Print Friendly, PDF & Email

Por Carlos López

La victoria electoral de la coalición partidista “Juntos Haremos Historia” y su candidato, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), esencialmente significa la continuidad del neoliberalismo en nuestro país, el fortalecimiento del Estado mexicano y una renovación de la legitimidad del sistema electoral.

Todas y todos fuimos testigos de la manera en que AMLO definió, desde su primer discurso como candidato ganador, los ejes de la política económica de su gobierno: autonomía del banco central, libre flotación del peso, disciplina presupuestaria, reconocimiento de las deudas interna y externa, cero expropiaciones o nacionalizaciones, “impulso” a la inversión, en pocas palabras: más neoliberalismo. Los perspicaces analistas liberales señalan, no sin razón, que López Obrador quería enviar un “mensaje de tranquilidad” a los inversionistas y al mercado. Desde nuestra perspectiva, el “mensaje de tranquilidad” había sido emitido constantemente a lo largo de muchos años de precampaña y fue uno de los factores que le permitieron alcanzar un aplastante triunfo en las casillas, y no al revés. En todo caso, lo único que hizo Andrés Manuel fue ratificar los compromisos adquiridos previamente con el gran capital. En efecto, AMLO ganó porque en aras de alcanzar la presidencia finalmente pudo ingresar al club de funcionarios al servicio de la burguesía para poner en remate los recursos naturales y la fuerza de trabajo del país.

La tranquilidad de los inversionistas y los mercados, quienes saben que sus ganancias no sólo no están amenazadas sino que aumentarán considerablemente con el nuevo gobierno, sólo se puede conseguir a costa de agudizar la guerra y el despojo contra los pueblos y comunidades indígenas y campesinas, cuyos territorios son un deseable botín para el capital agroindustrial así como para las industrias extractiva, energética, turística y manufacturera. Lo mismo sucederá en las ciudades, con las y los trabajadores de los sectores secundario y terciario. La burguesía, tranquilamente, seguirá pagando salarios por debajo del valor real de la fuerza de trabajo, condenando a millones de mujeres y hombres a apenas sobrevivir y a trabajar hasta reventar, con el beneplácito de un presidente que afirma cínicamente que el origen de la miseria en nuestro país no está en la explotación, como en el resto de los países capitalistas, ¡sino en la corrupción! El deterioro histórico del poder adquisitivo del salario, la destrucción de los derechos laborales, la precarización del trabajo, son procesos que no se van a detener en el gobierno de López Obrador, sino que se van a profundizar a menos que el movimiento obrero y sindical le ponga un alto con organización, movilización combativa y conciencia de clase.

El deterioro de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de los mexicanos, el entorno de violencia y guerra contra los de abajo que día a día se expresa en feminicidios, violaciones, desapariciones forzadas, homicidios, etc.; la desesperación, el miedo y el hartazgo son tales, que la promesa de pequeños cambios en la manera de operar del aparato clientelar del Estado fue suficiente para despertar la esperanza de millones de votantes de todas las clases sociales y lanzarlos en masa a las urnas, en una elección considerada “histórica” por el número de votos del candidato ganador y la ventaja que obtuvo sobre su “rival” más cercano.

El respaldo masivo de los electores a López Obrador está funcionando como un mecanismo a través del cual el Estado puede usar otra vez la máscara del árbitro ajeno a los intereses de clase, que sirve a unos y otros por igual, en función del interés supremo de la nación. Sin embargo, todo termina en eso, en una máscara. Durante los próximos seis años, el control del Estado, es decir, del monopolio en el uso legítimo de la violencia, seguirá siendo del Consejo Mexicano de Negocios y de las diversas cámaras patronales y comerciales, auténticos cárteles de hombres de cuello blanco con sus respectivas ramificaciones paramilitares y de lavado de dinero asociadas con el crimen organizado, y estará subordinado al imperialismo y al capital financiero internacional, exactamente igual que desde el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado. Se trata de un poder irrefutable, con marcados tintes dictatoriales, no tanto por el propio de Andrés Manuel, como por la fuerza que surge de casi 30 millones de votos a favor de una efímera “cuarta transformación de la vida pública del país”.

Basta ver su agenda durante la primera semana después de la elección para que aquel que aún no lo haya hecho pueda identificar con toda claridad a qué clase sirve López Obrador, y quién tiene realmente el control del Estado. ¿“Por el bien de todos, primero los pobres”?, ¿entonces por qué en vez de sostener encuentros con organizaciones indígenas, de mujeres, campesinas, obreras, estudiantiles y populares para atender sus demandas, Andrés Manuel se reúne todos los días con empresarios para hablar de negocios y “reconciliación”? La burguesía se relame los bigotes ante la enorme cantidad de capital que será transferido del Estado a sus empresas ¡y todo envuelto en exquisitos ropajes progresistas y de “izquierda”! Las palabras del coordinador de gabinete de López Obrador, Alfonso Romo, son una advertencia sobre la cual no hay engaño: se trata de hacer de México un paraíso para las inversiones bajo el modelo de zonas económicas especiales.

El remate del país no es nada nuevo. Desde hace 36 años, todos los gobiernos han hecho exactamente lo mismo, y el resultado ha sido tan desastroso que la gente votó mayoritariamente por un cambio… para que nada cambie. La gran diferencia es que el Estado ha logrado reconstruir un aparente consenso a su alrededor entre todas las clases sociales, y ese consenso radica en la garantía de mayores ganancias y “oportunidades de negocio” para la burguesía y de una mayor derrama de recursos hacia abajo, en forma de programas sociales, becas, pensiones, etc., para renovar el pacto clientelar entre el Estado y sus bases. A primera vista, pareciera un intercambio en el que todos ganan. Lo cierto es que el pueblo está cambiando sus recursos y su propia vida a cambio de migajas, seguirá produciendo enormes ganancias para los empresarios, seguirá siendo explotado (con o sin corrupción), y a cambio recibirá unos pesos para hacer más llevadera la miseria. La tan mentada “revolución de las conciencias” quiere decir, en realidad, la renuncia voluntaria o por la fuerza a cualquier asomo de independencia política entre el pueblo trabajador.

Por su parte, las clases medias, que sin duda se verán más beneficiadas que en gobiernos anteriores, es decir, que caerán un poco más lentamente en las filas de los pobres, y en especial los sectores “progresistas” de dichas clases medias, han sido y seguirán siendo la punta de lanza en la defensa ideológica del “proyecto alternativo” que representa López Obrador. El comportamiento de estos sectores indica que todo aquel que disiente de ellos desde abajo y a la izquierda, inmediatamente se convierte en un enemigo a vencer. En cambio, para los disidentes o exdisidentes de arriba y a la derecha hay reconocimiento, conciliación y abrazos. La fotografía de un sonriente Claudio X. González que aparece en el diario La Jornada del jueves 5 de julio, dice más que mil palabras. En este sector, aparentemente avanzado, anida la serpiente del fascismo.

El resultado de la elección, además, ha renovado la confianza en el sistema electoral mexicano. Al conjurar la posibilidad de fraude, pareciera que el largo historial de trampas que amenazaba con sumir al país en la incertidumbre política, ha quedado en el olvido. En cambio, dicen allá arriba, contamos con instituciones confiables y una democracia (burguesa) fuerte. Sin embargo, no es posible dejar fuera del análisis a los más de 100 candidatos asesinados a lo largo del periodo de campaña, ni la violencia sistemática contra el pueblo que desde 2006 ha tomado la forma de un conflicto armado no reconocido, y que sigue cobrando vidas día tras día en medio del optimismo desbordante que encubre dicha realidad. El sistema de partidos, lejos de entrar en crisis, como sostienen los analistas liberales, se ha reconstituido mediante el desdoblamiento de las fronteras ideológicas que supuestamente separan las siglas que confluyeron durante las campañas en las tres coaliciones, gracias al desarrollo de cierta porosidad política que les permite a los cuadros profesionales de los partidos transitar del PAN y el Yunque, como Manuel Espino, al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), por los flexibles canales de los pactos cupulares, el cinismo y el perdón.

Por lo tanto, para la izquierda anticapitalista y antipatriarcal, el debate no se ubica dentro de los márgenes de la “democracia representativa”, sino en su propia capacidad para resistir materialmente la ofensiva contra sus territorios, sus organizaciones y sus diversas formas de lucha; para mantener, en toda la línea, la batalla ideológica con los apologistas de la “tercera alternancia”, incluso con aquellos que se han pronunciado por el “apoyo crítico” a López Obrador; pero sobre todo, para generar amplios procesos de unidad en la acción en los que se respeten los modos, espacios y tiempos de cada quien, es decir, en el ejercicio cotidiano de otra forma de hacer política.

Tags:
About Author: asbaeza