Print Friendly, PDF & Email

Tomado de cubadebate

Abundaban las noticias sobre nacionalizaciones en aquellos días de octubre de 1960 en que fue aprobada la Ley de Reforma Urbana, el mismo mes en que Fidel dio por cumplidos los objetivos centrales del Programa del Moncada en el programa televisivo Ante la Prensa, poco antes de que el gobierno de Estados comenzara, con la prohibición de exportaciones a la Isla, el camino hacia el bloqueo cuyo alcance sería ampliado meses después por Kennedy.

En el discurso de Fidel durante el juicio tras el asalto al cuartel Moncada, y en el Programa del Moncada, estaban delineados los problemas que el gobierno revolucionario tendría como prioridad tras el triunfo: la salud pública, la educación, la industrialización, el desempleo, la tierra y la vivienda.

En el juicio en 1953, y en su discurso en Naciones Unidas en septiembre de 1960, Fidel se refería a la situación en la que “3 500 000 personas, de un total de algo más de seis millones, vivían en cabañas, barracones y tugurios, sin las menores condiciones de habitabilidad. En las ciudades, los alquileres absorbían hasta una tercera parte de los ingresos familiares. Tanto el servicio eléctrico como los alquileres eran de los más caros del mundo”. También que “dos millones de la población rural y suburbana carecen de luz eléctrica”.

Según el censo del propio año de 1953, más del 75 por ciento de las viviendas rurales y el 30 por ciento de las urbanas eran calificadas como malas; en el campo, solo el 9 por ciento recibía electricidad, frente al 87 por ciento en las ciudades. En total, el 33 por ciento de las viviendas eran consideradas como en condición buena o aceptable, el 21 en regular y el 47 por ciento en malo o ruinoso.

Entre mediados de la década de 1940 y 1958, históricamente el período de mayor intensidad constructiva antes de 1959, las casas levantadas con niveles aceptables o buenos (mayormente en La Habana) solo cubrieron poco más del 30 por ciento de la demanda. Al triunfar la Revolución, en 1959, la demanda solo por reposición de viviendas ruinosas o malas era de 700 mil viviendas.

En un país en que eran arrendatarios quienes ocupaban más del 60 por ciento de las viviendas urbanas, la Ley de Reforma Urbana -aprobada en octubre de 1960 y precedida por medidas que en 1959 terminaron con procesos de desalojo y demandas de desahucio, determinaron precios máximos y redujeron alquileres- les permitió convertirse legalmente en propietarios.

“Es el único punto que faltaba del Programa del Moncada. Así que tiene sus orígenes en aquella época. (…) El principio fundamental de esta ley era convertir en propietarios de las casas a los arrendatarios. ¿Por qué? Porque en realidad el arrendatario está pagando casi durante 15, 20, 25… Hay familias que llevan 30 años pagando casa. Han pagado la casa varias veces. Nunca son dueños de la casa”, decía Fidel el 15 de octubre de 1960 en Ante la Prensa.

Pastorita, vivienda social y experimentos constructivos

La Ley de Reforma Urbana, más los programas de viviendas sociales y avances paralelos como la electrificación, mejoraron las condiciones de vida de cientos de miles de cubanos.

Abolida la renta y planteada la propiedad como forma primordial de tenencia de la vivienda, la gestión del Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (INAV), creado en 1959 y dirigido por Pastorita Núñez, significó el surgimiento de conjuntos de viviendas sociales con niveles de calidad y diseño arquitectónico y urbanístico que aún hoy siguen siendo modelos vigentes y que, como conjuntos de vivienda social, no han sido superados.

La política constructiva del Estado apuntaba a erradicar asentamientos marginales en las ciudades, asegurar viviendas a sus habitantes y, paralelamente, construir nuevos poblados en el campo. Hasta entrada la década de 1970 se construyeron más de cien mil viviendas en comunidades rurales de todo el país, tanto en edificios como en casas unifamiliares.

Los repartos en varias zonas del país, aún conocidos como “Pastorita” -aunque además del INAV operaban la Dirección de Viviendas Urbanas del Ministerio de Obras Públicas y la Dirección de Viviendas del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA)-, eran parte de una concepción de vivienda social construida por el Estado con materiales duraderos, calidad estándar y variadas tipologías arquitectónicas, en proyectos que incluían infraestructura, servicios y espacios públicos.

Un conjunto paradigmático de los 60, la Unidad Vecinal No. 1 de La Habana del Este “Camilo Cienfuegos” (conocida como ciudad Camilo Cienfuegos o Habana del Este), fue financiado a partir de la lotería nacional y recogió los conceptos del urbanismo moderno. Hoy es parte de la visualidad habanera.

En un artículo publicado años atrás en la revista chilena INVI, la Dra. Arquitecta Dania González Couret, profesora del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (Cujae), recordaba que en los 60 fueron numerosas las búsquedas experimentales de tecnologías apropiadas y “soluciones que permitieran construir rápidamente y de forma masiva viviendas económicas a partir de los recursos disponibles”.

Por un lado, continuaba González Couret, se experimentaba “con sistemas prefabricados de alta tecnología, y por otro con sistemas de elementos simples de pequeño formato, como es el caso del Sistema Sandino. Dentro de las soluciones de alta tecnología también pueden identificarse dos tendencias, ejemplificadas en sendos prototipos experimentales ejecutados, que intentaban mostrar caminos a seguir, aunque ninguno de los dos fue posteriormente repetido.

“Una de estas tendencias proponía la producción de elementos prefabricados ligeros que permitieran armar células habitacionales espaciales para ser posteriormente izadas y situadas en su posición definitiva dentro de cierta composición volumétrica”.

En entrevista a María del Carmen Ramón para Cubasí en 2013, el arquitecto Mario Coyula señalaba que “uno de los primeros proyectos que se comenzó fue el de Ahorro y vivienda, que estaba a cargo de Pastorita Núñez, que conllevó la construcción de más de diez o 12 mil viviendas en el país, todas con mucha calidad. Hubo también otros planes, como el de esfuerzo propio y ayuda mutua, programas de viviendas campesinas, y se construyeron cerca de 600 comunidades por todo el país. En la ciudad se puso en práctica un proyecto llamado Plan Cuquita, que pretendía mejorar las cuarterías en las zonas compactas, además de los proyectos de erradicación de barrios insalubres.

“En este caso se cometió el error de trasladar los barrios completos a lugares nuevos, con lo cual al poco tiempo volvieron a aparecer los barrios insalubres. La experiencia que se sacó de aquella época es que las viviendas en muy malas condiciones no se deben trasladar en bloque hacia otro lugar, es necesario romper esa especie de conexión social y diseminarlos por toda la ciudad”.

Los arquitectos María Victoria Zardoya Loureda y Ruslan Muñoz Hernández (Arquitectura y Urbanismo, vol. XXXVII, no 1, enero- abril 2016) recuerdan que en La Habana el INAV completó “urbanizaciones heredadas, con diferentes grados de ocupación, en las que fue necesario terminar lo que aún faltaba por ejecutar en cada caso: infraestructura técnica, pavimentación de viales y aceras, áreas de parques, zonas de servicios comunales y escuelas”.

Y todo fue hecho en pocos meses.

Entre esas urbanizaciones están los repartos Eduardo Chibás, Residencial Vía Túnel, Antonio Guiteras, Eléctrico, Capri y el Residencial INAV en el Wajay.

Además, otros repartos ubicados en la periferia y construidos en su totalidad el Antonio Negrín-Ampliación del Wajay, Calixto García-Aéreo y Juan Manuel Márquez).

“Son parcelaciones que siguen el modelo de ‘ciudad jardín’, donde las viviendas aisladas se ubican en el lote rodeadas de vegetación, jardín y patio”, destacan, y añaden:

“Se ejecutaron 47 modelos de viviendas, que variaron no solo por su superficie y estándar, sino también por diferenciarse en su expresión volumétrica, a partir de la ubicación de los locales, inclinación de sus cubiertas, la disposición de los vanos, la incorporación de car-porch en el frente o en los laterales. Lo creativo en estas urbanizaciones fue la sabia combinación de varios modelos en un mismo frente de calle impidiendo que la monotonía se adueñase de la imagen urbana, algo que se venía haciendo de forma natural y lógica desde los años anteriores”.

Zardoya y Muñoz destacan que la amplia diversidad de modelos “pretendió adecuarse a la variedad de usuarios en función de sus salarios y necesidades particulares. Pero ni la masividad ni la rapidez con que se construyó fueron obstáculos para el despliegue de una gran creatividad, variedad y un alto nivel de diseño, respaldado por una buena calidad de la ejecución (…) Los mayores méritos de las viviendas son la sencillez de su expresión formal sin altas pretensiones, pero muy valiosas y dignas para el carácter social y masivo”.

Parte de los mejores arquitectos y urbanistas cubanos participaron en las obras realizadas en esos primeros años de la Revolución.

“En las viviendas son recurrentes los revestimientos de ladrillos y en los edificios mosaicos cerámicos de azul, ocre y beige debajo de los vanos, además de una amplia y creativa gama de cierres de celosía para los patios de servicio.

“El énfasis de las obras está dado precisamente por el contraste armónico entre las diferentes texturas que aportan estos materiales. Los materiales enriquecieron en todo momento la expresividad de la volumetría y de los espacios. Algunos modelos de viviendas incorporaron lucetas de colores y celosías de ladrillos o piezas cerámicas para filtrar la luz solar o también para lograr transiciones entre los espacios como el jardín, la terraza y el portal. Además, se empleó la madera para los pasamanos de las barandas metálicas de las escaleras y balcones en el caso de los edificios.

“La alta calidad ha permitido que esos inmuebles hayan envejecido con dignidad y resistido más de medio siglo, tanto a las condiciones ambientales (intemperismo-humedad-salinidad-erosión) como a la acción humana y algunas sin haber tenido ningún tipo de mantenimiento”. (Zardoya y Muñoz, Arquitectura y Urbanismo, 2016)

Hubo múltiples búsquedas que tomaban en cuenta factores económicos, sociales y de la tradición y los insertaban en tecnologías de vanguardia, como el sistema abierto Multiflex, en el que trabajó el arquitecto Fernando Salinas desde 1965, y del que fue construido un prototipo experimental en El Wajay, según González Couret.

Consistía, esencialmente, en un enfoque de unidades modulares estructurales abiertas y flexibles para transformar el espacio interior, subdividido mediante elementos ligeros y el propio equipamiento, y con cierres prefabricados, también modulares, que permitían una variedad en la expresión exterior de las viviendas.

“Posteriormente, otras pocas realizaciones, todas experimentales, han retomado este concepto de la vivienda ‘soporte’, pero finalmente las divisiones interiores ligeras y móviles han debido ser sustituidas por elementos sólidos fijos, ante la imposibilidad de ser mantenidos y repuestos por parte de sus habitantes”.

“Otro enfoque para resolver los problemas de la nueva vivienda en Cuba a partir del empleo de la alta tecnología fue promovido por el Arq. Fernando Salinas, quien fuera su principal ideólogo. Sus teorías acerca de la necesaria producción industrializada masiva y la economía de la vivienda, pero al mismo tiempo de su variedad, flexibilidad y adaptación al contexto así como a sus habitantes, constituyeron un paradigma, no solo en Cuba, sino también en otros países de América Latina. A pesar de que la práctica cubana posterior no aplicó su teoría, esta es aún hoy casi completamente válida”. (Dania González Couret, revista INVI)

Fue, sin dudas, un momento de referencia en la arquitectura y en la construcción de conjuntos y edificios de viviendas sociales en Cuba.

González Couret destaca que “la vivienda social cubana de los 60 fue, en general, altamente cualificada. Los edificios multifamiliares hasta tres o cuatro plantas siguieron los códigos de la arquitectura moderna con influencias brutalistas, pero teniendo en cuenta las condiciones climáticas calido-húmedas, y las soluciones espaciales interiores trataron de ser tan flexibles como las tradicionales paredes de carga lo permitían.

“A pesar de la repetitividad de los proyectos, la extensión de los conjuntos desarrollados fue limitada a los espacios ya urbanizados pero no edificados dentro de la trama urbana de la ciudad consolidada, de manera que se pudo evitar la monotonía que la repetición a gran escala hubiera podido generar. Por otra parte, se completaba la urbanización con los espacios públicos, el equipamiento, la vegetación, y tanto los materiales de construcción y terminación como la ejecución eran de buena calidad”.
Prefabricado a gran escala

Desde finales de los 60, los sistemas soviéticos de grandes paneles y sus similares cubanos estrecharían el rango de los proyectos arquitectónicos.

“El llamado Gran Panel 4, más que un sistema constructivo, era un proyecto típico de un edificio prismático de cuatro plantas, que había sido descompuesto en partes (paredes, entrepisos y cubiertas), que eran prefabricadas por separado. Pero cuando estas eran izadas y ‘montadas’ en el lugar que definitivamente ocuparían durante toda la vida útil del edificio, el resultado era siempre el mismo.

“Este único proyecto se repitió en todas las llamadas ‘zonas de nuevo desarrollo’ que surgieron en la periferia de las ciudades cubanas, durante los años 70 y 80. En la ciudad de La Habana, la mayoría de los edificios construidos en estas urbanizaciones abiertas al estilo del Movimiento Moderno no eran precisamente prefabricados, sino ‘semi’ prefabricados (se prefabricaban en obra los entrepisos y cubiertas, pero las paredes eran de albañilería tradicional), a pesar de lo cual también se repitió casi un único proyecto típico”, explica González Couret.

Además de una tipología única reproducida a gran escala, habría deudas en cuanto a planificación urbana y, en algunos casos, calidad constructiva.

Del molde se saldrían proyectos como el del barrio de Las Arboledas (1988) o la Villa Panamericana (1991). Habría, también, iniciativas pioneras como la comunidad ecológica Las Terrazas, en la Sierra del Rosario. En este caso -un poblado en las montañas construido a inicios de los 70-, se emprendía un proyecto que contemplaba la convivencia de la comunidad con el entorno y adaptaba la arquitectura a las condiciones naturales del terreno. Otro ejemplo es el del microdistrito Plaza de la Revolución, donde se aplicaron otros sistemas constructivos y alternaron edificios altos y bajos con áreas verdes y centros de servicios.

En los 70 nacía, con el conjunto de Alamar, en el este de La Habana, el movimiento de microbrigadas, que tendría un fuerte impulso hasta los años 80. “Las masas, los trabajadores, construyendo sus propias viviendas”, decía Fidel en un discurso en 1971, en el que también reconocía que “las necesidades de vivienda acumuladas son muy grandes”. Hasta inicios de esa década se habían construido en zonas rurales más de 295 mil viviendas.

Coyula señala a lo largo de esos años una deficiencia que ha marcado el estado actual de muchos edificios y de gran parte del total de la planta edificada en el país: el enfoque que se concentra en la construcción de viviendas y pierde de vista el mantenimiento de lo anteriormente construido.

Con el empuje de las microbrigadas y otros programas, entre 1981 y 1985 fueron construidas unas 200 mil viviendas.

Un déficit que se mantiene

En total, estimados indican que en los últimos sesenta años fueron construidas, por el Estado o por esfuerzo personal, más de dos millones de viviendas.

La cifra más reciente conocida es la divulgada por el Ministerio de la Construcción (MICONS), que asciende a 2 568 267.

En 1959, el fondo habitacional del país estaba estimado en 1 256 594 viviendas.

El Período Especial, desde inicios de los años 90, generó un declive en la construcción de viviendas y en la producción de materiales que persistió en los años iniciales del nuevo siglo. El déficit de viviendas “arrastrado” desde décadas anteriores se mantenía. A ello venía a sumarse la devastación de fenómenos climáticos como los huracanes Ike y Gustav, que en 2008 dañaron más de 440 mil viviendas, unas 60 mil con derrumbes totales.

Las afectaciones continuaron posteriormente con los huracanes Sandy, Mathew e Irma.

En un análisis en la revista Temas, en enero de 2018, el sociólogo Carlos García Pleyán afirmaba:

“No se trata de que la Revolución no haya hecho un esfuerzo considerable puesto que desde 1959 deben haberse construido más de dos millones de unidades habitacionales. Pero es que los factores de incremento de la demanda se han ido superponiendo: la población ha pasado de 7.7 a 11.2 millones de habitantes, el tamaño de la familia se ha reducido de casi cinco integrantes a 2.8 en el último censo (con lo que las familias han pasado de 1.6 a 3.9 millones), el mantenimiento del fondo construido ha sido mínimo y los movimientos migratorios internos han sido considerables”.
2018-2019, proyecto para recuperar el déficit

Las cifras más recientes, divulgadas por el MICONS en 2018, apuntan que:

-El fondo habitacional de Cuba asciende a 3 824 861 viviendas, según la actualización del Censo de población y viviendas de 2012, y la evolución con cierre en junio de 2017. El 76% (2 911 959) en zonas urbanas.

-De ese total: el 39% están en regular y mal estado técnico.

–En el fondo precario existen 9 823 cuarterías y ciudadelas. Se han contabilizado 854 edificios críticos, 696 de ellos en La Habana, con 6 960 apartamentos. El total estimado es de 849 753 personas afectadas.

–El déficit habitacional de Cuba asciende hoy a 929 695 viviendas: de ellas, 527 575 de nueva construcción y 402 120 a rehabilitar. Las provincias más afectadas son: La Habana (déficit de 185 348 viviendas), Holguín (115 965) y Santiago de Cuba (101 202).

-En mantenimiento y conservación se requieren acciones por esfuerzo propio de la población en más de 240 mil viviendas anuales, necesarias para frenar el deterioro.

-La tendencia demográfica en Cuba es al decrecimiento poblacional, pero se estima que en los próximos años se necesita un crecimiento de 52 321 viviendas para dar respuesta a la situación de núcleos con convivencia multigeneracional y para estimular la natalidad.

-La Política de la Vivienda, cuyo organismo rector es el MICONS, contempla un programa de recuperación del déficit habitacional por un período de diez años: las 402 120 rehabilitaciones para detener el deterioro y evitar la pérdida progresiva de la capacidad habitacional se proyectan en diferentes períodos: en siete años para Artemisa, Mayabeque, Cienfuegos, Sancti Spíritus e Isla de la Juventud. En ocho años para Pinar del Río, Matanzas y Ciego de Ávila. En diez años para La Habana, Santiago de Cuba, Holguín, Camagüey, Guantánamo, Las Tunas, Granma y Villa Clara.

–En cuanto a las 527 575 nuevas viviendas a construir, estas implican un incremento en las urbanizaciones. Se calcula que el 60% sean construidas por esfuerzo propio de la población a nivel nacional, excepto en La Habana y Santiago de Cuba (40%).

-La demanda resultante requiere de un incremento, ampliación de las capacidades productivas y uso eficiente en las producciones de cemento, áridos, pisos, enchapes, muebles sanitarios, soluciones de impermeables y otros.

–Además de la gran industria nacional, en esta estrategia es decisivo el Programa de Producción Local y Venta de Materiales de la Construcción, destinado a suplir las necesidades en el sector de la vivienda y en obras sociales a escala local, de modo de que los municipios y localidades tengan autonomía en esta área.

–Al programa se incorporan los requisitos de la Tarea Vida, la estrategia cubana para afrontar y mitigar los efectos del cambio climático, en lo cual se incluyen criterios de arquitectura bioclimática.

-Según informó el ministro de la Construcción, René Mesa Villafaña, en el reciente período de sesiones del Parlamento, están en proceso de adquisición tres fábricas de petrocasas (Cienfuegos, Holguín y Santiago), con capacidad cada una para cinco mil viviendas anuales. El sistema FORSA se debe incrementar en 40 juegos de moldes con el equipamiento complementario, para garantizar 2 400 viviendas anuales. Se estudia además la adquisición de la tecnología para la producción nacional de panelería ligera.

Hoy, los expertos llaman la atención sobre el hecho de que no se trata solo de construir viviendas, sino de construir ciudad, por lo que se hace más importante la planificación urbana y el enfoque integral en la concepción y levantamiento de nuevos conjuntos habitacionales.

La Dra. Arquitecta González Couret menciona “los programas estatales dirigidos a sectores priorizados” y considera que “el mayor problema que esta vivienda estatal genera es la producción de zonas residenciales que continúan siendo periféricas, habitadas por sectores poblacionales homogéneos, contrariamente a lo que una urbanización sustentable demanda. A esto se suma la rigidez y falta de calidad de los proyectos, que se subordinan a los requerimientos del uso más económico de las tecnologías”.

Los expertos estiman necesario también que se dé mayor relevancia al valor del suelo y se busquen medios más flexibles y diversos para fomentar y financiar programas de viviendas sociales. En la entrevista arriba mencionada, Mario Coyula, volvía a afirmar que “La Habana cuesta, pero vale”, y concluía que “la única manera de encontrar el dinero para mantener esta ciudad es la que encontró Eusebio Leal, es poner a la ciudad en condiciones de generar dinero para ella misma”.

Podría ser una conclusión aplicable a toda ciudad y localidad cubana.

Otros, como González Couret, sugieren “recuperar las teorías de los años 60, adaptadas a las nuevas circunstancias y a la experiencia de medio siglo, aprovechando las potencialidades, a partir de un enfoque integral sustentable, en el siglo XXI”.

Igualmente, estimular un rol menos burocrático y más proactivo del arquitecto de la comunidad, y aprovechar las potencialidades de los nuevos actores económicos y sociales, y formas de asociación productiva como las cooperativas.

La nueva Constitución aprobada el pasado mes de diciembre por el Parlamento, que irá a referendo popular el próximo 24 de febrero de 2019, establece en su artículo 71 que “se reconoce a todas las personas el derecho a una vivienda adecuada y a un hábitat seguro y saludable.

“El Estado hace efectivo este derecho mediante programas de construcción, rehabilitación y conservación de viviendas, con la participación de entidades y de la población, en correspondencia con las políticas públicas, las normas del ordenamiento territorial y urbano y las leyes”.

Es uno de los temas que implican una actualización constitucional, al cambiar el concepto de vivienda “digna” por “adecuada” (acorde con la Declaración de Estambul sobre los Asentamientos Humanos, de 1996) y añadir el derecho a un hábitat seguro y saludable.

Porque la vivienda es también el entorno en que se encuentra, las facilidades de movimiento y conexión que tienen quienes la ocupan, la disponibilidad de servicios básicos, su adecuación a la identidad cultural de sus moradores; incluso, el entorno sonoro y medioambiental.

Es un camino en el que Cuba ha avanzado en las últimas décadas, y en el que aún le resta avanzar.

Tags:
About Author: asbaeza