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Por Polo Castellanos

Tomado de elindependientedehidalgo

Como cangrejo veloz camina la política cultural en México, ahora también desde estructuras medievales y clasistas superadas hace docenas de lustros, regresa una clase política en materia cultural que se ostenta monárquica y vuelve a mirar al arte, la artesanía y la cultura de los pueblos originarios como inferiores. La instalación de la Secretaría de Cultura en sus nuevas instalaciones en la ciudad de Tlaxcala, el palacio de la cultura, desde donde se implementarán los “decretos reales” provenientes del Ejecutivo federal no es más que un retroceso conceptual, ideológico, social y político en materia cultural que ahora serán ejecutados por una marquesa para quien el arte se reduce a una cantante, entonando falsetes en el palacio de Bellas Artes, lo demás son garambainas folclóricas para el turismo.

La marquesa desde su palacete, con una visión más que limitada sobre la cultura y el arte popular, le preocupa el fomento de las marionetas Rosette de Tlaxcala, minimizando la importante producción textil y alfarera de la región entre muchas, muchas otras cosas. Que aunque habla del impulso al arte popular, ese será desde una cultura orientada al turismo y no desde la autonomía, necesidades y respeto al desarrollo de los pueblos que sin ser consultados recibirán sí o sí los programas clientelares de la cuarta transformación, a través del palacete de cultura.

También, la marquesa de Tlaxcala comenzó el abominable esquema de austeridad mal entendido y mal aplicado, implementado a nivel nacional: despidos masivos, discrecionales e improvisados del personal de honorarios de todas las dependencias e institutos culturales. Una purga que, como pretexto del maquiavélico plan se está deshaciendo de luchadores y trabajadores incansables que han peleado durante años para que en este país tengamos un acceso digno a la cultura. Entre los recortes de personal, de una estructura que siempre fue mediocre y mal diseñada, se encuentran un sinnúmero de especialistas y artistas, mandos medios especializados y personal técnico que, al final, eran los únicos capaces de hacer que los pocos engranajes de la cultura se movieran. Vergonzoso, además que los despidos han sido con amenazas, coerción, sin previo aviso y en muchos casos ejecutados en pocas horas de manera inquisitoria. Peor aún, que respondan a un revanchismo electorero de destruir todo vestigio de administraciones anteriores. Mayoritariamente, en esos despidos, trabajadoras y trabajadores honestos están pagando justos por pecadores.

Pero “no importa”, aquí manda la marquesa con el apoyo del monarca que parece no enterarse y que en algún momento tendrá que hacerlo si quiere ser consecuente con los compromisos en campaña hacia el sector cultural. Porque habrá que recordarle, y solo para salir de dudas de si su gobierno es de izquierda o no, o para aclarar: ¿a la izquierda de qué?, que justamente la “izquierda” tiene una deuda histórica con las y los artistas y trabajadores de la cultura y que también la tiene con el respeto y reconocimiento a las autonomías, usos y costumbres de los pueblos originarios que sí son sujetos de derecho y no receptáculos de programas burgueses, clientelares, racistas y clasista de cultura, que pretenden alinearnos a todas y todos.

En ese reciclado concepto de política cultural de atole con el dedo, pan y circo, las y los artistas lejos de recibir el adecuado lugar, seguimos siendo tratados una vez más como los bufones de la corte a cambio de limosnas. La crisis que estamos comenzando a vivir, no es más que el resultado de la soberbia y la ignorancia irradiada desde un palacete, que combinadas son una fuerte mecha para que la comunidad cultural repita una y otra vez las protestas afuera de la Cámara de Diputados; para que volvamos a salir a la calle a recuperar los espacios que la ignominia está cerrando; que levantemos la voz ante los organismos internacionales como el Observatorio Mundial sobre la Condición Social del Artista, perteneciente a la Unesco para enterarlos de que en México, desde la cuarta transformación, opera una vez más la doble moral y la mentira como eje programático en materia cultural. Pero, sobre todo, es la mecha para que la producción artística y cultural se siga generando con palacete de cultura, sin él o por encima de él.

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