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Tomado de jornada

Peter Rosset*

El campo mexicano rebosa de luchas y de proyectos alternativos. Tiene una larga historia de pugna agraria, de defensa de territorio, y de apropiación de procesos productivos y comercialización mediante cooperativas campesinas y otras formas de empresas y sociales ejidales.

Hay un rico tejido comunitario y organizativo, y muchas construcciones colectivas de alternativas al modelo capitalista dominante. Es lamentable que para AMLO y la 4T todo esto se reduce al moche de las organizaciones campesinas y sus líderes viciados. Es teñir a todos/as con la misma brocha.

Podemos dividir las organizaciones del campo en dos grandes categorías: or un lado esta el zapatismo y una parte significativa del CNI y movimiento indígena, cuya estrategia se remonta a la construcción de las autonomías. El zapatismo, desde hace más de dos décadas rechaza todos los programas gubernamentales, porque piensan que los recursos corrompen y vician a organizaciones, dirigentes y comunidades, y hace que la gente se mueva sólo cuando hay dinero, dispensas, proyectos, candidaturas, y puestos en juego. El resultado es la desmovilización y la permanencia de la pobreza. Dicen que es necesaria «una nueva forma de hacer política», sin la intermediación de dinero y otros recursos. Por eso no aceptan los programas que califican de «limosnas.»

Por el otro lado hay una amplia gama de organizaciones en disputa por los recursos públicos que demandan «un presupuesto para el campo». Consideran que por ser ciudadanos y contribuyentes tienen el derecho a su justa proporción de recursos del Estado. Buscan fortalecer los procesos organizativos, territoriales, productivos y de comercialización, con inversiones y créditos del sector público. El relativo éxito histórico del sector café campesino-indígena es muestra de esto.

Dentro de esta categoría hay buenos, malos y feos.

Sin embargo, el Presidente efectivamente descalifica a todos como corruptos. La política de la 4T se basa en esta descalificación que hace AMLO. El jefe del Ejecutvo ha prometido “no más moche” para las organizaciones campesinas; que ni un centavo pasará por las organizaciones; todo será directo a las familias. En otras palabras, sólo ayudas individuales depositadas en tarjetas de plástico de Banco Azteca (http://tiny.cc/melf7y). Esto quita la agencia propia a las organizaciones y los pueblos, considerándolos incapaces de construir sus propios procesos.

Ahora serán pobres con necesidad de limosnas. Es una política promovida por el Banco Mundial durante por lo menos dos décadas, con dos propósitos: reducir gastos de intermediación y posibles fuentes de corrupción, y lograr mayor contención social frente a las transformaciones estructurales a favor del capital: el acaparamiento de tierras, la minería, las plantaciones, las hidro y termoeléctricas, etcétera.

Contención social, porque la transferencia directa de dinero desmoviliza a la gente. ¿Quién iría a una reunión de la organización si tiene dinero en el bolsillo? Se trata de una política de desestructuración organizativa. (http://tiny.cc/r9kf7y).

Una desestructuración dirigida a los dos tipos de organizaciones. Contra el zapatismo y las autonomías, porque el dinero es según ellos el anzuelo para «quitarles bases» a los movimientos autonómicos. Es una vieja táctica de contrainsurgencia. Y va en contra de las cooperativas, empresas sociales, a proyectos alternativos del otro tipo de organizaciones. Será el tiro de gracia para muchos espacios organizativos en las comunidades y los territorios. Calculado como una medida de contención social, porque sólo con buen tejido organizativo serían capaces de defender sus territorios de los «megaproyectos de la muerte,» como el Corredor Transístmico, el Tren Maya, las hidro y termoeléctricas, las concesiones mineras y demás mecanismos de despojo.

* Doctor por la Universidad de Michigan. Especialista en agroecología.

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