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Tomado de jornada

Luis Hernández Navarro

Las cuentas no le salen a la oposición venezolana. El concierto Venezuela Aid Live se propuso recaudar 100 millones de dólares. Pasó ya más de una semana de su realización y apenas ha conseguido 2.5 millones. La convocatoria de Paulina Rubio y Maná resultó infructuosa.

La «asistencia humanitaria» que pretendían trasladar a territorio venezolano el 23 de febrero no pudo cruzar la frontera colombiana. No pasó un solo camión. Pero, además, quedó al descubierto que entre la carga que transportaban había muchas más cosas que comida y medicinas. En el Puente de Ureña, los simpatizantes del autoproclamado presidente Juan Guaidó le prendieron fuego a la ayuda. Aparecieron allí, junto a los restos de las bombas molotov que utilizaron, decenas de rollos de alambre, clavos, silbatos, cortauñas y bolsas de gel para bajar la fiebre. Todo un kit para protestas callejeras.

La oposición y sus patrocinadores en Washington confiaban en que el ejército venezolano se iba a resquebrajar ese día. Desde antes del 23 de febrero, los más altos funcionarios estadunidenses amenazaron a los militares bolivarianos con terribles sanciones si no desertaban. Pero no sucedió. Tanto así que el vicepresidente, Mike Pence, reprochó a Guaidó «la continuidad de la adhesión de las fuerzas armadas al régimen».

Según el sitio LaPolíticaOnline, el au­toproclamado «había prometido a Wa­shington que si la mayoría de los líderes del mundo lo reconocía como la autoridad en Venezuela, al menos la mitad de los oficiales renunciarían. No ocurrió».

La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) tiene cerca de 280 mil efectivos regulares. A pesar de la gran cantidad de dinero que se les ofreció para que traicionaran, solamente se fueron 116 miembros.

De cualquier forma, los antichavistas montaron un gran show con esas huidas. En los medios de comunicación se difundieron fotos, imágenes y entrevistas con supuestos desertores. La cadena NTN24 presentó a Marcos Rey Prieto, un sargento de la Guardia Nacional, entrando a Colombia a través de una trocha (camino ilegal). El uniformado había sido expulsado del cuerpo desde meses atrás.

Tampoco funcionó a los opositores montar operaciones de falsa bandera (maniobras encubiertas de gobiernos o corporaciones que aparentan ser obra de otras entidades), como la historia del robo de vehículos blindados. Como lo documentó la periodista Madelein García, de Telesur (https://bit.ly/2Eq7iqX), la mañana del 23 de fe­brero, en el Puente Simón Bolívar, tres militares de baja graduación robaron dos tabaqueras de la Guardia Nacional Bolivariana y las lanzaron contra las vallas y la gente que se encontraba del lado colombiano de la frontera. Varios civiles fueron arrollados. Algunos salvaron la vida de milagro.

Los atacantes fueron recibidos en Colombia por los líderes opositores José Manuel Olivares y Vilcar Fernández, quienes dijeron a sus seguidores: «son nuestros, son nuestros». La autoridad colombiana protegió a los provocadores.

Aunque los antichavistas buscaron maquillar su ofensiva del 23 de febrero como acción «pacífica» para transportar «ayuda humanitaria», en los hechos fue un asalto sumamente violento. Entre los guarimberos y los chavistas había una separación de apenas 150 metros.

Con el pretexto del Venezuela Aid Live, los opositores transportaron a miles de jóvenes y mercenarios hasta Táchira y Cúcuta desde distintas regiones del país. Actuaron en zonas controladas por paramilitares colombianos, para todo efecto práctico sus aliados.

Los grupos de choque opositores es­ta­ban armados con piedras, bazucas caseras, cocteles molotov y armas de fuego. Atacaron simultáneamente desde Colombia y Venezuela, en los puentes internacionales Simón Bolívar, Las Tienditas y Francisco de Paula Santander. Le­vantaron guarimbas del lado venezolano (quemaron autobuses y llantas, cercaron las calles con alambres) para sitiar a las fuerzas armadas y a los civiles (incluyendo milicias y colectivos) que defendían el suelo venezolano de la incursión desde Cúcuta. En algunos puntos, lograron impedir durante horas que los chavistas se abastecieran de agua y alimentos o que entraran refuerzos. Sin embargo, no pudieron sostener sus posiciones.

Los combates duraron 15 horas. Fue­ron heridos 315 maduristas. Dos militares fueron quemados vivos. Desde Las Tienditas, ocho francotiradores antichavistas dispararon a la gente.

La noche del 23, unos 60 civiles armados atacaron en Ureña el cuartel militar de La Mulata, y exigieron infructuosamente la rendición de la tropa. La batalla duró poco más de una hora.

El traslado de la «ayuda humanitaria» fue para el antichavismo mero pretexto para intentar ocupar una franja de suelo venezolano en la frontera colombiana, fracturar al ejército, capitalizar el descontento social provocado por el embargo e instalar allí la sede del gobierno paralelo. Fracasó. Las cuentas no le salieron. Tampoco a sus aliados en Wa­shington, Miami y Bogotá. Pasaron más de cinco semanas desde que Guiadó se autoproclamó, pero el único presidente de Venezuela es Nicolás Maduro.

Twitter: @lhan55

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