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Tomado de jornada

«Ahora estamos igual o peor», deplora la madre

Llegaron tarde a Chiapas para acogerse a la oferta humanitaria del presidente López Obrador de otorgar «visas y trabajo»; antes habían arribado las amenazas de EU de imponer aranceles a productos mexicanos
Blanche Petrich

Periódico La Jornada
Domingo 5 de enero de 2020, p. 7

Gonaives, Haití. Pedro (4 años) y Piter (dos años) son dos hermanitos nacidos y registrados en Pernambuco, Brasil, hijos de padres migrantes haitianos. Tan pequeños y ya vivieron una de las odiseas más duras que se pudieran imaginar: caminar medio continente americano, a lo largo de cuatro meses, atravesando nueve países. Todo ese esfuerzo terminó de mala manera en México.

Ellos fueron parte del éxodo multicultural y multirracial que cruzó toda Latinoamérica, de sur a norte, por montañas, ríos y selvas, pasando fronteras por cruces clandestinos. En junio pasado fueron detenidos en la estación del Instituto Nacional de Migración (INM) en Tapachula, Chiapas, y aunque cuentan con toda la documentación que los acredita como ciudadanos brasileños, el 4 de julio fueron deportados, bajo engaños y sin trámite alguno, a un país que no es su lugar de origen, Haití, junto con su madre Monesse Saint Louis. Pero sin su padre, Benedict Pierre, quien a la fecha permanece detenido por el INM.

Ahí sobreviven apenas, en extrema miseria.

La trampa

En julio, como lo han hecho miles de migrantes de diversas nacionalidades, la familia Pierre Saint Louis se fue a entregar a la estación migratoria Siglo XXI en Tapachula con la esperanza de obtener la famosa Tarjeta de Visitante por Razones Humanitarias, que les permitiría seguir su camino legalmente. En lugar de regularizarlos, las autoridades mexicanas los encerraron y separaron.

El 4 de julio Monesse Saint Louis acababa de tender la ropa de los niños en el área de lavaderos del albergue, objeto de múltiples denuncias por su hacinamiento e insalubridad, cuando escuchó que la llamaban. Tomó en brazos a los dos pequeños y se formó en una fila donde agentes les tomaban fotos y les hacían llenar un formulario. Todos accedían, pensando que su trámite avanzaba.

En la fila no vio a su marido, quien estaba en ese momento en el área de duchas.

Los condujeron a unos autobuses. Ya abordo, les informaron que en ese momento iban a ser deportados. «Todos lloraban, los niños, los adultos. Algunos se tiraron al piso por la desesperación. A muchos los esposaron. Nos llevaron a un aeropuerto y ya en la pista una mujer policía me arrebató a los niños. Tuve que ir tras ella. Nos hicieron caminar en medio de dos filas de policías y soldados para subir al avión.»

En ese punto nuestra intérprete, una aguerrida juchiteca Claudia Alavez, que se maneja con el creol como pez en el agua, se sobresalta. Le pide a Monesse que repita lo que ha dicho. Sí: para obligar a la madre a avanzar sin resistencia, una mujer agente de Migración le quitó a Monesse sus niños.

Continúa: «Nos controlaron para que nadie hiciera fotografías. Había periodistas, pero no los dejaron acercarse. Fue un vuelo terrible. Aterrizamos en Gonaives bajo un gran aguacero. Al bajar del avión Piter se cayó y se abrió la frente. Iba con la cara cubierta de sangre». Nos enseña la cicatriz. «Nos sacaron a la calle, nos dieron mil gourdas (moneda local, 92 por un dólar) por familia y ahí nos abandonaron. ¿Qué podía yo hacer? Me senté en la calle y me puse a llorar. Los tres llorábamos.»

Desde hace seis meses, Monesse y sus niños sobreviven en un mínimo espacio de paredes de lámina y techo de plástico en la falda de un escarpado cerro de piedra caliza a las orillas de la ciudad de Gonaives, tercera en importancia, en el norte de Haití. Ni un árbol a su alrededor. Ningún familiar que la ayude.

Ha recuperado a su hijita mayor, Avegaïma Jean Pierre, de ocho años, a quien dejó hace cinco años a cargo de sus abuelos. Acuclillada en un rincón del habitáculo, se come las uñas y escucha el relato espeluznante de su mamá. Ahora la familia subsiste con la ayuda de desconocidos, sin un horizonte de futuro.

La violenta dermatitis que atacó a Piter durante el viaje en el cuero cabelludo no ha cedido. Lo tuvo que rapar y sacrificar sus maravillosas rastas. A veces le tiene que vendar las manitas para que no se rasque hasta sangrar. Y la alergia de Pedro, que le cubre las nalgas e ingles de forúnculos, se ha agravado. No tiene nada para curarlos o aliviarlos.

«Triste, triste, triste. Nos fuimos de aquí para salir adelante. Porque no teníamos nada. Y ahora estamos aquí de nuevo. Igual o peor.»

Insólita travesía

Benedict, originario de Bayonette, al norte de Gonaives, emigró a Brasil en 2014, empujado por la rampante inseguridad en esa región del norte de La Española, atraído por la oportunidad de empleo para extranjeros en ese país. Fue contratado por una enorme granja de pollos en Pato Branco, Curitiba, en la sección de preparación de alimentos. Al año consiguió traer a su mujer. La asignaron al área donde se despluman las aves. Se casaron, tuvieron dos hijos. Trabajaban 12 horas diarias. Les pagaban alrededor de 90 dólares (mil 800 pesos) al mes.

No les iba tan mal, al final de cuentas. Hasta que se acabó el sueño. Por un recorte de personal, Monesse perdió el empleo. Trece meses después también despidieron a Benedict. Para entonces entre paisanos se comentaba la posibilidad de formar grupos para migrar al norte. «Sabíamos que iba a ser muy difícil pero era nuestra única oportunidad de salir adelante.»

Juntaron ahorros, pidieron prestado y empezó la travesía. De São Paulo a la frontera con Perú, buscando siempre pasos clandestinos, viajando en autobuses contratados por guías. Ocultándose siempre pasaron por Lima, por Cuzco hasta la frontera con Ecuador. Sigilosos y evadiendo a las autoridades la marcha de indocumentados lograba avanzar.

En Colombia cruzaron en lanchas el golfo de Urabá. Fue aterrador para Monesse quien, como muchos isleños, nunca había navegado. Y se internaron ilegalmente a Panamá para caminar por la inhóspita selva de Darién. Por algo se le conoce también como el Tapón de Darién, precisamente porque por sus pantanos y tupidos bosques no existe una sola vía terrestre y forma una barrera natural contra el paso humano. Ahí empezó otra pesadilla.

Se formó un grupo de 15, entre ellos Pedro y Piter. A lo largo de los 24 días que duró esa caminata siempre estuvieron con la ropa mojada, los pies deshechos, acechados por alimañas y mal alimentados. Una mujer dio a luz y el bebé murió. Dejaron allí su cuerpo. Más adelante murió otra mujer. Nadie supo su nombre.

Al fin, Costa Rica, un albergue para migrantes, ropa seca, comida, duchas. No les cobraron nada. «Agradecimiento eterno para ellos.» Consiguieron el transporte para llegar a Nicaragua, donde fueron extorsionados en la frontera. Al entrar a Honduras sabían que esa era otra de las etapas peligrosas. Viajaron siempre de noche y dos veces fueron asaltados. «Nosotros somos un gran negocio para todo el mundo», reconoce esta joven madre de 29 años. Tanta penuria no le ha borrado la dulzura con que trata a sus hijos.

Finalmente Guatemala, Tecún Umán, el río Suichiate para pasar a Chiapas, las balsas, México. Se sintieron a salvo. Se equivocaron.

La promesa del presidente Andrés Manuel López Obrador de recibir a los migrantes con una política humanitaria, «visas y trabajo» había caducado cinco meses atrás. A mediados de año, con la amenaza de los aranceles de Estados Unidos, México cambió su política de puertas abiertas por una intensiva campaña de arrestos y deportaciones.

Sigue el relato de Monesse sobre sus trágicos días en México. «No sabíamos nada. Nos dijeron que convenía ir a entregarse a Migración, pero era tanta la gente que intentaba hacer lo mismo que tuvimos que esperar 15 días.» Algunos dormían en plena calle. Ellos consiguieron rentar un cuarto sin camas con otros migrantes. Al fin los admitieron en el recinto de la Feria Mesoamericana, convertido en inmenso e insalubre centro de detención del INM. «De pronto se cerró una reja, como en una prisión. Sentí un golpe en el corazón, como un presentimiento. Nos separaron de mi esposo. El lugar estaba tan lleno que no había ni dónde acostar a los niños. Hasta el día siguiente conseguí una colchoneta para los tres. Los niños sólo veían a su papá cuando nos sacaban al patio para limpiar las barracas.»

¿Información sobre sus estatus legal? «Ninguna». ¿Observación de derechos humanos? «Nunca».

La televisión mexicana reportó ese día la deportación. Las imágenes no muestran a ningún niño o bebé entre las hileras de migrantes. Omiten hablar de la violencia contra los detenidos, pero otorgan largos minutos a la entrevista de un policía que expresa su «estrés» por lo violento de los haitianos, ya que uno de ellos lo mordió en el brazo. Y dan voz al comisionado de Migración, Francisco Garduño, quien comparó a los migrantes hindúes con marcianos. “Estos paisanos haitianos se ponen así… pues porque no quieren irse. Pero se tienen que ir.”

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