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Tomado de jornada

Violeta R. Núñez Rodríguez*

“El Tren Maya llevará el desarrollo a los pueblos de la península de Yucatán”. Ésta es una de las expresiones contundentes que escuchamos sobre el llamado Proyecto de Desarrollo Tren Maya. En los documentos de Fonatur (2019), podemos leer que el tren, además de ser el principal proyecto de infraestructura, también se presenta como proyecto fundamental del desarrollo socioeconómico del actual gobierno federal. Es decir, se argumenta que Tren Maya es igual a desarrollo. Pero, ¿qué es el desarrollo?

¿Todos entendemos lo mismo por desarrollo? Cuando se dice: ¡nadie puede oponerse al desarrollo! ¿estamos hablando de lo mismo? y sobre todo, se conoce ¿cuáles son las concepciones de «desarrollo» de los más de 3.5 millones de personas que pertenecen a algunos de los pueblos indígenas que habitan los estados de la península de Yucatán donde se edificará el proyecto? La respuesta es un rotundo no.

De acuerdo con uno de los principales teóricos clásicos del crecimiento y desarrollo, el economista estadunidense Walt W. Rostow, el mundo alcanzaría el desarrollo económico a partir de seguir una serie de etapas que partiría de la sociedad tradicional y que finalizaría en la era del alto consumo en masa. Al respecto el especialista (1960), expresaba que el gran fin de la humanidad era llegar a la “era del gran consumo en masa… fase de la que los estadunidenses… cuyas satisfacciones no inequívocas empiezan a probar, con toda energía”. Así, desde esta concepción que sigue dominando en la literatura y en la discusión académica, lograríamos el desarrollo si todos consumiéramos y viviéramos como la sociedad estadunidense, pero antes tendrían que superarse las sociedades tradicionales, los mundos rurales, la producción agrícola tradicional y la propiedad social. ¿Esto es lo que queremos para el sur de México? Esto es desarrollo.

A ésta se suma otra concepción que también sigue dominando, la del ex presidente estadunidense Harry Truman, quien «inventó» el concepto de desarrollo, al nombrarnos a los países latinoamericanos como «subdesarrollados», frente al mundo «desarrollado» estadunidense. Para Truman el único camino, casi equiparado con Dios y la paz (Truman, 1949), era seguir el desarrollo, entendido como la forma de vida de Estados Unidos, centrado en las cosas materiales, la cosificación. Desde esta perspectiva, las naciones e individuos que no lograran el desarrollo, además de que eran vistos como una amenaza, por la posibilidad de proponer otro tipo de sociedad (como Cuba) y modo de vida, eran concebidos como anormales. Entonces, ¿desde el «subdesarrollo», producto del propio desarrollo (Gunder Frank, 1967), queremos el «desarrollo» del sur de nuestro país?

Frente a estas posturas, que insisto, no han sido superadas (por eso buscamos de manera incesante y como gran fin, el crecimiento económico), ha emergido una amplia literatura que propone no un desarrollo alternativo (como podría ser el desarrollo sostenible, entre otros), donde sigue prevaleciendo la cosificación, sino una alternativa al desarrollo (ojo: alternativa al desarrollo, no desarrollo alternativo). Muchas de estas alternativas han surgido desde los pueblos indígenas latinoamericanos, entre ellas el sumak kawsay, suma qamaña, traducida como vida buena o buen vivir. En México algunos pueblos indígenas también han ido evidenciando y sistematizando sus alternativas al desarrollo, que van más allá de tener como finalidad la sociedad de consumo, que se ha sostenido en un patrón productivo, basado en la extracción indiscriminada de recursos naturales y quema de restos fósiles. Esto ha generado buena parte de la crisis climática que hoy enfrentamos como humanidad.

Así, desde los pueblos emergen las alternativas de la comunalidad (Martínez Luna, 2004), de los buenos vivires (Loza Jurado, 2020), y desde el sur, del lekilaltik (Lenkersdorf, 2001; Najera, 2013 y 2015; Pohlenz, 2012), del lekil kuxlejal (Paoli, 2003; Ávila, 2011; Hernández, 2014; Sántiz Gómez, 2018), wach’ ayon (Hernández Luna, 2018), máalo’okinsik k kuxtal (Duarte, 2028), ma’alob kuxtal (Tayde, 2016; Rosado, 2019), entre otros, cuya finalidad no son las cosas sino el bienestar, es decir, se privilegia a los sujetos sobre los objetos.

Ante esto, surgen algunas dudas: por qué el gobierno de la llamada Cuarta Transformación, no considera las alternativas al desarrollo en su principal proyecto de desarrollo, y la inmensa literatura de los estudios críticos al desarrollo, y por qué sólo contempla llevar la urbanización, la bursatilización de la tierra, los negocios inmobiliarios y los polos de desarrollo. Hasta el momento, en lo que conocemos de la propuesta del tren, no vemos la visión de los pueblos, de lo que para ellos es una palabra que en sus propias lenguas y cosmovisiones, por lo general no existe, el desarrollo. En este sentido, no olvidemos lo que expresan los pueblos: «La verdadera transformación de la vida colectiva no coincide con la ideología de desarrollo económico, ya que es lineal, progresiva y destructiva (destruye la naturaleza)» (Sántiz, 2018).

*Profesora-investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco. Autora del libro Minería mexicana en el capitalismo del siglo XXI

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