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Tomado de jornada

Adolfo Gilly

Palabras para Daniel Cosío Villegas

Quiero decir unas palabras de homenaje y gratitud a quien da nombre a esta medalla: Daniel Cosío Villegas. El trayecto que aquí me ha traído comenzó –para darle una fecha, cuestión siempre presente en la escritura de la historia– allá por 1966, cuando el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz inició una nueva ola de represión que iría a culminar en Tlatelolco en 1968 y tampoco allí se detendría.

Junto con algunos compañeros de aquellos años fui internado –así se decía– en el actual edificio del Archivo General de la Nación, que por entonces era la sede de la cárcel de Lecumberri, cuya fama ha quedado en varias memorias literarias, entre las que destaca con su oscuro brillo una obra maestra de Álvaro Mutis, Diario de Lecumberri, donde resume en un solo verso de Mallarmé su razón para contar esa vivencia:

He pensado largamente, sin embargo, y me resuelvo a contarlo mientras un verso del poema de Mallarmé se me llena de pronto de sentido, de un obvio y macabro sentido. Dice:

Un golpe de dados jamás abolirá el azar1.

Entonces, cuando el puro azar –pero esta es otra historia– me llevó en 1966 a esa cárcel de Lecumberri, comencé a estudiar y a escribir una historia de la Revolución Mexicana, que por ese entonces era un mito en toda América Latina y sobre todo en Bolivia, de donde yo había venido. Compañeros, compañeras y amigos me fueron trayendo libros y otros materiales –una Olivetti portátil– que trajo el profesor César Nicolás Molina Flores, quien fue también a parar a Lecumberri en 1968. Más presos políticos fueron llegando en esos años de Gustavo Díaz Ordaz y con ellos venían historias, experiencias y apoyos invaluables –comida, noticias, libros– de sus familias, compañeras, compañeros y amigos. Es una historia larga, no para contarla aquí ahora. Tal vez lo haga algún día Francisco Colmenares.

Así fuimos reuniendo entre varios una pequeña y selecta biblioteca circulante. La dirección de la cárcel, que tontos no eran, entendió que la tranquilidad entre los presos políticos era también otra tranquilidad para ella, y no puso obstáculo grande a que libros y revistas llegaran a los presos.

Así fue como la Historia moderna de México de Daniel Cosío Villegas llegó entera a la celda 3, donde residía Víctor Rico Galán, amigo y compañero, con sus libros y en la pared una foto suya con el Che Guevara. Así Adolfo Gilly, que habitaba la celda 16 también con sus contados libros –Octavio Paz, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, León Trotsky, Carlos Marx, Federico Engels, Carlos Fuentes, Jesús Silva Herzog y otros– pudo encontrarse con Daniel Cosío Villegas, leer los volúmenes de su Historia moderna de México e ingresar por esta puerta grande a la historia y el oficio que hasta aquí lo ha traído.

Tiene esa escritura de Daniel Cosío Villegas una solidez, una galanura y un estilo narrativo que son ejemplo y escuela para quienes en este país –y somos muchas y muchos– nos dedicamos a este oficio y tratamos de encontrar y seguir nuestros propios caminos.

Un recuerdo intenso de aquellos tiempos, entre tantos otros, me acompañó siempre: Camilo Torres, el colombiano y su amistad en Bogotá, allá por el mes de mayo de 1965. Guitemie Olivieri, su ayudante de entonces, vino un día a Lecumberri, años después, a decirme cuán intenso y duradero había sido nuestro encuentro.2

Quien busque una explicación amplia y completa de cuanto aquí digo acerca del oficio de la historia la hallará en Daniel Cosío Villegas, Quinta llamada particular, prólogo de 1960 al volumen respectivo de la Historia moderna de México, fechada «en el 7 de la segunda Cerrada de Frontera, 28 febrero 1960», una vieja casona cercana a este instituto que hoy nos reúne.

1 Álvaro Mutis, La muerte del estratega, Fondo de Cultura Económica, México, 2004. 214 pp., Diario de Lecumberri, pp, 7-49.

2 Adolfo Gilly, «Camilo guerrillero», Marcha, Montevideo, febrero 1966. Recopilado en Adolfo Gilly La senda de la guerrilla, Nueva Imagen, México, 1986, 298 pp., pp.157-168.

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