron buenos para la izquierda. El neoliberalismo se imponía en Europa. No importaba si era François Mitterrand, Margaret Thatcher o Felipe González. Olof Palme, la conciencia crítica de la socialdemocracia, era asesinado el 28 de febrero de 1986. En Estados Unidos gobernaba Ronald Reagan. La guerra de las galaxias y el anticomunismo. En 1989 caía el muro de Berlín y en 1991 se disolvía la Unión Soviética. En Italia, el PCI se inmolaba. ¿Cómo seguir siendo comunista si se anunciaba el fin de la historia?

En el ocaso del siglo XX se acuñó la idea de derrota política e ideológica de la izquierda. Anguita se reveló. Devolvió la ilusión a la izquierda. Mantuvo el proyecto anticapitalista, se enfrentó a los detractores, defendió la democracia como parte del programa y luchó contra la corrupción. No tuvo reparos en subrayar que «pedir más democracia dentro del capitalismo es como pedirle a un tigre que se haga vegetariano».

En España, el PSOE gobernaba desde 1982, había ingresado a la OTAN, aprobado Maastricht y el quinto centenario del descubrimiento, era política de Estado. Pero Felipe González y sus gobiernos entraron en barrena. Sus escándalos destaparon corrupción: el caso del director general de la Guardia Civil, Luis Roldán; enriquecimiento ilícito: las cuentas secretas del gobernador del Banco de España, Mariano Rubio; el terrorismo de Estado: los GAL, y el tráfico de influencias de Juan Guerra, hermano de Alfonso, trajo su renuncia a la vicepresidencia del gobierno. Aznar ganará las elecciones de 1996, con su «¡Váyase, señor González!» Anguita busca salidas y hace más fuerte a Izquierda Unida. Tras un primer infarto en 1993, en 1998 fue operado de urgencias, pero sigue bregando. Su figura se agranda. Pero, a punto de las elecciones generales de 2000, a fines de 1999, sufre un tercer infarto; deberá renunciar a su candidatura. Supuso un terremoto en la izquierda política y social. La traición fue ocupando el vacío político que dejó Anguita. Tal vez la más sonada: Rosa Aguilar, la alcaldesa de Córdoba. Escuchó el llamado del PSOE, ocupó la Consejería de Justicia e Interior con Susana Díaz, y fue ministra de Medio Ambiente con Zapatero, hoy en la irrelevancia política.

Tras la muerte de Julio Anguita, un vecino, bancario, economista y demócrata, me envió el siguiente mensaje: “Julio Anguita es un referente para los que sin ser de izquierdas nos hemos encontrado en la izquierda a fuerza de los empujones de la derecha fascista… si teníamos alguna veleidad anarquista… él nos la ha sabido conducir por la praxis de la coherencia y la ética”. Ése es el legado político de Julio Anguita, ganarse la confianza desde su honestidad y coherencia. Ese don no está al alcance de cualquiera, no se compra en Amazon. De forma espontánea, muchos cordobeses, se acercaron a su ayuntamiento donde se velaba el cuerpo de su ex alcalde, le brindaron el mejor homenaje posible: 22 minutos de aplausos. No hay palabras. La tarea es difícil: ser como Julio Anguita, un maestro que enseñaba con el corazón.

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