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Tomado de jornada

José Steinsleger

Mis nietos, mi hija y su esposo viven en Trento, a mitad de camino entre Venecia y Milán. Pequeña ciudad del primer mundo (muy parecida a la de los cuentos de Heidi), Trento debe su fama al gran concilio que «modernizó» el Santo Oficio de la Inquisición (1545-63), y a las Brigadas Rojas que allí surgieron, y que en 1978 asesinaron al primer ministro (democristiano) Aldo Moro.

Poco más al sur Florencia, cuna de Dante Alghieri y Nicolás Maquiavelo. En la Divina comedia, Dante describió el infierno, y en El príncipe Maquiavelo advirtió que en la política siempre acechan virus infernales. Pero ninguno imaginó que políticos celosos de sus prerrogativas terminarían encerrando compulsivamente a millones de personas para combatir una pandemia global, sin curación a la vista.

«Por ahora bien, papá». Claro, mi hija tiene un espacio relativamente cómodo. Sin embargo, entre sus amistades hay cuatro infectados de Covid-19 (coronavirus) en estado crítico. Y cuenta que el fin de semana, una mujer del vecindario que vive con sus tres niños y esposo en 50 metros cuadrados, pidió auxilio a gritos porque el «jefe del hogar» amenazó con matar a tutti.

El norte de Italia concentra casi la mitad de la población del país, y 60 por ciento del PIB nacional. En la hipercontaminada Milán trabajan miles de chinos en empresas chinas. Hay vuelos directos entre Milán y Wuhan (donde supuestamente apareció el Covid-19), o con escala en Teherán. La nueva «ruta de la seda»: Sudcorea-Wuhan-Teherán-Milán, epicentros de la peste. Y ahora, inmersos en el tedio obligado por la cuarentena, los niños de la industriosa región septentrional italiana descubren que el cielo puede ser brillante y azul.

Los neofascistas echaron la culpa a los chinos por su costumbre de paladear un delicatessen milenario: sopa de murciélago crudo. China les calló la boca enviando, gratuitamente, 30 mil kilos de tapabocas, material médico, alcohol en gel y personal sanitario. Mussolini o Confucio.

¿Sopa de murciélago? Qué asco. No obstante, recuerdo que en el mercado de Taxco, un antropólogo marxista-leninista me invitó a probar tacos de jumiles. Lo atajé diciendo: «gracias, no. Soy peronista». Y luego, en el de Chiapas se vengó. Adrede, me cambió uno de cabeza por otro de hormiga chicatana. Confieso que no supo mal.

Mi admirado Andrés Manuel tiene razón: «La cultura nacional puede enfrentar cualquier adversidad». Que Juárez me perdone, pero… ¿sería mucho pedir, señor Presidente, que deje de besuquear a los niños? No olvidemos al besuqueador de la oposición que le estampó un beso al jefe del Senado, y temiendo quedar infectado el honorable corrió al baño para lavarse la cara con detergente.

No quiero imaginar qué pasará cuando los víveres y recursos de los confinados empiecen a escasear. En Lopburi, Tailandia, los turistas se divertían alimentando a los monos que paseaban por las calles. Hasta que el Covid-19 asestó un golpe mortal al turismo y, hambrientos, nuestros antepasados abandonaron sus cuevas, marcharon sobre la ciudad en busca de comida, y allí se cruzaron con otra tribu. Uhm… Mejor le doy el link de lo que pasó (https://bit.ly/38XeKHA).

Algunos han dicho: «La realidad parece señalar que los motivos epidemiológicos para declarar una pandemia no están justificados, aunque sí desde una perspectiva política». Sin reparar en que la lucha contra un virus agresivo, letal, que nadie sabe cómo eliminar, pueda quedar sujeta a opinión.

A los comentaristas «ideológicamente correctos» (y que dicen no dar cuerda a teorías conspirativas) cabe la observación del poeta lituano-polaco Czeslaw Milosz: «En los campos de concentración había visto cómo los filósofos se disputaban las sobras en los cubos de basura». Milosz se guardó de aclarar si se trataba de filósofos de «pensamiento crítico», o conservador.

Voy cerrando con la atinada conclusión del economista y colega León Bendesky: «En general, aún da la impresión, según sugieren algunos, de que se trata de algo que no es para tanto, que la tasa de mortandad es baja, que hay otras enfermedades que provocan más decesos. Pero quien lo dice seguramente no quiere estar entre los contagiados y menos aún entre los fallecidos» («El doctor Rieux», La Jornada, 9/3).

«Por ahora», como dice mi hija, los italianos cantan a la vida para vencer el miedo a la muerte. Entre las muchas canciones, le sugiero oír Ma il cielo é sempre piú blu (Pero el cielo es siempre más azul), en la desgarradora y optimista voz de Rino Gaetano. Óigala a todo volumen, por favor (https://bit.ly/2vytwqy).

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