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Tomado de jornada

Rosa Miriam Elizalde

El trópico se lleva pésimo con las alergias. En Cuba más de 50 por ciento de la población sufre alguna enfermedad de este tipo y la tasa en los niños pequeños es todavía más elevada porque su sistema inmunológico, aún inmaduro, está sometido a una presión despiadada por la humedad, el polen, el calor, las tormentas…

Esa es la razón por la cual mi hija, antes de cumplir dos años, estuvo 18 veces hospitalizada en el pediátrico de mi barrio, entrando y saliendo de cuidados intensivos, hasta que un medicamento prodigioso creado en la isla, el Hebertrans, la sacó del bache inmunológico. Sobrevivió a crisis y a un paro respiratorio previo porque el gobierno cubano compraba clandestinamente, en un remoto país de Europa y a precios cinco veces más altos, un fármaco producido a 90 millas de La Habana que no podía importar para sus niños un país bloqueado como Cuba. Padecíamos la peor crisis económica, el llamado «periodo especial», pero nunca me cobraron un centavo ni por los medicamentos ni por los cuidados médicos y, en 20 años, mi hija no ha regresado nunca más a una cama hospitalaria.

Miro a mi alrededor y podría citar una anécdota similar por cada persona que conozco. Lo hago sin sentimentalismo fácil e hipócrita, porque sé lo que ha costado –nos ha costado– en una nación donde faltan muchas cosas y se requiere de imaginación y paciencia para salir del atolladero de la vida cotidiana. Pero tener un médico al alcance de la mano para una gripe o una operación de mínimo acceso, una vacuna o un trasplante, no es un problema que tengan ahora mismo 11 millones de personas, como no lo ha sido para otros muchos en 160 países donde ha estado la colaboración cubana de la salud.

Una vez le escuché a Fidel Castro explicar por qué los cuidados médicos, la educación, la universidad, la cultura, el deporte y otras prioridades del gobierno revolucionario había que universalizarlas y sostenerlas, aunque la guerra declarada de Estados Unidos llevara a Cuba a sus máximos extremos. «En este tiempo de inhumanidad hay que buscar maneras de vivir que mejoren la vida de los seres humanos. Nadie tiene excusa para desligarse de esta responsabilidad.»

Las conquistas de la revolución en términos de salud pública y los principios que las han sostenido no están en duda, ni lo habían estado siquiera para la derecha más recalcitrante. Hasta ahora. ¿Por qué se han lanzado contra el fuerte imaginario que acompaña a Cuba en materia sanitaria? ¿A qué se debe el arrebato, en los pasados dos años, de los laboratorios de la CIA y del Departamento de Defensa de Estados Unidos?

Tiene que ver con las posibilidades que ofrece en la actualidad un método de guerra no convencional basada en alta tecnología en el que los medios son utilizados para conseguir un objetivo militar o electoral. Ni siquiera comenzó con Cuba. Ha sido probado y calibrado sucesivamente en el referendo del Brexit y las elecciones presidenciales que dieron la victoria a Trump (2016); luego en el Brasil de Bolsonaro y en la Venezuela de fantasía que acompaña al autoproclamado Juan Guaidó. En todos los casos se inyectaron sumas millonarias para atacar fuertes pilares del imaginario colectivo, no de cualquier modo, sino con una maquinaria de alta factura técnica que involucra a voceros de canales formales e informales, mensajes dirigidos a públicos altamente segmentados, científicos y creadores audiovisuales, gran número de artículos en medios de comunicación e investigaciones con sospechas enfocadas en negar hechos probados y aceptados por la mayoría.

Estas operaciones han permitido contaminar las sociedades con discursos desinformativos, a una velocidad y a una escala (local y global) nunca antes vista en la larga historia de la manipulación universal.

En el caso de Cuba, comenzó en 2017 con la entelequia de unos supuestos ataques sónicos contra diplomáticos estadunidenses en La Habana y ha escalado hasta la inclusión de la isla, en junio pasado, en la peor categoría del informe que hace Washington sobre la trata de personas. Este dardo envenenado apunta a la cooperación médica internacional de la isla, sujeta al espionaje y al injerencismo más vulgar. «Hemos conocido que al menos en tres países las embajadas de Estados Unidos han solicitado a las autoridades, con carácter perentorio y sospechoso, datos precisos de la cooperación que Cuba ofrece», denunció recientemente Eugenio Martínez, director general de América Latina y el Caribe de la cancillería cubana.

La guinda del pastel es Bolsonaro: «Si los médicos cubanos fueran tan buenos, habrían salvado a Chávez». Lo que no dijo es que, herido ya de muerte, Chávez tuvo más vida por los médicos cubanos, como la tuvieron, la tienen y la tendrán aún millones en este planeta. En ese ejército con memoria afectiva habría que incluir a los salvados colateralmente –como esta madre que les escribe, por ejemplo–, que se resisten al lavado de conciencia y a la ética de baja intensidad que sopla desde Washington.

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