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Tomado de jornada

Chavismo celebra derrota de la oligarquía

El sábado «contuvimos, aflojamos, empujamos y actuamos con inteligencia»: Diosdado Cabello

Luis Hernández Navarro
Enviado
Periódico La Jornada
Lunes 25 de febrero de 2019, p. 22

San Antonio de Táchira. Venezuela. Como si fuera una metáfora de lo que hoy está en juego en Venezuela, el retrato de Simón Bolívar que se encuentra a la entrada del cuartel del puesto La Mulata, del segundo pelotón de la Guardia Nacional Bolivariana, tiene un balazo en la frente y otro le destruyó la mandíbula del lado derecho.

Las ráfagas agujerearon, también, el letrero que da la bienvenida, la cocina, las habitaciones de la tropa y el retrato del general López Contreras, fundador de la Guardia Nacional Bolivariana.

La segunda muerte del Libertador de las Américas ocurrió los primeros minutos de este domingo, cuando un grupo armado irregular, de unos 60 hombres, atacó el destacamento militar de La Mulata. «¡Negociemos! ¡Ríndanse! ¡Entreguen las armas! ¡No mueran por el gobierno de Venezuela!», les gritaron a los soldados.

Pasadas las 12 de la noche, los atacantes rodearon al comando de zona N° 21 destacamento 212, dispararon sucesivas ráfagas por la entrada y la retaguardia, gritaron «les traemos un regalito» y lanzaron una granada. Iban armados con rifles Fal y R-15. Venían de Colombia.

Cuando el teniente coronel Douglas Omaña, responsable del destacamento, se comunicó con el general de brigada Manuel Castillo, comandante de la 21 brigada del ejército, para reportarle el ataque, éste le ordenó: «¡Mantén la posición! ¡No vayan a dejar el puesto! ¡Ya voy en camino!» Le dispararon al coche del capitán de la guardia y rompieron el parabrisas.

El ataque duró más de una hora. El teniente coronel acató la orden y la tropa, formada por hombres y mujeres, resistió disciplinada. No sufrió bajas. En cambio, los atacantes debieron tener heridos, a juzgar por los rastros de sangre dejados en el camino.

La Mulata forma parte del municipio de Ureña, paraíso del contrabando, territorio parcialmente bajo control de los paramilitares colombianos y, hasta el cierre de las fronteras, una próspera zona industrial. Su zona rural, pegada al río, está llena de caminos ilegales por donde transitan vehículos cargados con gasolina y mercancías de estraperlo. Es, también, una fábrica de paramilitares venezolanos, contagiados por sus pares colombianos.

Ureña fue, el 23 de febrero, escenario de una de las más violentas arremetidas de los simpatizantes del autoproclamado presidente Juan Guaidó. Los guarimberos bloquearon calles y avenidas, quemaron camiones y trataron de adueñarse de la ciudad. Llevaban piedras, palos y bombas molotov al por mayor, y algunas armas de fuego.

Su plan era relativamente sencillo: con el despliegue de una relativamente experimentada red de grupos de acción directa callejera, conquistar un territorio para establecer allí la sede del gobierno de Guaidó. El ataque al cuartel horas después les habría permitido una sonora victoria militar.

Pero, una cosa son los planes y otra la realidad. Los guarimberos se enfrentaron no sólo a la labor de contención de la Guardia Nacional sino al despliegue de las milicias populares y los colectivos chavistas. Fue, literalmente, una batalla campal de más de 12 horas que ganaron los bolivarianos. Lo mismo sucedió en La Mulata. Aunque los atacantes doblaban en número a los soldados y estaban equipados con armas de alto poder, los segundos conservaron la plaza.

Una batalla en forma

Por la carretera que une San Antonio y Ureña a la capital de Táchira, marchan pequeños grupos de jóvenes guarimberos con su mochila al hombro. Son las tropas de un sui generis ejército informal derrotado y en retirada. Llegaron a la frontera con Colombia para participar en la batalla final contra el gobierno de Nicolás Maduro y se repliegan, otra vez, sin obtener su ansiada victoria.

En el antes próspero negocio del contrabando tachirense el antichavismo reclutó a muchos de sus adeptos locales. El cierre de las fronteras entre Colombia y Venezuela los radicalizó aún más y engordó su base social. Este 23 de febrero, esperaban ansiosos su «Día D».

Edgar, de La Fría, estaba seguro que ahora sí ganaban. “La situación es desesperante –me dice–. Aquí no falta la comida. Es zona ganadera y más alto se cultivan vegetales. Pero es imposible conseguir cauchos (neumáticos) y refacciones y tantas otras cosas más. Así que ayer era el día. Maduro se tenía que haber ido. Los militares tenían que haberlo echado. Pero, otra vez, no pasó. ¡Estoy decepcionado!

«A ver qué dice el lunes Mike Pence. Yo espero que entren los gringos. Este señor Trump es un engreído, pero los que yo conozco son buenos. No nos van a hacer nada malo. No tenemos nada más.»

Del otro lado de la cancha, el chavismo festejó con bombo y platillo el triunfo del 23 de febrero. En un festivo mitin en San Antonio, en el que, entre cantos, bailes y consignas, participaron milicianos y colectivos que defendieron el puente internacional Simón Bolívar durante casi 15 horas, Diosdado Cabello y la mayoría de los jefes militares celebraron la exitosa «defensa de la patria, la soberanía, el derecho a ser libres, la derrota de la oligarquía».

Ante la multitud, Cabello reivindicó la alianza cívico-militar. Exaltó la derrota de Donald Trump “verdadero jefe de la asonada, de los fantoches (‘no tienen principios, sólo billetes de por medio’) y del becerro de al lado” (Iván Duque). Recordó que «ni un camioncito» de la «ayuda alimentaria» pasó. Al senador estadunidense Marco Rubio le respondió diciéndole: «Venceremos».

Explicó la táctica que siguieron en los combates del día 23. «Contuvimos, aflojamos, empujamos, actuamos inteligentemente. No les dimos el muerto que querían». Y advirtió: «No hemos peleado aún. Nos hemos limitado a defender nuestro territorio».

Un ejemplo de esa estrategia se vio en el puente Simón Bolívar, en San Antonio, en donde, el comandante Franklin Rivera, jefe del destacamento 212 en San Antonio, sacó el estandarte de Hugo Chávez y, a bordo de un vehículo blindado se lo llevó a la mitad del puente, al frente de la milicia y la Guardia Nacional.

De esta manera se diferenció de los tres desertores que se robaron dos vehículos blindados y embistieron la multitud que quería pasar a territorio venezolano.

Al igual que en Ureña, allí también se combatió durante 15 horas. Los civiles se turnaban para pasar al frente y confrontar a los opositores. Las mujeres de edad preparaban agua de limón y alimentos para abastecer a quienes resistían. Otros conseguían piedras y las rompían. Mientras los guarimberos lanzaban cocteles molotov desde abajo del puente y le prendían fuego a siete personas.

Pero, más allá de las sensaciones de triunfo y derrota claramente vividas por los campos en pugna, y del asalto al cuartel de La Mulata, este domingo siguieron produciéndose escaramuzas constantes, ya sin el empuje y la voluntad de avanzar que los opositores mostraron el sábado. Desde el lado colombiano, los guarimberos lanzaban piedras y trataban de acercarse por debajo de los puentes, al tiempo que, montados en una góndola atravesada en el puente, mostraban armas de fuego.

Por lo pronto, la nueva fecha clave de la ofensiva opositora es este lunes 25, con la reunión del Grupo de Lima en Colombia, con todo y el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, incluido. En el aire rondará la posibilidad de una invasión militar estadunidense o colombiana.

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