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Por Polo Castellanos

Tomado de elindependientedehidalgo

“No podemos perder de vista la terrible situación de desigualdad y violencia que vivimos día con día, y que hemos atestiguado desde un palco. Esa actitud de lejanía no puede continuar”.

Así se expresa Alejandra Frausto, designada por el presidente electo para presidir la Secretaría de Cultura en el documento “El poder de la cultura”, un pasquín ilustrado con imágenes al parecer de la artista Rini Templeton, quien no recibe crédito alguno, donde se presentan los principios y ejes de la política cultural de la mencionada secretaría. Llama la atención de ese párrafo en concreto el hecho de que la siguiente titular de la secretaría nos incluye en su enfoque sobre la realidad vista desde gayola y no desde abajo donde 80 por ciento de los mexicanos vivimos la realidad en un charco de sangre, lo cual nos da un indicativo de cómo se pueden venir otra vez las cosas en materia cultural, de arriba hacia abajo, paternalista y clientelar. Y aunque todavía no toman posesión en su totalidad, los artífices de la pseudo “cuarta transformación” piden que se les deje trabajar. Pero así no funciona, aquí se tiene que trabajar en conjunto o de entrada se repetirán las mismas prácticas a las que acostumbran de un ejercicio del poder vertical y discrecional. El pensamiento crítico debe de permear cualquier política cultural y de Estado y aun así no se garantiza la inclusión ni el debate crítico ni la construcción colectiva. Y ya lo deja ver la próxima titular de la Secretaría de Cultura cuando dice textualmente: “Las siguientes propuestas: las suyas y las nuestras, han dado forma a los principios y ejes que ahora presentamos”. Quiénes son “las nuestras” si la función de la Secretaría de Cultura es la de administrar presupuestos y atender a cabalidad las demandas del sector cultural, artistas y trabajadores de la cultura. En ese sentido, parece que la mencionada secretaría no escuchó en todo este tiempo las demandas de los trabajadores de la cultura, de los pueblos originarios que ni siquiera son mencionados en el documento, salvo lo que pareciera una concesión y no una obligación de una nación multiétnica y pluricultural: “Nuestras convocatorias e instrumentos serán publicados en lenguas indígenas mexicanas”, que es uno de los “principios” de la “cultura incluyente” que quieren implementar. A su vez, se identifica a las lenguas como “tradición” y “práctica cultural”, una forma elegante de decir garambaina folclórica. El citado documento, entre otras cosas, continúa dejando fuera una de las demandas comunes y más fuertes y consensadas de la comunidad artística: la seguridad social para artistas. También y sin abundar en el fortalecimiento de los derechos de autor como otra ambigüedad de la nueva secretaría, que a través del documento, omite los créditos a las imágenes que lo ilustran. Queda claro que quienes están comenzando a operar la Secretaría de Cultura en transición, o no están entendiendo bien de qué va el asunto o tienen un oído tapado que no les permite escuchar bien lo que desde la comunidad cultural se les está diciendo. Esperemos que no sea la práctica de siempre de escuchar solamente lo conveniente a los intereses de unos cuantos. Sin embargo, paradójicamente en estos días, se convoca a la ciudadanía a sendas “mesas de diálogo de la Secretaría de Cultura” divididas por tema y donde nuevamente vuelven a ser excluidos los pueblos originarios y la cultura indígena. Por otro lado, el diputado Sergio Mayer (un presocrático reconocido y flamante presidente de la comisión de cultura de la Cámara de Diputados, pese a las críticas de la comunidad cultural) en los puntos de su decálogo “Hacia el fortalecimiento de la cultura en México” tampoco están incluidos los pueblos originarios, ni la seguridad social, ni… bueno, más bien, incluye todo lo que es su obligación hacer como diputado federal y que está por escrito en todos los marcos legales, es decir, nada nuevo bajo el Sol. Lo lamentable de todo el contexto es el doble discurso del nuevo gobierno en materia cultural, y en el que se pareciera apuntar otra vez a una política cultural discrecional y excluyente. Por lo que entonces las y los artistas y trabajadores de la cultura tendremos que revalorar las estrategias de construcción frente a un Estado que comienza a obligarnos a levantar la voz más fuerte y actuar, si es necesario, por encima de él.

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