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Tomado de jornada

Rosa Miriam Elizalde

Lester Mallory podría haber inspirado a Graham Greene. Corpulento de poco pelo gris, muy corto y gafas con montura negra, estuvo en todos los lugares en que Estados Unidos necesitó una mano dura en América Latina en tiempos de la primera guerra fría. Fue el hombre fuerte de Washington en La Habana, Buenos Aires y Guatemala en la etapa del anticomunismo triunfal, la caza de brujas del senador Joseph McCarthy, el golpe de Estado contra Jacobo Arbenz y el idilio de Washington con los dictadores Rafael Leónidas Trujillo y Fulgencio Batista.

De la trastienda de su paso por el Departamento de Estado poco sabemos, salvo lo que él contó en sus memorias que ha publicado la Biblioteca del Congreso. Quien tenga tiempo en esta cuarentena, que las revise. Descubrirá que la perversión de la política estadunidense no comenzó con Donald Trump.

En 1949 Mallory era el número dos de Washington en La Habana. Su tarea principal consistía en abortar las expediciones que desde América Latina y el Caribe –comenzando por Cuba– intentaban derrocar al dominicano Trujillo.

El 11 de marzo de ese año un portaviones y cuatro submarinos estadunidenses atracaron en las costas de La Habana y en la noche, los soldados se fueron de juerga. Las portadas de los periódicos de la mañana mostraron a un marine sentado sobre los hombros de la estatua del héroe nacional José Martí, mientras otros intentaban trepar con botellas de cerveza en la mano. Uno de ellos se había orinado al pie de la escultura. El escándalo fue mayúsculo, y aquella fotografía nocturna, 71 años después, todavía despierta gran indignación y asco.

Mallory dirigió la operación de «limpieza» desde La Habana Vieja, donde estaba la sede diplomática. “Nuestro enlace con la policía, en ese momento, era un oficial de FBI. Lo llamamos. Entró con un hombre de Associated Press, se sentó ante la máquina y escribió una pequeña declaración de desagravio… el canciller –Carlos Hevia– nos salvó el cuello, de verdad. Se había graduado con orgullo de la Academia Naval de Estados Unidos, y valió la pena”, narra en sus memorias para explicar por qué los latinoamericanos formados en escuelas militares estadunidenses no siempre resultaron dictadores o gorilas. Algunos, oportunamente, servían como ministros de Relaciones Exteriores.

Pero no terminan ahí las revelaciones de Lester Mallory, que murió apaciblemente en California en 1994, a la edad de 90 años. En 1960, ascendido a subsecretario de Estado durante la administración de Dwight David Eisenhower, se le encargó trabajar directamente en el caso «Cuba». “Hubo un momento –dice en las memorias– en el que necesitaban comida y, sobre todo necesitaban arroz. Propuse que detuviéramos todos los envíos de arroz a Cuba. En otra ocasión, hubo un programa donde había un envío de petróleo a Cuba. (La CIA) sugirió incluir ciertos ingredientes en el aceite, lo que destruiría su refinería. Se me presentó y lo aprobé…”

Pero su obra cumbre, por la cual se le recuerda con especial desprecio en Cuba, es su memorando interno del 6 de abril de 1960, que sirvió de base para el inicio del bloqueo estadunidense:

«La mayoría de los cubanos apoya a Castro… La única forma posible de hacer que el gobierno pierda el apoyo interno es provocando desilusión y desánimo a través de la insatisfacción económica y las dificultades. Todos los medios posibles deberían ser utilizados inmediatamente para debilitar la vida económica. Debemos negar los fondos y suministros a Cuba para reducir los salarios nominales y reales con el objetivo de provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno.»

Poco ha variado la composición bioquímica del odio gringo hacia Cuba desde entonces, a pesar de que no funcionó la brutalidad de Mallory ni la de sus imitadores. En 1992, el representante Robert Torricelli impulsó una ley para «hacer caer un martillo» sobre Fidel Castro y Cuba. Cuatro años más tarde, la Ley Helms-Burton declaró que la inversión extranjera en la isla «socava la política exterior de Estados Unidos en un momento en que el régimen de Castro ha demostrado ser vulnerable a la presión económica internacional». El representante de Nueva York, Ben Gilman, añadió que la ley «traería el fin del régimen, cortándole el capital que lo mantiene a flote».

Han fracasado una y otra vez, pero repiten hasta el cansancio la fórmula Mallory. El senador Marco Rubio está convencido de que las incontables medidas de Trump contra la isla afectarán «el alma» financiera de Cuba, y Michael G. Kozak, actual subsecretario del Departamento de Estado, se ha transmutado sin complejos en su predecesor. «Las sanciones de Estados Unidos a Cuba están diseñadas para negar recursos al régimen de Castro», chilla.

Los Mallory actuales utilizan todos los medios a su alcance para perseguir con furia criminal el arroz, el petróleo y hasta la colaboración médica cubana en medio de una pandemia. Graham Greene debió inspirarse en este tipo de gentuza cuando le hizo decir a uno de sus personajes en El poder y la gloria: «el odio es, simplemente, falta de imaginación».

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