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Tomado de jornada
Daliri Oropeza*

Un grupo de mujeres jóvenes con pasamontañas recitan de manera colectiva poemas mezclados con danza, consignas que hacen volar pétalos, porras alzando maíces, todo en distintas formaciones circulares, después lineales, que abarcan el espacio de la cancha de básquetbol. La palabra de las comunidades rebeldes también está en el arte performático. Con estas representaciones recibieron a María de Jesús Patricio en los cinco caracoles de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (Marez). Con arte reciben también a comunidades indígenas del país y del mundo.

No es casualidad que las comunidades zapatistas representen la autonomía que viven ocupando el espacio de una cancha. No un teatro. Después del levantamiento armado, los Diálogos por la paz de San Andrés Sacam’chen comenzaron en una cancha. Al gobierno le pareció cualquier lugar dialogar en una cancha, pero no; de acuerdo con la referencia cruzada que plantea el escritor Juan Villoro, las comunidades zapatistas, de ascendencia maya, portan en ellas el sentido del juego de pelota como el momento en el que la rueda del cosmos rebota en el patio del mundo, una cancha que llamaban taste. Incluso, hay registros de la importancia del taste por su asociación directa con el paisaje sagrado, con los espacios de la cotidianidad y las actividades colectivas, al grado de simbolizar la comunidad.

Pero ahora en las canchas zapatistas está el arte y en este arte performático tan propio hay mensajes muy claros. En sus obras recrean el ejercicio de la participación política, su visión de autonomía, la fortaleza de las mujeres, la justicia autónoma o de su historia antes y después del levantamiento. Todo lo dialogado en la cancha de San Andrés está primero en al práctica luego en las representaciones. El Colectivo Transdiscipinario de Investigaciones Críticas (Cotric) describe que en el arte zapatista hay un sistema de signos y símbolos “estable” y cinco temas recurrentes: La historia del pasado, desde la colonia hasta los caciques; el pasado revolucionario hasta el levantamiento de 1994; el presente en resistencia y autonomía; el futuro con esta forma de gobernar distinta; y lo transtemporal que conecta los diferentes tiempos.

Lo que pasa en las canchas de los Maresz deja en ridículo la idea que ofrece el equipo del candidato triunfador de la elección presidencial de “cumplir los acuerdos de San Andrés”, pues sería no reconocer que naciones indígenas enteras ya los llevan a cabo: “un discurso político pegador”, afirma el abogado Ñuú savi Francisco López Bárcenas, pero como propuesta de gobierno está atrasada. Las bases zapatistas muestran en la cancha el ejercicio de sus derechos culturales, firmados en los acuerdos.

Pero ahora en las canchas. representan mediante el arte la participación política, las mujeres al mando, pero también las diferencias entre la dinámica entre el capitalismo neoliberal y la autonomía zapatista que viven día a día. No sólo las comunidades zapatistas, cientos de comunidades, de norte a sur de México de por sí ejercen uno o todos los puntos de los Acuerdos de San Andrés, con o sin las leyes aprobadas en 2001, decenas jamás dejaron su organización propia. No es casualidad que en el mismo comunicado donde el EZLN critica las dinámicas político electorales recién finalizadas, es el mismo que invita al festejo de los 15 años del arranque de los cinco caracoles zapatistas y a la tercera edición del Festival compArte.

La relación entre los pueblos indígenas del país, la sociedad y el Estado no es la misma desde el levantamiento zapatista o la activación de los cinco caracoles que funcionan de manera autónoma. Parten de un ejercicio distinto de su identidad frente a este nuevo gobierno. ¿Qué va pasar si no hay un contrapeso? Esa evidencia que logró la campaña de Marichuy al desnudar el sistema electoral disfuncional, evidenciar que es la “izquierda embriagada de triunfo” la que atacó la propuesta del CNI y el EZLN, con el argumento de que era una “estrategia para dividir a la izquierda”.

Con este arte performático, las bases de apoyo zapatistas ponen los derechos culturales de las naciones originarias sobre a cancha. Estos derechos son los más desprotegidos por no estar cobijados por los tratados internacionales. Son tan amplios que abarcan desde rituales, lengua, identidad, creaciones artísticas actuales de las comunidades y también el patrimonio cultural inmaterial, el significado de las prácticas ancestrales e incluso la relación biocultural, que dan sentido a la autonomía que ejercen los pueblos. Más que más que asesores, como dice el padre Solalinde, veo una cancha en medio del bosque, mujeres, niños, abuelos y abuelas luchando, en rebeldías recreando y exaltando su historia propia con arte. Hay equipos que juegan en dignidad hasta el último minuto.

*Periodista

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