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Tomado de jornada

Carlos Fazio/III

El pasado 13 de junio, The Financial Times atribuyó a Carlos Urzúa, secretario de Hacienda designado por el entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, la frase “vengan, vengan e inviertan en México, sólo que no en el sector petrolero”. La nota destacaba que AMLO había llamado a detener las licitaciones en el sector para revisar los contratos ya adjudicados, mientras se decidía el ritmo del desarrollo petrolero del país.

El 7 de mayo anterior, Urzúa había acompañado a López Obrador durante un encuentro de una hora en México con el magnate de Wall Street Larry Fink, presidente ejecutivo de BlackRock, el administrador de activos más grande del mundo y líder global en Fondos Negociables en la Bolsa (ETF, por sus siglas en inglés). Según Urzúa, fue una reunión “muy afable” y hubo un click inmediato entre AMLO y Mr. Fix-it, como lo apodan por su capacidad de solucionar problemas.

Rocío Nahle, futura titular de Energía del virtual presidente electo, afirmó que el encuentro fue solicitado por el CEO del gigante financiero, quien “sólo quería conocer” al político tabasqueño. Dijo: “No hablaron de contratos ni de la reforma energética”. No obstante, añadió que López Obrador le dijo que estuviera “tranquilo”, porque en los contratos donde todo estuviera bien, los inversionistas no iban a tener problemas.

Con activos bajo administración por más de 6.2 billones de dólares en 2017 –casi cinco veces el PIB de México–, BlackRock es el fondo más poderoso de la Bolsa Mexicana de Valores, con 131 mil 412 millones de pesos invertidos, y tiene posiciones en todas las empresas que conforman el principal índice de la BMV, siendo Alfa, Arca Continental, América Móvil, Cemex, Comercial Mexicana y Femsa en las que su tenencia es mayor; además, tiene acciones en otras 66 empresas.

A finales de 2017, BlackRock se quedó con la administración de los fondos de inversión de Citibanamex, cuyos activos suman poco más de 30 mil millones de dólares. Y desde 2015, BlackRock, con sede central en Nueva York, participa en la construcción de la segunda fase del gasoducto de Los Ramones II (con una inversión de 900 millones de dólares), en el ducto de transporte de gasolinas y diésel que va de Tuxpan, Veracruz, al centro del país. En octubre de ese año adquirió el fondo mexicano Infraestructura Institucional, con lo cual se metió en la codiciada licitación de proyectos petroleros de la Ronda Uno realizada por la Comisión Nacional de Hidrocarburos, pues la administradora estadunidense tiene participación en Sierra Oil & Gas, una de las grandes ganadoras de los concursos. Asimismo, en 2017 firmó un memorándum de entendimiento con Pemex para invertir en el Proyecto Golfo Centro y el Transoceánico para el transporte de gas natural.

Prototipo del resultado de la insurgencia plutocrática, BlackRock se ha hecho del control directo o indirecto de cinco proyectos de infraestructura energética en territorio mexicano, y lo ejerce por medio de una compleja estructura corporativa que pasa por múltiples paraísos fiscales. Gretchen Morgenson, ganadora del Premio Pultizer por sus artículos sobre operaciones en Wall Street, ha señalado que por conducto del Naftrac –un tracker del índice de bolsa que simula el comportamiento del IPC y que es la acción que más opera en la Bolsa Mexicana de Valores (BMV)–, BlackRock pudo haber realizado operaciones poco éticas con información privilegiada. Naftrac es propiedad de BlackRock.

Si BlackRock fuese un país, sería la tercera economía del planeta tras Estados Unidos y China. Marco Antonio Slim Domit, hijo de Carlos Slim, es uno de los miembros de la junta directiva de BlackRock. Y no está de más recordar quiénes son las principales firmas de la BMV donde tiene inversiones BlackRock: Alfa es un conglomerado multinacional del Grupo Monterrey administrado por Armando Garza Sada, que abarca la producción de petroquímicos, componentes automotrices de aluminio y alimentos refrigerados, participa en la extracción de gas natural y crudo y ofrece servicios de tecnología de la información; Arca Continental, con sede en Monterrey, es la segunda embotelladora de Coca-Cola más grande de América Latina y la tercera en volumen en el mundo; América Móvil es una empresa de telecomunicaciones con presencia en 18 países de América y más de 260 millones de usuarios, que opera con el nombre de Claro y junto a Telmex son controladas por el Grupo Carso, cuyo accionista mayoritario es el magnate Carlos Slim; Cemex, presidida por Rogelio Zambrano Lozano y con oficina central en Monterrey, es una compañía multinacional de la industria de la construcción (cemento y concreto premezclado) con clientes en más de 50 países; Femsa, segunda embotelladora de las marcas de The Coca-Cola Company en el orbe, con participación en Heineken y dueña de la cadena comercial Oxxo (que incluye la red de gasolineras OXXO Gas), es presidida por José Antonio Fernández Carbajal, del Grupo Monterrey.

Con tales socios y esos intereses en la industria energética, los fondos de pensión y el mercado bursátil, cuesta creer que el plutócrata más poderoso del mercado haya venido a México un mes y medio antes de los comicios sólo… a conocer a López Obrador.

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