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Tomado de jornada

Al-Dabi Olvera*

Vemos, a través del tiempo, una asamblea callada, discreta, pero nutrida en Anenecuilco, un antiguo pueblo en Morelos. Esta vez, las campanas callan, aunque la voz corre y se congregan los habitantes en el corredor de los portales del pueblo. Los más viejos del lugar convocan: entregarán el cargo de recuperar las tierras de la comunidad a un relevo más joven. El tiempo que miramos se inserta en el México porfirista, cuando el robo y despojo de tierras por parte de las haciendas era ley. Hay entonces una votación. Por mayoría abrumadora, gana un hombre de 30 años: Emiliano Zapata Salazar. A M’iliano, después Zapata, le entregan a resguardo una caja de metal y lo nombran jefe, calpuleque en náhuatl, de la Junta de Defensa de Anenecuilco.

La caja está llena de folios con cédulas reales, peticiones y un viejo mapa en náhuatl. Esa caja constituyó (como se titula el libro de Jesús Sotelo Inclán), Raíz y razón de Zapata. Y para hacer valer su contenido hizo falta una revolución.

De ese acto se cumplen 110 años este 12 de septiembre. Ésta es, dentro de las fechas de la historia del zapatismo, la que coloca actualidad, profundidad y perspectiva a la lucha por la tierra en México. Esto no es poca cosa.

Ya como jefe del Ejército Libertador del Sur, Zapata conservó la caja y repartió tierras, procurando la creación de una especie de gobierno comunal en Morelos. A su primo Chico Franco Salazar, quien cuidó durante décadas los papeles, y anduvo a salto de mata protegiéndolos después de la revolución, Zapata le dijo: «si los pierdes, compadre, te secas colgado de un árbol.»

Cuenta Jesús Sotelo Inclán otra anécdota: al recibir una delegación de revolucionarios de Michoacán, Zapata escuchaba sus dudas sobre la lucha que encabezaba. Así, mandó traer la caja y la mostró. «Por esto peleo», les dijo. Hoy, la caja con la documentación usada en defensa del pueblo se encuentra resguardada a palo y piedra en el Museo Casa de Emiliano Zapata.

Lo interesante de este acto, de la caja, y del cargo de Zapata es cómo se inserta en el presente. Y es que lo que ocurrió ese domingo en Anenecuilco ocurría y ocurre en cientos de pueblos del país. La justicia en aquel acto es el derecho ganado a pulso que reflejan los papeles de la caja. Y la figura de Zapata es potente en los pasos de los pueblos por la responsabilidad, ya no del caudillo o el héroe, sino del calpuleque que mantuvo la entereza, intransigencia y congruencia en su cargo, impulsado por las comunidades.

En este 2019, año de la disputa por la figura del oficialmente nombrado Caudillo del Sur, nos encontramos ante diversos polos: los actos oficiales, museísticos, los libros y el arte descafeinados, desenraizados, frente a quienes hoy se hacen acompañar de la figura de Zapata, a quien le tocó donar su apellido a las luchas por la emancipación.

Ahí está el árbol de siglas zapatistas: la Coordinadora Nacional Plan de Ayala, el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra de Atenco y, con especial actualidad, la Asamblea Permanente de los Pueblos de Morelos, el Congreso Nacional Indígena y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), quienes pelearon palmo a palmo por la memoria del zapatismo, a ras de tierra, frente al oficialismo que en el reciente centenario del asesinato de «el jefe» intentó apropiárselo.

La declaración en el pasado agosto de la multiplicación de los caracoles del EZLN hasta 12 y el nombramiento de este esfuerzo como Campaña Samir Vive (Samir, el herrero indígena convertido en el Zapata del siglo XXI) tiene que ver también con esta contrahistoria. Y es que la vocería zapatista nombró y recalcó la existencia de Juntas de Buen Gobierno en los nuevos caracoles; es decir, autoridades nombradas desde los pueblos: jefes de Junta de Defensa en el siglo XXI.

Así como hace 100 años el impulso del capitalismo liberal porfirista expandía las haciendas de los pueblos, la última transformación de ese capital lleva a la destrucción de la tierra y la multiplicación de las ganancias para el capital legal e ilegal a costa de los territorios. En este contexto, los pueblos no han dejado de organizarse de esta manera. Hoy son todavía imprescindibles los documentos y los mapas, los comunicados y archivos, ese parque de palabras del viejo y nuevo zapatismo.

Atizar en la memoria el recuerdo de aquel 12 de septiembre de 1909, aquella fecha zapatista no hegemónica, como el fuego guardado del auténtico inicio (o mejor, continuidad) de la profunda revolución mexicana, es aportar al fuego de lo que existía siglos antes de Zapata, para que continúe siglos después bajo el nombre de tierra y libertad.

* Cronista

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