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2 de Agosto.
Iniciamos el recorrido al encuentro de redes. El tráfico inacabable de la ciudad monstruo se empeñaba en presagiar un viaje difícil. Tras una noche de viaje y a pesar de algunas escalas para “estirar las piernas”, el cuerpo recuerda las horas que ya han transcurrido. Pero aún falta la mitad. En la medida en que nos aproximamos el paisaje cambia poco a poco y anuncia que los sufrimientos corporales habrán valido la pena. Ya en Chiapas el paisaje es majestuoso, pero se aprecia el avance del “progreso” que en formas de minas de arena rompe la armonía de los verdes eternos. Diecisiete horas después de iniciar la marcha estamos entrando finalmente al Caracol de Morelia. Se aprecia un mayor nivel de conservación de la selva majestuosa. Mirando esos verdes espectaculares y la manera en que, respetando sus recursos, han sido capaces de construir el que será nuestro hogar por unos días, se aprecia otra dimensión de la consigna “Nuestra lucha es por la vida”. Solo llegar se percibe la valoración por su proyecto. Antes de la entrada nos interceptan y preguntan quiénes somos y a qué venimos. Tras explicar nuestra visita nos dejan pasar. Ya en la entrada, nuevo filtro. Pero a diferencia de lo que solemos padecer de parte de policías y militares, ellos son sumamente gentiles. Nos acompañan al módulo de registro y enseguida nos hacen entrar. Nos ofrecen hospedaje en una enorme nave, en la cual los olores de la madera construyen un ambiente cálido y delicioso. Vimos que en algunos de los tablones que usaremos como camas hay cobijas dobladas. Pensamos que alguien se nos había adelantado y había escogido esos camastros, pero el miliciano que nos acompaña nos explica con gentileza y dulzura (se nota mucha dulzura en su idioma, cuando se tiene la fortuna de, indiscretamente, escuchar alguna de sus conversaciones) que no, que son para nosotros. Nos acomodamos y salimos a comer. Saciamos nuestro apetito con productos deliciosos y al pedir la cuenta nos sorprenden con el precio. Dos veces hicimos que revisaran su cuenta, pues creímos que les faltaba cobrar algo, pero no. Aquí es otro mundo. Hay tanto qué aprender.

4 de agosto.
El primer día de intercambios nos permitió conocernos y enterarnos de los trabajos de cada red de apoyo. Nos dividimos en cinco mesas, más o menos con el mismo número de integrantes. Cada mesa se organizó libremente. Nosotros estuvimos en la mesa número 4, seleccionada libre y científicamente por su color en Do menor. A pesar de la fuerte presencia de representantes de redes en el DF, tuvo una composición variopinta que incluyó una relativamente fuerte presencia extranjera. Se compartieron las valoraciones que cada red tenía del proceso de formación de las redes y el que culminó el diecinueve de febrero, pero también el tiempo que siguió. Resultó particularmente interesante conocer el trabajo de los compas de Oaxaca, quienes obtuvieron resultados destacados, tanto por el número de firmas como por la vinculación con la gente. El balance de la jornada resultó absolutamente positivo y nos produjo vínculos interesantes con las redes de Zacatecas, Guanajuato y Aguascalientes, así como con los compañeros del grupo de extranjeros. Por la noche, la algarabía enlazó los corazones al ritmo de la música. Esta mañana me levanté temprano a disfrutar de un baño que alejara un poco los efectos del baile nocturno, esperando apreciar el alba. Debí hacerlo unos minutos antes, mas sin embargo, todavía pude disfrutar del espectáculo que nos ofrece una región muy otra, donde la construcción autonómica ha sabido respetar la naturaleza. Nuevamente resuena en el corazón: “Nuestra lucha es por la vida”. Para continuar con el buen inicio de esta jornada, jornada de propuestas, Mancha me visita en la banca que me adoptó para que pudiera dibujar mis sensaciones. Debe tener cachorritos, así lo anuncian sus hinchadas mamas. Luego de casi exigirme que la apapachara y pretender que la cargara, y luego de que yo le explicara que no, que ella no era la cachorrita, que si sus crías, que si la frescura de la mañana, que si la maternidad responsable, que si yo me acababa de bañar y sus patitas sucias me forzarían a repetir la odisea, que si el qué dirán, aceptó finalmente sentarse a un lado de la banca, pero tres segundos después el paso de otro perrito la hizo correr con él y dejarme hablando solo (o ladrando solo, no sé) en mi banca. En eso, un miliciano me hace saber que mi banca está rota, así que corro el riesgo de dar un azotón, y pues eso en público no está bien, así que me cambié a esta otra, que ya comienza a recordarme que no vine aquí a estar sentado, pues después de un rato se reciente en el … ánimo. O sea que aquí la dejo por ahora y mejor iré a caminar un poco en este rinconcito muy otro.

5 de agosto.
Son las seis de la mañana y voy saliendo de la ducha. La niebla cubre las montañas de este rincón del sureste mexicano. De entre ella, como de repente, aparecen las compañeras que vienen ya a preparar la vendimia, lo cual me obliga a replegarme estratégicamente al interior de la regadera y cerrar la puerta, pues quería ganar unos segundos mientras me ponía el pantalón para apreciar el alba nacer (o sea que estaba yo en calzones y pues uno se chivea de exhibir sus miserias). Decir vendimia en este otro lugar tiene un significado profundamente distinto. Aquí no es la acumulación del capital lo que rige, sino alegrar los corazones de los visitantes venidos de tantos sitios distantes y distintos. La jornada previa resultó un tanto extenuante, pero muy provechosa. Con todo, en un rato más iniciaremos anticipadamente los trabajos de relatoría que ayer ya no se realizaron. El agotamiento era grande, aunque ello no impidió que los cuerpos se sincronizaran, cada uno a su modo, con la música que nos acompañó hasta muy entrada la noche. La lluvia constante brindó un sello especial a las danzas que llevaron a esos cuerpos a recibirla como en un mágico ritual. Pies descalzos en los charcos que el agua incesante iba formando, un poco con ayuda de los danzantes menos graciosos que, como quien esto escribe, no atinaban a crear su segundo gran paso de baile y solo se movían cuando la zanja les llegaba a las rodillas y amenazaba con engullirlos, tal vez para cambiarlos por otros más talentosos. Pero poco importaban las dotes artísticas. Lo importante era fortalecer el hermanamiento de los que, sin conocerse, llegaron acá para uno solo ser con nuestros hermanos indígenas zapatistas, esos que se dicen pequeñitos, pero que gigantes son. Las danzas también integraron a muchos de ellos que reían tiernamente al mirarnos ahí bailando con nuestra torpeza, pero con su misma alegría. Mientras, el sol sube en algún lugar del horizonte detrás de las nubes que nos presentan este nuevo día y ya se siente la nostalgia por la despedida que hoy vendrá. ¿No sería maravilloso que este mágico lugar nos acogiera para siempre? Pero cada uno tiene su lugar y su trabajo por hacer en él. A partir de hoy, cada fibra del corazón tendrá presente este nuestro hogar por estos hermosos, indescriptibles días y servirá como inspiración para construir un mundo mejor para todos. Nos llevamos mucho trabajo y muchas voluntades hermanadas y, seguramente, eso rendirá sus frutos a su tiempo. Por ahora, a preparar los trabajos del día para concluir la construcción que nos tocó tejer en este lugar del sureste mexicano. También nos llevamos muchos elementos para la reflexión. Por ejemplo, la celebración alegre del final de la jornada, con música y baile. Solo la lluvia interrumpió por unos momentos el gozo, y aún así algunas niñas siguieron con el baile en medio de la pista de baile/cancha de futbol, y aunque dilató, empezaron a ser más, y de pronto ya estaban ahí unos compas, incluido uno de los extranjeros, hasta que todo el mundo se animó y volvió al baile sin esperar a que menguara la luvia. Era como un presagio de lo que vendría esa tarde.

5 de agosto, por la tarde.
Llegó la hora de partir. Un nudo en la garganta hace difícil despedirse de toda la banda. Los últimos intercambios de datos, los últimos abrazos fraternos. Un compa me pide mis datos justo cuando estoy por guardar mi cuaderno. Apunto mi nombre, teléfono y correo, arranco la hoja y se la entrego. Nos despedimos emocionados. La pregunta obligada no necesita ser formulada. Nos damos cuenta que viajamos juntos. Nos reímos un poco por lo chusco y otro tanto para soltar la tensión de las emociones contenidas. Unos minutos después y al mirarnos las mochilas nos volvemos a reír. En silencio, pactamos guardar el secreto. Hay que cuidar el honor del gremio científico. Siguen las despedidas y las emociones nuevamente se intensifican. Un momento difícil es cuando dos jovencitas bases de apoyo nos despiden con un abrazo. Las últimas fotos para el recuerdo, por lo demás tan inútiles como innecesarias, pues las imágenes de estos días advierten sobre su eterna permanencia. Cada clic aprieta un poco más el nudo. Las bromas bobas cumplen su misión de distensión aunque solo por unos instantes. Urge sacar el cuaderno para garabatear al corazón. Nuevas risas, pues la operación del guardado del cuaderno había exigido las máximas habilidades de cálculo mental, análisis multivariado y hasta la realización de pequeñas proezas físicas de un ídem, es decir, un físico, y un actuario.
El viaje resultó muy difícil. El cuerpo se queja, pero es un simple truco para evadir, cada vez con más dificultad, la confrontación con las emociones. Ni siquiera la trampa de dormir a ratos funciona. Cada metro avanzado parte más el ser en dos: el que se quedó para siempre allá, bailando con torpeza, platicando con una perrita, pretendiendo sin éxito sorprender al alba en su despertar y gozando la magia de la niebla que hace aparecer de la nada a esos gigantes que, ahora un poco más, habitan en la otra mitad que se renace por acá ya muy otra.

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