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Tomado de jornada

Katu Arkonada*

Cuando uno se encuentra en Venezuela, los días parecen semanas, y las semanas, meses, debido a la intensidad política con la que se vive todo. Eso es lo que ha sucedido con el mes transcurrido entre el 23 de enero y el 23 de febrero. 31 días que estremecieron Venezuela, América Latina, y el mundo, con dos prórrogas adicionales, el 25 de febrero con la reunión del Grupo de Lima, y el 28 y 29 con las del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Una vez terminada esta sucesión interminable de días «D», marcados tanto por los actores venezolanos, como por los agentes externos, llámense Estados Unidos, Colombia o la Unión Europea, podemos decir, sin ningún tipo de duda, que fracasó la ofensiva iniciada el 23 de enero, presentada ante la opinión pública internacional como la batalla final por Venezuela, que culminaría el 23 de febrero en un «cerco humanitario» (en palabras de Iván Duque) que haría implosionar el «régimen de Maduro».

Pero pasaron todos esos días, entramos en marzo, y Nicolás Maduro sigue gobernando Venezuela, Guaidó no ha sumado más reconocimientos diplomáticos de los que ya tenía cuando se autoproclamó presidente, el caballo de Troya de la ayuda humanitaria no entró en territorio soberano venezolano, Estados Unidos tiene menos apoyo que nunca para una intervención militar en suelo latinoamericano, y los vertiginosos acontecimientos no han logrado quebrar ni a las fuerzas armadas, ni al chavismo como bloque político.

De hecho, y aunque no ha sido muy comentado, la oposición venezolana más allá del movimiento violento Voluntad Popular, que representan Leopoldo López y Juan Guaidó, y de Primero Justicia, de Capriles, no se ha sumado al circo mediático y golpista de semanas recientes, y guarda un prudente silencio. Ni siquiera una sola de las cuatro gobernaciones que controla Acción Democrática (AD) de Ramos Allup ha reconocido a Guaidó, especialmente la del estado fronterizo de Táchira, que era una de las apuestas principales de Estados Unidos y sus aliados internos.

El 23 de enero, Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional en desacato, se autoproclamaba en una plaza de Caracas a partir de una interpretación espuria de la Constitución que consideraba que había una falta absoluta del presidente Nicolás Maduro, que se había juramentado días antes tal y como dictamina la propia Constitución venezolana de 1999, un 10 de enero, y ante el Tribunal Supremo de Justicia. En presencia por cierto, de más de 80 gobiernos del mundo, entre ellos México y el Vaticano. Comenzaba entonces un plazo de 8 días dado por la Unión Europea a Maduro para convocar a elecciones, so pena de reconocer a Guaidó, algo que nunca terminó sucediendo. Asimismo, se colocaba el 23 de febrero como fecha límite para finalizar la ofensiva golpista.

Y llegó el nuevo día «D», el 23 de febrero, con un concierto humanitario el día previo que pretendía blanquear la injerencia y disfrazarla de preocupación legítima del mundo de los artistas mainstream por la situación humanitaria en Venezuela. El concierto se realizó en Cúcuta, población fronteriza colombiana con más de 50 por ciento de su población en situación de pobreza, y cerca de La Guajira, donde centenares de niños wayuu mueren cada año por desnutrición.

Y pasó el día «D», y sólo dejó la violencia provocada por grupos de delincuentes que desde territorio colombiano, y protegidos por el Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad), atacaron con cocteles molotov a la Guardia Nacional Bolivariana que defendía el lado venezolano, quemando un camión en el que entre sus restos no se encontró «ayuda humanitaria», sino material para las guarimbas.

Y volvimos a tener un nuevo día «D» el 25 de febrero con la reunión del Grupo de Lima en Bogotá, a la que no asistió uno de sus miembros, México, pero sí el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, a pesar de que dicho país no pertenece al Grupo de Lima, acompañado de Guaidó. Y volvió a pasar un nuevo día «D» porque los países latinoamericanos dejaron claro, secundados además por la Unión Europea, que si el problema es político, la solución sólo puede ser política, nunca militar. En dicha reunión, el Brasil de Bolsonaro, por medio de su vicepresidente Hamilton Mourau, dejó bien claro que no consideran, bajo ninguna circunstancia, una intervención militar, abogando por una solución pacífica y por medios diplomáticos, y aislando la posición de Iván Duque y Estados Unidos.

El bonus track llegó, antes de terminar febrero, con la reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y el veto, por parte de Rusia y China, a la resolución de Estados Unidos que buscaba el reconocimiento a la Asamblea Nacional en desacato de Guaidó como la «única institución democráticamente electa de Venezuela».

Y así llegó marzo, y a pesar de que continúa la guerra política, económica y mediática, el golpe contra Venezuela iniciado el 23 de enero fue derrotado. Y Guaidó, aunque viaje en avión de las fuerzas armadas de Colombia, ha comprobado la máxima de Lenin de que salvo el poder, todo es ilusión. Sin poder político, de movilización, económico, o sobre las fuerzas armadas, sin ningún tipo de poder al interior de Venezuela, de nada sirve el apoyo de Colombia y Estados Unidos.

La batalla de Venezuela la ganó el chavismo sin ninguna duda, pero ahora para que la guerra termine de una vez por todas, se necesita la implicación de toda América Latina y el Caribe. El camino lo marca el Mecanismo de Montevideo, impulsado por los gobiernos de México, Uruguay y el Caricom, con una apuesta muy sencilla, diálogo entre las partes sin condiciones previas.

Esperemos que haya un sector de la oposición venezolana no violenta que esté dispuesta a ese diálogo.

*Politólogo expecialista en América Latina

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